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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

20/04/2008 GMT -6

¿Eso era la igualdad?

lidiafalcon @ 20:55

Público.es
2 Abril 2008
Por Lidia Falcón

El resultado de las elecciones nos ha mostrado un retrato del Congreso de Diputados en el que son menos ahora las mujeres elegidas que hace cuatro años. Retrato más insólito aún si tenemos en cuenta que el Partido Socialista tiene cuatro diputadas menos y el Partido Popular dos más. Por supuesto las militantes de las formaciones políticas menores no han tenido oportunidad alguna. Pues bien, éste es el resultado de haber aprobado, con toda clase de felicitaciones, una Ley de Igualdad.

No ha habido ley, que decían que era la más avanzada y novedosa del mundo, más publicitada por el Gobierno y las dirigentes del PSOE. Según la propaganda que nos invadió a través de todos los medios de comunicación, esa norma iba a concluir, definitivamente, con las milenarias desigualdades que padecen las mujeres de nuestro país, y se la debíamos al trabajo esforzado de las mujeres del Partido Socialista, convencidas, como me explican, de que los avances en materia de igualdad –ya no se trata de hablar de mujeres ni de feminismo– se logran poquito a poco, con la solidaria complicidad de los hombres, sobre todo los de su partido.

Cuando se publicó, escribí el comentario que se merecía. La tan alabada ley consiste en una serie de consejos, deseos y esperanzas a cumplir en largos periodos de tiempo, que sobre todo involucra a las empresas privadas en la obligación de emplear mujeres en los consejos de administración. También les fuerzan a conceder permisos, jornadas reducidas y horarios flexibles para que las mujeres y los hombres se organicen mejor en su casa. Por supuesto nada se habla de la obligación del Estado de crear la red pública de escuelas infantiles, de residencias de ancianos, de atención domiciliaria, porque eso cuesta dinero, y más barato resulta imponer obligaciones a la patronal y cargar el peso del cuidado de la familia a los propios ciudadanos.

Pero de lo que no parecía caber duda era de que en el ámbito político las mujeres habían dado un gran paso hacia delante, con la obligación impuesta a los partidos de que las listas electorales tuviesen un 40 y un 60% de candidatos de cada sexo. Pues bien, una vez celebradas las elecciones y verificados los resultados, nos encontramos con una composición del Parlamento más masculina que la anterior. Para lo único que ha servido la ínclita Ley es para impedirle al Partido Feminista que presentase listas exclusivamente de mujeres, porque ya se sabe que era imprescindible garantizar a los hombres su presencia entre nosotras, si no hubiesen podido quedar marginados de la participación política del país.

Éste es el resultado de la aprobación de leyes vacuas, sin apenas contenido, dictadas desde los órganos del Gobierno, que no están apoyadas por una verdadera participación del Movimiento Feminista. Del mismo modo, la implantación de las cuotas, con las que siempre estuve de acuerdo, se ha pervertido desde el momento en que han sido los hombres dirigentes de los partidos las que las han distribuido. En los puestos de poder han escogido a las mujeres más fieles y obedientes a las consignas de la cúpula masculina, marginando a las de mayor inteligencia y personalidad, que suelen ser las menos obedientes. En consecuencia, los hombres han obtenido dos ventajas, la primera, disponer del voto fiel de sus subordinadas y la segunda desprestigiar el sistema, al mostrar cómo las cuotas llevan a las menos capacitadas a los puestos de decisión.

Pero estas consecuencias son inevitables desde el momento en que quienes distribuyen los puestos son las cúpulas dirigentes de los partidos, en ese gobierno absoluto, más parecido a una dictadura, de la partitocracia que domina nuestra vida política, y en la que únicamente los elegidos por el jefe tienen posibilidades de alcanzar los podios. Y entre estos suele haber pocas mujeres, y siempre las menos capacitadas y las más obedientes a las órdenes del buró político.

En definitiva, las mujeres de los partidos, y lamentablemente las de los de izquierda, se han rendido con armas y bagajes a las férreas normas impuestas por los señores que dominan con despotismo el mundo político. Abandonada hace tiempo su militancia feminista –cuando el Movimiento aglutinaba a las mujeres más preparadas y combativas– en aras de obtener puestos rentables en las diversas escalas y estamentos de los partidos y del Estado, las que hoy pretenden dirigir las reivindicaciones de las mujeres lo que han conseguido es apoyar las arbitrariedades de sus dirigentes masculinos.

Lo cierto es que a las mujeres del PSOE y también de IU, les molesta la existencia de un Movimiento Feminista, independiente de los partidos políticos tradicionales y siempre a su izquierda, en el que seguimos planteando las eternas reivindicaciones de las mujeres y criticando, con firmeza y exactitud, el sometimiento a las normas aprobadas por los hombres que dejan inermes e indefensas a las mujeres ante el poder. Por eso no nos consultan nunca cuando hay que reclamar reformas legislativas, manifestarse contra la última barbarie machista o redactar un nuevo proyecto de ley. Por eso se alegran, sumisas y contentas, de los bodrios legislativos que sus jefes llevan a la aprobación de las Cámaras, y aceptan, con una cobardía sin igual, que sea la Iglesia católica –y ahora pronto la musulmana– y la derecha cavernícola las que impongan sus condiciones en las cuestiones más graves y urgentes que nos afectan, como el aborto. Por eso hoy hay menos mujeres en el hemiciclo del Parlamento, y lo mismo pasará en las sucesivas elecciones si el verdadero feminismo no vuelve a tener el protagonismo que se merece.

Lidia Falcón es presidenta del Partido Feminista, abogada y escritora

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11/04/2008 GMT -6

El velo de la ignominia

lidiafalcon @ 22:42

ELPAÍS.com
24 Ene 1990
Por Lidia Falcón

Como la estrella amarilla de los judíos y la rosa de los homosexuales bajo Hitler, o la marca de las prostitutas y las prohibiciones en el vestido de los siervos en la Edad Media, el velo de las mujeres musulmanas les enseña desde la infancia -porque el adiestramiento para la humillación ha de comenzar pronto, con el propósito de evitar cualquier conato de rebeldía- que ellas son seres mutilados, deformes, pecaminosos; porque no son hombres. Ellas, por ser mujeres, destinadas a la reproducción de la especie como todas las hembras mamíferas, y sin más objetivo que alcanzar en su vida, marcadas cada mes con la hemorragia de la impureza, deben taparse de la mirada de los demás, ocultar la vergüenza de haber nacido mujer. El velo que deben usar las mujeres musulmanas es el distintivo de la impureza femenina, la marca de su ignominia. Las voces que hoy se alzan defendiendo el uso del velo en la escuela para las muchachitas musulmanas, en la Francia democrática, republicana y laica, en razón de la "libertad de conciencia" y del "respeto de las culturas diferentes", no se atreverían a lanzar el primer gruñido para defender el uso de la prenda que fuese la señal pública de la diferencia entre la negritud y la blancura. Esas mismas conciencias tan liberales considerarían impropio de países civilizados que se mantuviese un traje distinto para el criado que para el señor. Ellos, los escandalizados por el ataque a lo que suponen libertad religiosa, no consentirían que nadie les impusiese el caftán, ni el turbante, ni la gorra, ni el sombrero, si ello iba a significar la marca de su inferioridad social. Claro que la imposición en el vestir de las muchachas musulmanas no viene dada por el Estado francés, sino por el pater familiae y por el jefe religioso de su tribu, y está bien que las mujeres vistan según las reglas de su tribu y las normas religiosas impuestas por los jefes. Así se defiende más eficazmente la supervivencia del patriarcado.

Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan al pater familiae, que no pongan en cuestión las milenarias reglas de la sumisión femenina. Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan las leyes de la familia y no las del Estado. Como Antígonas siempre presentes defendiendo las leyes del patriarcado frente a las de la ciudad, las mujeres no son ciudadanas, no tienen derechos y deberes como los demás individuos que pagan impuestos, votan periódicamente y acatan la Constitución. Las mujeres son hijas, esposas, amantes, madres, adúlteras, vírgenes, prostitutas, monjas, viudas. Ellas siguen siendo sólo hembras cuyo status social depende del uso que haga de su sexo y de la relación que mantenga con un hombre.

Por tanto, no tienen que obedecer las reglas de la escuela pública y laica en esa Francia republicana que hace 200 años realizó una decisiva revolución para acabar, fundamentalmente, con los símbolos de la opresión. Las mujeres deben obedecer únicamente al hombre de la familia. Las niñas, y niñas son esas dóciles criaturas de 12 o 14 años que acuden a la escuela envueltas de los pies a la cabeza en los velos de su ignominia, sólo tienen que obedecer al padre, patrón, patriarca, amo de su cuerpo, de su vida y de su destino.

Las voces que defienden las diferencias culturales para mantener a las mujeres musulmanas porque nadie sabe todavía lo que dirían si fuese a sus elegantes, sofisticadas y liberadas mujeres francesas a las que quisiesen envolver en velos, resultan tan risibles como los que hablan de que los negros no son inferiores, pero sí diferentes. Los intelectuales que aducen el respeto a la libertad de las niñas para vestir el velo resultan sospechosamente ignorantes. Nadie ignora que en las familias musulmanas ninguna mujer viste, come, duerme, ni respira, sin permiso o por imposición del padre o del marido. Estúpido resulta defender que una hija de familia de 12 años cumple con las reglas de la religión de sus padres por "libertad propia".

Los hombres de ese Gobierno francés que habían permitido hasta ahora -ya que era del dominio público- las mutilaciones sexuales a las niñas de ocho años, en los hogares musulmanes, seguramente porque los hombres de ese Gobierno deben pensar que es bueno que las mujeres obedezcan al jefe de la familia, se han visto inducidos, después de que la brutal operación ocasionara varias muertes seguidas de niñas, a enjuiciar, encarcelar y condenar a una desgracia a su madre, mutilada ella misma, analfabeta, ignorante de cualquier palabra francesa, hundida en la prisión del domicilio conyugal, mientras el padre y marido quedaba en libertad, respetado como hombre, como marido y como padre. Al concluir el juicio con la condena de la madre, varios escritores franceses no han dudado en comentar que todo el mundo sabe que la culpable no hizo más que cumplir las normas impuestas por el padre de la familia. "Nada se mueve en la casa sin el permiso del marido", reprodujo textualmente la Prensa.

Hoy, esos mismos hombres del Gobierno francés, alentados por los intelectuales y los políticos que se han alzado indignados en defensa del velo -políticos e intelectuales que nunca se manifestaron para condenar la clitoridectomía, el maltrato a las mujeres o las desigualdades del salario femenino-, ya que deben pensar que es bueno que las niñas obedezcan las normas patriarcales, se enfrentan al desafilo de prohibir o de permitir ese signo de la ignominia femenina que es el velo musulmán. La permisión de que las niñas vayan cubiertas a la escuela sería la prueba más rotunda de que el feminismo se encuentra en su cota más baja de influencia, mientras el patriarcado goza de muy buena salud en Francia.

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06/04/2008 GMT -6

La democracia sin honor

lidiafalcon @ 15:39

DEIA.com
1 Jun 2007
Por Lidia Falcón

cuando la mayoría de los ediles y los consejeros recién elegidos están ya sentados en sus escaños -algunos llevan ocupándolos decenas de años- y se disponen a proseguir su gestión, el ciudadano medio se pregunta qué será de lo suyo y qué será de lo nuevo que vaya a suceder. El desánimo que nos invade se ha reflejado con nitidez meridiana en la abstención media -en Catalunya y especialmente en Barcelona con escandalosa evidencia-, porque sabemos que detrás de las promesas y de los pomposos mítines no hay más que más de lo mismo: muchos impuestos y pocas soluciones, sobre todo, para los más necesitados: mujeres maltratadas, viudas mayores, personas sin trabajo, viejos que apenas sobreviven de pensiones miserables en pisos ruinosos... Dramáticas situaciones a las que tiene que dar solución una legislación decimonónica apenas maquillada por insuficientes y torpes reformas realizadas por los legislativos de la democracia, sin verdadero ánimo de cortar con los regímenes anteriores, y que se concreta para el contribuyente en una burocracia irracional que pocas veces le resuelve su problema.

Se dice, y repite, que los caudales municipales no son suficientes para sufragar las innumerables necesidades de los ciudadanos, argumento utilizado sobre todo para pedirle al gobierno del Estado mayor proporción en los impuestos generales, pero todos los contribuyentes vemos cómo nuestros ediles invierten en fastos perfectamente prescindibles: olimpiadas, carreras de coches, ferias, exposiciones, monumentos, remodelación de plazas y avenidas -que ya eran hermosas antes de las reformas y que suelen quedar peor después de éstas-, mientras que a las solicitudes de que arreglen las goteras de nuestros tejados, instalen guarderías infantiles y hogares para ancianos, doten de centros culturales los barrios, nos responden que no tienen presupuesto.

Mientras el 48% de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes, los planes de remodelación de las ciudades, con derribo de inmuebles de los que se traslada a sus ocupantes como si de ganado se tratara, para realizar grandes obras de diseño que únicamente les gustan a sus arquitectos y a los ediles que los contratan, consumen la mayor parte del erario municipal y autonómico. Nuestros gobernantes padecen el síndrome faraónico, porque todas las ciudades españolas se han dotado de edificios llamados emblemáticos, algunos francamente horrorosos y todos superfluos, que deben legar a la posteridad la fama de sus promotores, como las pirámides hicieron del Egipto antiguo. Únicamente los ingenuos creíamos que la democracia era el sistema que a la inversa del modo de producción asiático, se preocupaba antes del bienestar de los ciudadanos que de asegurar a sus gobernantes la posteridad.

Si los votantes hubiesen exigido a sus gobernantes que cumpliesen los mandatos electorales, y después de las primeras elecciones hubieran hecho el recuento de las escuelas que no se han instalado, de las plazas de hospitales que no existen, de las viviendas sociales que no se han construido, y en razón de su incumplimiento los hubiesen demandado o al menos no votado, quizá tendríamos alguna esperanza de reformar nuestro sistema. Pero la complacencia con que unos sectores sociales aceptan las falsedades de sus elegidos, sin reproche ni duda, en la siguiente consulta electoral, y la abulia y la apatía con que otros soportan las injusticias, permite la perpetuación del sistema, que en realidad no es más que el mantenimiento de los intereses de las clases dominantes, como hace tiempo nos enseñaron nuestros maestros.

Resulta altamente deprimente saber que los concejales y consejeros de varias ciudades y comunidades, implicados en numerosos casos de corrupción, han vuelto a salir elegidos, incluso con más votos que antes. Al parecer los españoles piensan que esos personajes se merecen un premio por haber sido más listos que nadie al tener éxito en la difícil tarea de acumular un generoso patrimonio. En nuestro país está arraigada la idea de que quien no sabe hacerse rico es tonto, y que cualquiera repetiría la hazaña de sus gobernantes corruptos si pudiera.

Hubo un tiempo -ya remoto- en que la esperanza de un cambio profundo en nuestra sociedad podía echar raíces. Cuando la II República se quiso implantar en el país una ética de los valores humanos y una democracia genuinamente popular, pero ya sabemos que perdimos la guerra y, con la dictadura, hasta la vida. Lo más lamentable es que con la democracia hemos perdido el honor.

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07/03/2008 GMT -6

Violencia incontrolada

lidiafalcon @ 22:04

elPeriódico.com
3 Mar 2008
Por Lidia Falcón
 

A los partidos políticos se les ha descontrolado la violencia machista. Ellos, que debían creer tenerla controlada, que no habían hecho ninguna mención al tema ni en sus mítines ni en sus debates --ni el PP ni el PSOE ni IU han introducido modificaciones a la ley de violencia en su programa electoral--, se han encontrado en plena campaña con que los asesinos, en dos días, les han echado en las tribunas los cadáveres de cuatro mujeres y les han dejado dos más heridas, una en estado grave. Con ellas tenemos 17 víctimas en 57 días, que son cinco más que las que se han producido en Tijuana, la ciudad mexicana que posee el primer lugar del ranking de asesinadas.

Cuando desde hace casi dos años algunas asociaciones feministas redactamos y publicamos un estudio sobre la ley de violencia y los problemas con que se tropezaba en su aplicación, y lo enviamos a todas las instituciones relacionadas con el tema, recibimos una agria respuesta de algunas de las responsables, como Soledad Murillo, secretaria de Estado de Igualdad, y Montserrat Comas, del Observatorio de Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, respuesta que esta última publicó hace pocos meses en este periódico.

En nuestro estudio explicamos las deficiencias que tiene la redacción legal. Desde haber dejado fuera de su protección a toda mujer que no sea la esposa o esté vinculada sentimentalmente de modo permanente con el agresor, hasta que mantiene garantías en beneficio del denunciado --que, cuando se trata de otras jurisdicciones, como la laboral, no se aplican desde hace 100 años-- que obligan a esperar a la denunciante un tiempo interminable para ver dirimida su denuncia en los tribunales.

La amplia discrecionalidad que se le concede al juez permite que se archiven el 55% de las denuncias sin ni siquiera tramitarlas, que se dicten arbitrariamente órdenes de alejamiento, dependiendo del juzgado de que se trate, con lo cual no existe unificación de criterio ni de doctrina --lo que provoca la inseguridad jurídica de las víctimas--, y que se siga manteniendo una valoración estricta de la prueba en el juicio oral, de modo que se absuelve a un gran número de agresores por falta de pruebas: el 30% de los que son juzgados, lo que significa que únicamente el 38% de las denuncias concluyen en una sentencia condenatoria. Estas son algunas de las lagunas de la norma, a las que se pueden añadir la falta de responsabilización de los jueces, fiscales, médicos, asistentes sociales y del entorno familiar y vecinal de las víctimas, cuando no cumplen la debida diligencia en la protección de la víctima y en la persecución del delito. Exigencias que nosotras habíamos introducido en el proyecto de ley que llevamos al Congreso y que fue desestimado.

Si a estas carencias añadimos que ni se ha dotado de los medios a las comisarías de policía ni creado los suficientes juzgados ni disponen de personal adecuado por su preparación, por la endémica falta de dotación presupuestaria, que es la enfermedad crónica de la justicia, no creo que sea muy difícil entender por qué la persecución de los maltratadores y asesinos de mujeres está siendo ineficaz.

Para disculparse, políticos y jueces han repetido que solo una de las cuatro asesinadas tenía una orden de alejamiento --como si el asesinato de una sola fuese despreciable-- y que otras dos no habían denunciado. No se hace hincapié en el caso de la cuarta, contra la cual se había dictado una orden de alejamiento del marido a instancias de este. Algún día habrá que escribir sobre las denuncias falsas de los agresores para contrarrestar las acciones judiciales de sus víctimas, ya que tanto se habla de las denuncias falsas de las mujeres. Los responsables institucionales repiten que, si no se denuncia, es imposible conocer los problemas. La jueza de violencia de Madrid, Raimunda de Peñafort, insistía asegurando tanto que la ley era suficiente como que su aplicación en los juzgados era absolutamente correcta. Resulta incomprensible que esas políticas y jueces no sepan que las mujeres no denuncian porque no confían en la justicia.

Aparte del problema de dependencia económica del marido, con el que pueden enfrentarse las denunciantes, la más grave dependencia, además de la familiar, es la del miedo. El miedo, y muy fundado, al agresor, que cuando sepa de la iniciativa de la que él considera su esclava para liberarse, tomará sangrienta venganza. Y la rebelde no contará entonces más que con sus propias fuerzas, porque no la protegerán ni la policía, que no tiene medios, ni el juzgado, que tardará interminables días o meses o años en resolver su caso, y que nunca --salvo si está muerta-- dicta prisión contra el agresor.

En esas condiciones, ¿quién se atreve a denunciar? ¡Qué fácil es aconsejar cuando el que lo hace no se encuentra en la misma situación! ¿Por qué tiene la víctima que refugiarse en una casa de acogida con sus hijos, abandonando su hogar, su trabajo, los familiares, los amigos, y los niños el colegio, mientras el agresor sigue en libertad? ¿Por qué no se dicta la prisión preventiva contra él, que es mucho más barato que proteger a la mujer permanentemente?

Espero que, en lo que resta de campaña, los partidos nos den la respuesta a estas preguntas.

 

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02/03/2008 GMT -6

Un ocho de marzo reprimido

lidiafalcon @ 02:43

Público.es
2 Mar 2008
Por Lidia Falcón

Las Delegaciones de Gobierno de Madrid y Las Palmas y la Junta Electoral Provincial de Sevilla denegaron el permiso para celebrar la manifestación por el 8 de marzo. En Valencia hubo que solicitar la autorización a la Junta Electoral Central, y en otras ciudades todavía no se sabe cuál será la decisión de las autoridades competentes.

Ha sido preciso presentar recursos ante los tribunales de justicia de las respectivas comunidades (Madrid, Andalucía y Las Palmas), y en los juicios celebrados se ha dado la razón a la autoridad competente contra las asociaciones de mujeres. En definitiva, dependiendo de los criterios de los delegados del Gobierno, las manifestaciones se podrán celebrar en unas ciudades y en otras no. La explicación de los jerarcas responsables es que el 8 de marzo corresponde a la jornada de reflexión y en ese día no se pueden realizar actos políticos. A esta situación hay que añadir que toda la semana anterior las feministas organizábamos conmemoraciones diversas en toda España que este año quedarán completamente oscurecidas y hasta suspendidas por la campaña electoral, ya que ni las personalidades que asistían estarán ahora interesadas en temas que se salen de sus agendas y ni siquiera dispondremos de locales adecuados para ello.

El 8 de marzo se conmemora la masacre que cometió el propietario de la empresa Cotton de Nueva York el 8 de marzo de 1909, cuando ante el encierro de sus trabajadoras en la fábrica solicitando aumentos de salario y mejores condiciones laborales, prendió fuego al edificio y murieron abrasadas las 211 mujeres que estaban dentro. El año que viene se cumplirá un siglo de aquella barbarie, y durante estos cien años en ningún país occidental las feministas hemos dejado de recordar esa fecha.

Aún clandestina y temerosamente durante nuestra dictadura, siempre realizamos algún acto, aunque fuese escondido, únicamente para elegidas; más públicos y abiertos a medida que se degradaba la represión, hasta culminar en las manifestaciones reivindicativas de los años setenta.

Desde entonces, y ya se han cumplido treinta, las feministas no hemos faltado a ninguna cita. Los partidos políticos tampoco, ni los sindicatos, siempre arrimando el ascua a su sardina en cuanto han visto el rendimiento electoral que puede proporcionarles apoyar a las feministas, con lo que, naturalmente, las celebraciones del 8 de marzo se han institucionalizado y por ende esclerotizado, perdido el impulso de oposición al poder que siempre ha de tener el movimiento feminista. Pero aún así, aunque con el propósito de manipularlas, dirigirlas y debilitarlas, las instituciones y los partidos fingían aceptar las demandas de las mujeres. Por ello cedían locales, organizaban actos y concedían modestas subvenciones.

Abandonado el entusiasmo que llenó de mujeres las calles de nuestras ciudades en los años de la verdadera lucha, ahogadas o minimizadas y ninguneadas las voces de verdadera crítica y protesta que aún nos atrevemos a manifestarnos, controladas las asociaciones por el conocido y eficaz método de aumentar o disminuir las fuentes de financiación estatal, los actos del 8 de marzo han quedado asumidos por los ayuntamientos, diputaciones, comunidades e institutos, alejando a las mujeres de una conmemoración que no les parece que les concierna.

Quedan citas que el Partido Feminista y algunos grupos del movimiento feminista organizan y expresan en encuentros independientes y sobre todo en las manifestaciones callejeras que se celebran en esa fecha. Pues bien, este año no se sabe si en algunas ciudades se podrán realizar porque coinciden con la jornada de reflexión electoral. Convocadas las elecciones el 9 de marzo, el día 8 quedan suprimidas o mediatizadas todas las manifestaciones, que inevitablemente tendrían carácter político.

Cuando Rodríguez Zapatero señaló el día 9 como la jornada electoral, ¿ignoraba que el 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer? ¿Lo ignoraban las ocho flamantes ministras de su gabinete y su más astuto consejero y ministro Rubalcaba? ¿No lo sabía la excelsa feminista –tan amiga de obispos y cardenales- María Teresa Fernández de la Vega? ¿Qué se dijeron en aquel Consejo de Ministros en que decidieron tan trascendental fecha? Con toda seguridad se preocuparon de no coincidir con el calendario de partidos de fútbol, de celebraciones del Carnaval, de procesiones de Semana Santa. ¿Y quién se hubiese atrevido a señalar el 2 de mayo como día electoral? Pero si se trataba de las mujeres, ¡qué más da!

El cónclave de ministros haría cábalas sobre las reacciones que se producirían, y con toda seguridad los cerebros del Gobierno le aseguraron a Zapatero que ellos, y ellas, sabían controlar eficazmente el movimiento de mujeres, comprado por los fondos del Estado que administra el Gobierno. Y así ha sido.

En esta grave situación lo más penoso y lamentable es la anuencia que manifiestan las mujeres de todos los partidos políticos ante la indiferencia con que las cúpulas masculinas de los mismos han asumido la decisión del Gobierno. Esta situación hubiera sido impensable hace treinta años, no sólo porque las asociaciones feministas hubiesen organizado concentraciones y manifestaciones, autorizadas o no, sino también porque hubiese habido una opinión pública y publicada que habría alertado a los responsables políticos precisamente en el momento más crítico para ellos, que es el periodo electoral.

Abandonadas, y hasta perseguidas, las organizaciones de mujeres, como si se sintieran atacadas por el síndrome de Estocolmo, son incapaces de organizar protestas por una de las más graves agresiones contra el feminismo que hemos sufrido desde la transición.

Lidia Falcón es Presidenta del Partido Feminista de España, abogada y escritora

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21/02/2008 GMT -6

Lidia Falcón, escritora y feminista: «No entiendo que las chicas se vuelvan a casar de blanco»

lidiafalcon @ 18:15
 
Hija de republicanos, separada con dos hijos a los veintidós años y feminista de amplia trayectoria, Lidia Falcón ha contado su vida en tres autobiografías
 
Diario Ideal
2 Sep 2007
Por Iñaki Esteban/Santander
 
-¿Qué opina de la castración?

-Me ha costado aceptarla porque siempre he defendido el derecho a la integridad física. Pero ya no veo otra solución. No podemos dejar de proteger a las víctimas. Y los tíos, cuando salen, vuelven a violar y a meterse con niños. ¿Qué hacemos? ¿Nos aguantamos?

Lidia Falcón (Madrid, 1935) ha sido desde los años setenta la voz más conocida del feminismo en España. Pero su vida no se agota en esta faceta. Hija de republicanos, se casó a los 17 años, se separó cinco años después, trabajó de camarera y telefonista para sacar adelante a sus hijos y escribió como 'negra' -junto a su ex compañero Eliseo Bayo- 'El libro de la vida sexual', firmado por el psiquiatra franquista Juan José López Ibor.

Todo este trajín le ha servido para lograr una sólida obra autobiográfica, compuesta por tres libros, entre ellos 'La vida arrebatada' (Anagrama). Éste fue también el título de la conferencia que pronunció esta semana en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, dentro de un curso patrocinado por la Fundación Vocento.

-Usted dice en esa obra que a los 13 años se sentía diferente al resto de sus amigas.

-Procedía de una familia de intelectuales de izquierda y me costaba identificarme con lo que pasaba a mi alrededor. La única ambición de las muchachas era tener una cultura general y casarse. Habíamos vuelto al siglo XIX. El matrimonio era el único plan posible. No había más futuro que la casa, el marido y los hijos.

-Ahora ha vuelto el furor de las bodas entre los jóvenes.

-No entiendo que las chicas se quieran casar de blanco. Se ha vuelto a prestigiar el matrimonio por la iglesia y con un ajuar estupendo, todo para afianzar un tipo de relación reaccionaria. Yo creo que los hombres que tienen ahora 25 años son peores que los que tenían esa edad en el año 80. El enemigo esta ahí y no le hemos derrotado del todo. Le hemos hecho alguna pupa, pero se defiende.

-Usted se casó a los 17 años.

-Se me cruzó la hormona. Siempre he tenido un espíritu rebelde y entonces había unas prohibiciones terribles, así que todo eso me animó a casarme. Había que estar en casa a las nueve de la noche. Mi madre, con la que vivía, me dio una paliza porque me vio por la calle cogida del brazo con mi novio. Me pegó por miedo, porque entonces vivíamos pendientes de lo que decía la gente.

-¿Se sentían marginadas?

-Mi madre estaba sola, no había nadie que la avalara, porque su marido estaba en el exilio, tenía una hija sin que la gente supiera de dónde había salido, lo cual era muy sospechoso, y yo podía seguir el mal camino. Los domingos disimulábamos que íbamos a misa vistiéndonos un poco mejor y saliendo pronto de casa. Eso era la exclusión social.

-¿Siguió el mal camino?

-Mis amigas soportaban siete años de noviazgo, no se acostaban con su pareja, se besaban un poquito, se cogían de la mano e iban al cine los domingos por la tarde. Yo no tenía tanta paciencia.

Realidad de los hombres

-¿Cuánto duró su noviazgo?

-Dos años y pico. Conocí al mozo cuando yo tenía catorce años y me casé con diecisiete. Pero meses antes de casarnos ya nos acostábamos. Bueno, por eso me casé, porque me quedé embarazada.

-¿Cómo fue la convivencia con su madre?

-Los hombres de la familia se fueron al exilio y no quedamos más que mujeres. Mi madre, mi tía, mi abuela, mis dos primas y yo: nos reunimos en Barcelona los restos de aquel naufragio. Mi padre salió de España en el último avión junto a Dolores Ibárruri. Era miembro del comité central de Partido Comunista y yo tenía entonces dos años y pico. Luego leí sus escritos y me sentí totalmente identificada. Pero como contacto personal, como cariño, de eso nada, cero.

-¿Qué concepto tenía de los hombres?

-Yo no tenía ni idea de cómo eran los hombres. El primer día después de casada me encontré la pasta de dientes tirada por ahí, la toalla en el suelo, los calzoncillos por el otro lado. Cada cosa que cogía mi marido la dejaba tirada por la casa. Me dejó pasmada. Muchas de amigas tenían un hermano, un padre o un abuelo y creo que les sorprendió menos que a mí.

-¿Se llevó una decepción?

-Para mí los hombres eran unos seres criticados, porque mi madre y mi abuela eran feministas, pero también idealizados, porque no sabía cómo eran en realidad. Yo quería un chico bueno, y lo tuve, aunque al final amenazó con pegarme. Para lo que había en la época estaba bien, pero era muy limitado.

Madre y mujer

-¿Cuál fue su experiencia de la maternidad?

-¿A qué te refieres?

-¿Se sintió realizada como mujer?

-Bueno, bueno, una madre nunca sabe lo que le viene. Nos faltaba dinero, la medicina era una porquería, no daban anestesia a nadie y fui a un hospital de pobres, en el que me dijeron que dilatara dando vueltas por el pasillo. Aquello era aterrador.

-¿Y cuando tuvo a su hija entre brazos?

-La tuve en la edad que habría tenido que irme a bailar, de excursión, al cine y a estudiar. Me encontré brutalmente metida en la vida adulta. Pero la verdad es que me lo pasé bien porque tengo cierta vocación de felicidad. Mi marido tenía 21 años. Éramos unos críos y siempre que podíamos nos íbamos a la playa. No teníamos dinero. La situación económica era angustiosa.

-Usted se separó hacia la mitad de los años cincuenta. ¿Fue duro?

-Fue un trauma. Pero no estaba dispuesta a aguantar a un esposo que ya no era el amante y el compañero que yo quería. Se reunía con sus amigos, yo estaba todo el día en casa con mis niños, se debió de cansar de mí y se buscó otra. Y eso, claro, de ninguna manera. Tenía un hijo de dos meses y una hija de cinco años. Me pagó unos meses una pensión pero luego dejó de hacerlo. Huyó a Francia huyendo de sus responsabilidades.

-¿Cuántos trabajos ha tenido?

-Empecé de secretaria, fui telefonista en TVE, camarera en varios restaurantes, cuidé niños...

-Hay veces que tenía dos empleos.

-Entraba a los ocho de la mañana, salía a las siete de la tarde, luego iba a TVE y me marchaba a casa a las dos de la mañana. Cuando llegaba, me ponía a estudiar Derecho porque quería salir de esa situación.

-¿Cómo era entonces la televisión?

-La de Barcelona estaba en Montjuic. El tranvía me dejaba en el Paralelo, cogía por el Pueblo Seco y subía por una ladera. Uno de los directivos de TVE me dijo: ¿Para qué quiere trabajar tanto una chica como usted? Y el editor del primer libro de Derecho que escribí, al pagarme, me soltó: «Tome, ya se lo puede gastar en ropa interior».

-¿Era eso todo lo que esperaba de una mujer que había escrito un libro de Derecho?

-¿Cómo te crees que eran los hombres, querido? Bueno, aunque no sé si habéis mejorado mucho.

-¿Cambiaron las cosas con su segunda pareja, el periodista Eliseo Bayo?

-Era un muchacho de 19 años, de un pueblo de Aragón. Marchó a Barcelona a ganarse la vida después de estar varios años en el seminario. Eso hizo que adaptáramos bastante el uno al otro, aunque a él lo detuvieron enseguida, y luego entraba y salía de la cárcel. A mí también me cogieron varias veces.

La Transición

-¿Cómo fue la Transición para las mujeres?

-La Transición fue para los hombres. Hasta el 85 no se consiguió el aborto en los tres supuestos y desde entonces no ha evolucionado nada. Fíjate, en Navarra todavía no se hacen.

-¿Cómo andamos de libertad sexual?

-Parece que hay libertad sexual porque follan a las mujeres todos los días en la televisión. La relación sexual se ha convertido en pornografía. Se empeñan en obsequiarnos con un acto sexual de lo más rutinario, cuando debería significar compañerismo y complicidad.

 
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05/02/2008 GMT -6

Lidia Falcón presentó su novela "Al fin estaba sola"

lidiafalcon @ 12:54

“El mundo tendrá que escoger entre feminismo y barbarie”
Lidia Falcón presentó su novela
“Al fin estaba sola
la emotiva historia de una mujer en la lucha política y personal

AmecoPress
2 Nov 2007
Por Julia López

Al fin estaba solaLa presentación de la última novela de Lidia Falcón en el Colegio de Periodistas de Cataluña, ha sido un acto emotivo y de reconocimiento de una líder feminista, que sigue luchando por una sociedad mas justa para mujeres y hombres. Para Pilar Rahola, que la ha acompañado en esta primera presentación, Falcón merece un homenaje especial, ya que ha mantenido una coherencia increíble y ha estado siempre por encima del estigma de ser considerada la feminista por antonomasia. O sea, lo peor de lo peor.

“Al fin estaba sola” es la historia de una mujer luchadora, homenaje a una generación de mujeres que entre los 60 y 70 que dieron su vida por la lucha revolucionaria, manteniendo sus convicciones y sus valores, a la vez que mantenían con dignidad a sus familias. En palabras de Rahola: “Su novela me ha emocionado enormemente. Hay política, lucha clandestina, y solidaridad, pero sobre todo es la historia de una mujer sola, luchando contra viento y marea, por sobrevivir, utilizada por un partido de izquierdas, y por las noches soportando a un machista, y a una hijas que le echan en cara su vida”.

Entre la revolución y la supervivencia

A Rahola, la novela le ha recordado una frase de Alexandra Kolontai que decía: “Yo de día hago la revolución y de noche tengo que sufrir a mi marido en la cama, un verdadero machito, sonreír y seguir adelante”.

La presentación que contó, además de Rahola, con Ignasi Riera, Francesc de Carreras y el propio editor, Miguel Montesinos, tuvo momentos divertidos y remarcables. Tanto Riera, como Carreras, que hablaron primero, y elogiaron la novela pero la interpretaron desde un punto de vista político, un poco cómplice con la historia de aquellos años. “No se que he hecho yo para merecer esto –explicaba, riendo, Riera- porque yo tengo que estar en algún sitio en esta novela, pero aún no me he encontrado. He sido del PSUC, ahora de Iniciativa, vivo en Madrid y tengo cargos políticos. Seguro que también soy un poco machista, pero he de reconocer que de esta novela, si que se podría avisar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia”.

Para Carreras, en la novela había nostalgia de una lucha pasada y frustración por la situación actual, aunque estaba de acuerdo con falcón, que de aquella situación surgió el feminismo, “que si que es una verdadera revolución”. En su análisis de aquellos años, desde mediados de los sesenta hasta entrados los 70, según él, los que se implicaban en la lucha clandestina eran más rebeldes que revolucionarios. También Carreras, actualmente catedrático de derecho político y promotor de la creación de “Ciutadans per Cataluña” quería encontrar las claves de la trayectoria de algunos líderes que cuenta Falcón, en su novela “¿quién estaba detrás?” ¿A quién se refiere la protagonista, cuando al volver del exilio, se entera de lo bien instalados en puestos institucionales, que estaban algunos de sus compañeros de partido?”.

Rahola, de una forma irónica y comprensiva empezó comentando que “después de oír a mis compañeros creo que no hemos leído el mismo libro. La historia de Ruth no es la denuncia de su papel en un grupo de izquierdas, es el drama de una mujer sola que lucha por los demás, por un mundo mejor, y que sobrevive como puede, en un entorno machista y hostil. Creo que vosotros analizáis el libro con mirada masculina y sin embargo yo, que soy de una generación posterior, y algunas de las cosas que explica no las acabo de comprender, he sentido una complicidad total desde la primera línea. En la novela no hay trampa ni cartón. Todo es auténtico. Pone la piel de gallina”.

Su mirada sigue siendo muy moderna

Confesando que desde siempre siente verdadera devoción por Falcón, la gran comunicadora y polemista, Rahola, subrayaba que todos tendríamos que estar orgullosos “de tener a nuestro lado un referente del feminismo del calibre de Lidia Falcón y que siga en primera línea de ‘combate’. Sinceramente, no veo ninguna nostalgia ni en su obra ni en los valores que defiende. No se ha quedado estancada en el pasado, como les ha pasado a otras valiosas personas: Al contrario Lidia ha ido evolucionando de acuerdo con el tiempo, y su mirada sigue siendo modernísima”.

Falcón se emocionó con estas últimas palabras e inició su disertación con una lista de agradecimientos. “A Riera, porque me ha seguido desde el principio, me ha aconsejado y me ha animado a publicar. Yo casi había tirado la toalla. El calvario de ir de editorial en editorial y ser rechazada, podría ser materia de otra novela”. Según explicaba con cierto humor, no querían saber nada, ni siquiera las editoriales con las que ya había publicado. Pero cuando recordó a su amigo de la “generación nostálgica”, editor de Montesinos, y del El Viejo topo, se sintió salvada. “Verdaderamente al final, si que nos quedamos solos tu y yo, Miguel, –comentaba mirando con gran ternura a su compañero de mesa– recuerdas que me preguntaste, ‘pero si mi editorial es muy pequeña, ¿de verdad que te interesa?’. Como no me iba a interesar si me habían rechazado Planeta y compañía. ‘Ya verás, te dije, seguro que encima vamos a tener éxito”.

También agradeció la invitación de la ADPC (Asociación de Mujeres Periodistas de Cataluña), por invitarla a este acto, adelantándose al propio Colegio de Periodistas, y se disculpó por no haber podido recoger personalmente el premio: “La Rosa del Desierto,” que le concedieron en septiembre, y que recogió emocionada su hija, porque “tenía el compromiso de un programa de TV en Madrid”. También agradeció la presencia de Carreras, porque encima “de haberse tenido que leer la novela se ha llevado regañina, pero yo ya sabia que algo así pasaría, y que su análisis aunque fuera muy bueno, iba a perder de vista que la protagonista es una mujer, que además habla en primera persona”.

Falcón se refirió también, siguiendo la historia que había contado Rahola, a cuando le preguntaron a Miterrand cual sería el hombre del siglo XX, y contestó que sería mujer. También quiso recordar la advertencia de Rosa Luxemburgo que “en un discurso público a finales de los años 30 dijo que “aún estamos a tiempo de poder escoger entre la democracia y la barbarie”. Entonces se escogió la barbarie. Ahora vivimos una época clave –subrayaba apasionada Falcón- en la que también estamos a tiempo de escoger entre “feminismo y barbarie”.

Un poco de biografía

Lidia Falcón es licenciada en Derecho, Arte Dramático y Periodismo, así como doctora en Filosofía. Nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Wooster (Ohio). Fundó en el 72 la revista "Vindicación Feminista" y hace unos años: "Poder y Libertad", que actualmente dirige. Líder internacionalmente reconocida del feminismo español, creó el Club Vindicación Feminista, el Partido Feminista de España, la Confederación de Organizaciones Feministas del Estado Español, y ha participado en el Tribunal Internacional de Crímenes contra la Mujer de Bruselas y en los foros internacionales de Nueva York, Nairobi y Beijín.

Es autora de 36 libros. En el terreno del ensayo destacan: "Mujer y sociedad", "La razón feminista", "Mujer y poder político", "Los nuevos mitos del feminismo", "Violencia contra la mujer", "La violencia que no cesa". Sus memorias abarcan varios tomos: "Los hijos de los vencidos", "Viernes y 13 en la calle del Correo", "Memorias políticas" y "La vida arrebatada", el último publicado. Asimismo, tiene una extensa obra narrativa, con títulos tan emblemáticos como "Camino sin retorno", "El juego de la piel", "Postmodernos", "Cartas a una idiota española" que, traducido a varios idiomas, se ha convertido en un verdadero best-seller mundial. También ha tenido mucho éxito la novela “Las nuevas españolas”, publicada en el año 2004.

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25/01/2008 GMT -6

Pidiendo perdón (sobre la Ley de Memoria Histórica en España)

lidiafalcon @ 20:44
 
Público.es
18 Nov 2007
Por Lidia Falcón

La Ley de Memoria Histórica se ha aprobado. Y se ha aprobado porque al fin la derecha nos ha dado permiso para hacerlo. En las largas y cómplices negociaciones que se han llevado a cabo entre los representantes de unos y otros partidos, ha sido patético ir observando el proceso de adulación y complacencia con que la izquierda llevó las negociaciones a fin de contentar a los partidos de derecha, que ha concluido en la degradación de una ley que la democracia nos debía desde hace 30 años. Bien es cierto que el Partido Socialista había esbozado un proyecto absolutamente indigno para que pudiera ser considerado reparador de los sufrimientos de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura, y que ha sido en alguna medida limpiado por Izquierda Unida. Pero también ésta se ha declarado vencida ante las imposiciones de los partidos católicos y de los del gran capital.

Mi asombro fue oír repetir diariamente a los comentaristas que era imprescindible obtener el consenso de todos los partidos. De todos, incluso de aquellos que dirigen los herederos políticos de los que organizaron el golpe de Estado, de los que llevaron a cabo las matanzas indiscriminadas y los consejos de guerra y expoliaron a los republicanos; partidos donde se encuentran, impunes y radiantes, los hijos y nietos de los dirigentes y cómplices del franquismo. La izquierda también desea esta alianza, quizá en cumplimiento de aquella vieja consigna del Partido Comunista de la “reconciliación nacional”, que fue tan incomprendida por los que debían reconciliarse con quienes los habían condenado a muerte.

Lo más patético de este episodio es comprobar cómo la izquierda le ha pedido perdón a la derecha por atreverse a recordar los episodios de la Guerra Civil, los padecimientos de los que defendieron la República, la represión que sufrieron los resistentes bajo la dictadura. Atacados al parecer del síndrome de Estocolmo, los partidos que deberían haber planteado estas reivindicaciones en tiempos bastante anteriores, cuando estaban más ocupados en apagar los fuegos de la rebelión obrera aceptando los pactos de la Moncloa, se muestran enormemente comprensivos con la indignación que acomete a los representantes de los partidos de derechas cuando se les habla de la memoria de nuestras desgracias. Hasta el punto de aceptar la equiparación de la represión sistemática practicada por los franquistas con los episodios de violencia incontrolada en la zona republicana. Siguen pidiendo perdón por parecer de izquierdas.

Lo más triste de este periodo de la torturada historia de España es comprobar cómo después de tres cuartos de siglo de sufrir una genocida guerra civil, única en Europa, por intentar vencer a la bestia fascista, de padecer los rigores de 40 años de una dictadura cuya crueldad era desconocida en España y de creer que habíamos instaurado la democracia, se ha aprobado una ley de resarcimiento de los vencidos que no tiene parangón con ninguna de las que se han impuesto ni en Europa ni en América ni en África.

Ni Alemania ni Francia ni Chile ni Argentina ni Grecia ni Portugal ni incluso la torturada Suráfrica han aceptado la impunidad de los que se beneficiaron con el sufrimiento de su pueblo. Después de padecer las dictaduras hicieron, y continúan, un ejercicio de justicia y democracia aprobando leyes que condenaron a los autores de los crímenes y dictaron de inmediato la nulidad de los juicios políticos de aquella etapa. Alemania y Francia llegaron mucho más lejos concediendo indemnizaciones a los perjudicados, y todos sus gobiernos han pedido perdón a las víctimas.

En esta esquizofrenia en que nuestro Gobierno se ha instalado, hemos visto cómo aceptaba con complacencia que la judicatura española persiguiera a Pinochet allende nuestras fronteras, y al torturador argentino Scilingo en nuestro propio territorio, donde se le ha juzgado, condenado y encarcelado, en una digna defensa de los derechos humanos que consideramos compete a todos los países, independientemente de dónde y cuándo se cometieran los crímenes. Mientras, en España, ese mismo Gobierno se opone a que se declare la nulidad de los consejos de guerra que durante el franquismo llevaron a la muerte y a decenas de años de cárcel a los antifascistas, sin garantías procesales algunas. Los mismos partidos que aplauden la nulidad de las leyes de perdón que dictaron los gobernantes argentinos aceptan en España sumisamente que ni se hable de indemnizaciones a las víctimas, que se permita que subsistan monumentos conmemorativos del franquismo siempre que “tengan valor arquitectónico o artístico” –¿quién decide el valor artístico?–, y que la Iglesia mantenga las placas de las fachadas de las iglesias con los nombres de sus supuestos mártires y los símbolos franquistas, yugos y flechas, escudo con águila imperial, que campean en los miles de pueblos que fueron torturados por esa misma iglesia.

Los mismos que aprueban y difunden la noticia de que se ha procesado y encarcelado a los parientes de Pinochet por la apropiación de caudales públicos se indignan ante la sola mención de que a la familia Franco, y a tantas otras que se hicieron ricas mediante la adjudicación de los bienes de los asesinados, expropiaciones y robos impunes que se produjeron durante decenas de años se les pida cuentas de su fortuna.

En definitiva, ser demócrata en España es diferente de serlo en Alemania o en Argentina. Hoy, ni siquiera a las víctimas sobrevivientes de la Guerra Civil y la dictadura se les otorga la satisfacción de ver a sus verdugos avergonzados. Porque nunca nos pidieron perdón.

 
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20/01/2008 GMT -6

Vendrán a por todas nosotras

lidiafalcon @ 17:10

Público.es
19 Dic 2007
Por Lidia Falcón

En la calle se oían los gritos de los bebés que estaban asesinando. Y luego los destrozaban en unas "trituradoras". Unos entendidos comensales de la mesa de al lado del restaurante repetían este relato de horror frankensteiniano. Similares descripciones de las terribles matanzas de bebés que se practicaban en las clínicas del Dr. Morín están en boca de ciudadanos que jamás tuvieron información alguna sobre el tema.

Hace más de un mes que en Barcelona están en prisión tres médicos, uno de ellos Carlos Morín, por el cierre y registro ordenado por el Juzgado de las clínicas ginecológicas en las que trabajaban. Semanas después han cerrado dos clínicas en Madrid. Ahora son siete médicos más los que se hallan detenidos en Barcelona. Esa descripción de los asesinatos de niños triturados en una máquina –sólo falta que añadan que se hacían albóndigas después– en una semblanza del triunfo de la muerte de Brueghel, ofrecida con morbosa y deleitada pasión por una prensa especialmente dedicada a negarles a las mujeres todo derecho al progreso, persigue el efecto –conseguido– de estremecer a una ciudadanía desinformada y supersticiosa.

Los 200.000 abortos que se practican en España cada año son un número muy modesto en comparación con las cifras de Europa, ya que la práctica sanitaria en los países avanzados alcanza a muchos más casos que los que se permiten en nuestro país. Como a ello se une la más absoluta desidia de nuestros gobiernos en la prevención y educación anticonceptiva, con un alarmante aumento de embarazos de adolescentes, tenemos unas cifras tercermundistas de madres niñas, de fetos inviables y de trastornos psiquiátricos en mujeres, producidos por las dificultades que el sistema sanitario español impone. El 90% de los abortos se practica durante los primeros tres meses de embarazo y el 10% restante se reparte entre las graves malformaciones del feto y las violaciones. Los inquisidores que persiguen toda libertad humana y especialmente la de las mujeres mienten cuando afirman que en las clínicas del Dr. Morín se eliminaban los fetos de ocho meses, mienten cuando relatan los horrores que se complacen en describir, como si hubiese un sector de mujeres y de médicos en España que disfrutan sádicamente, ellas ofreciendo su propio cuerpo a semejantes peligrosas manipulaciones y ellos acometiendo una labor que puede llevarlos a prisión, como ya se ha visto. Y mienten con éxito porque se lo permiten los juzgados y los fiscales de la misma línea ideológica que los ultra-reaccionarios que denunciaron, porque los medios de comunicación que son sus compinches les sirven de altavoces, y porque el Gobierno, deseoso de contentar a los dirigentes de la Iglesia católica, se inhibe cobardemente de su deber de proteger a las mujeres y a los médicos.

El Gobierno de Felipe González permitió la objeción de conciencia de los profesionales sin ningún tipo de control. Desde entonces y con la indiferencia del Gobierno actual, se ha conseguido la utilización perversa del derecho a la objeción de conciencia de los médicos y sanitarios de la sanidad pública, de modo que muchos se niegan a practicarlo en los hospitales mientras lo realizan en su consulta privada. El 3% de los abortos se practica en la sanidad pública, mientras el 97% restante ha de hacerse en las clínicas privadas. Éste es el único sector de la sanidad que no ofrece a las ciudadanas la atención debida en los hospitales de su competencia. De tal modo se ha conseguido muy eficazmente privatizar el aborto, en varias comunidades incluso con cargo al erario público, en vez de despedir de los departamentos de ginecología a los médicos que no quieren atender esta especialidad y garantizar con los profesionales adecuados la continuidad del servicio. De igual manera podían permitir que un Testigo de Jehová estuviese al cargo de las transfusiones de sangre. Todas estas anomalías, en un país que se jacta de estar en el octavo nivel de desarrollo mundial, serían impensables en la Europa desarrollada a la que tanto queremos parecernos. Incluso las católicas Bélgica y Portugal ya han aprobado unos plazos dentro de los cuales una mujer puede pedir la interrupción de su embarazo sin tener que dar interminables explicaciones sobre su vida privada, ni ser sometida a los exámenes e interrogatorios obligatorios hoy, que la convierten en una delincuente.

Ni el Partido Socialista ni las mujeres que lo dirigen y dicen ser feministas han aprobado en 20 años una legislación realmente moderna, eliminando esa tacha de infamia que significa ser un delito. Al mismo tiempo, la dejación de la lucha por el aborto por parte del Movimiento Feminista, absolutamente desinteresado de este tema desde hace 20 años y convertido en cómplice del Gobierno socialista, ha permitido que la derecha desencadene esta ofensiva contra las mujeres y su futuro y les causará nuevamente numerosos sufrimientos.

Los médicos que hoy están en prisión ayudaron a las mujeres en los años anteriores a la legalización a viajar a Londres y a Amsterdam, y después practicaron gratuitamente muchos abortos a las mujeres que no podían pagarlos. Hoy no ha habido ninguna respuesta por parte del Movimiento Feminista a esta persecución que les ha afectado a ellos en primer lugar, pero que sin duda avanzará contra todas nosotras en breve, cumpliendo la profecía de Brecht, y entonces no sabremos qué hacer. Si el Movimiento Feminista no responde a esta nueva guerra de los reaccionarios y enemigos, demostrará que el movimiento ha muerto, como algunas de nosotras hemos denunciado desde hace tiempo. Éste será el tiempo más oscuro del feminismo en nuestro país.

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17/01/2008 GMT -6

Entrevista a Lidia Falcón: "Mujeres para un cambio de siglo"

lidiafalcon @ 23:41
Lidia

EL MUNDO (Magazine)

Lidia Falcón que para muchos es simplemente la feminista (porque feministas hay muchas, pero la feminista, en singular, sólo puede ser ella), tiene una vida desbordante y llena de sorpresas que asoma espontáneamente a la conversación. No lo puede reprimir, y el interlocutor, o la interlocutora (qué difícil resulta el manejo gramatical de los géneros estando frente a Lidia), lo agradece. Con ella se empieza hablando de su obra y se termina hablando de su vida. Contundente, huracanada, lista, lo que más llama la atención de esta mujer es su constante ejercicio de la sinceridad. No lo digo por decir. A los 65 años es difícil mantener la franqueza de una adolescente y no sentirse rehén de nada ni de nadie. Se trata de una actitud tan inusual como envidiable. Y es que Lidia no se muerde la lengua ni contiene ningún gesto. Así, de la misma manera que frunce el ceño cuando le preguntas por Almodóvar, también dispara libremente el verbo para hablar de los hombres de su vida.

Hija de un líder comunista, nieta de anarquistas, fundó el Partido Feminista de España y conoció la cárcel por sus actividades contra el régimen de Franco. Hoy sigue en la brecha, repitiendo lo que tantas veces ha proclamado en los foros del mundo. Tiene un rostro exuberante, abultado, una melena pelirroja que suele acompañar con salcillos largos, y una manifiesta querencia por los sombreros. Parece como si de un momento a otro fuera a arrancarse con una copla. Realmente da el tipo de rompe y rasga.

Pregunta.-¿Cuántas veces le han dicho eso de que "el feminismo ya no es lo que era"?

Respuesta.-Muchas. Esta mañana, sin ir más lejos.

P.-¿Y tiene una frase manufacturada para responder?

R.-No, pero es de cajón. El feminismo es un movimiento de liberación y de lucha contra las injusticias, y yo digo: si se han acabado las injusticias, que venga Dios y lo vea.

P.-Las cosas han mejorado mucho en estos últimos 20 años, eso no puede negarlo...

R.-Hemos avanzado, indudablemente. El movimiento feminista tuvo en nuestro país un gran vigor durante los años 70 y principios de los 80 porque había que luchar contra la legislación fascista y sacar de la nada los cimientos del Estado de bienestar. Hemos pasado 40 años sin subsidio de paro, sin protección para las mujeres maltratadas, sin anticonceptivos y sin aborto. En un principio fuimos nosotras las que prestamos esos servicios: teníamos abogadas, psicólogas, asistentes sociales y hasta tramitábamos viajes a Londres y a Amsterdam para abortar. Con el tiempo se ha conseguido que esto lo asuma en parte el Estado, las autonomías y los ayuntamientos. Así que un plantel importante de esas mujeres que prestaban servicios en el movimiento feminista se han convertido en funcionarias, y ya sabemos que el funcionariado es la antítesis del movimiento subversivo.

P.-Pare un momento, no se embale: ¿está diciendo que las feministas se han adocenado?

R.-Muchas sí. Otras se han instalado en los partidos políticos. En los 70 las mujeres luchadoras estaban en el feminismo, y en los 80 dieron el paso a los partidos, con lo cual el movimiento quedó bastante descapitalizado. Eso por lo que respecta a las mujeres políticas, pero podría hablarle también de las escritoras. En aquellos años todas las escritoras empezaron en la revista Vindicación Feminista, y poco a poco fueron entrando en los grandes medios de comunicación. Antes eran chicas rabiosas contra el sistema, pero ahora ya no rabian porque se han situado.

P.-O sea, que sólo queda usted.

R.-Soy una testaruda única. En efecto, de mi edad ya no hay casi nadie.

P.-Los partidos no arriman el hombro al feminismo.

R.-Nosotras hemos conseguido llevar el feminismo a la política, que es un salto cualitativo importante. Hemos unido diversas maneras de entender el feminismo en un proyecto para llegar a las instituciones a través de elecciones. Esto no se había hecho nunca, y el primer paso ha sido Europa. Pero los partidos políticos, efectivamente, viven de espaldas al feminismo. Recuerdo que en un Congreso invitamos a muchas mujeres de partidos políticos y todas contaron la misma historia: que habían sido marginadas, que dentro les habían impedido promocionarse y que incluso habían sido acosadas sexualmente.

P.-También existe cierta involución en la sociedad. Ahora, más que en décadas anteriores, la prioridad de muchas chicas jóvenes es tener novio y casarse.

R.-Por la iglesia, sí, y luego dar un banquete monstruoso, de tres millones de pesetas. Ha habido una involución de valores y de objetivos en la sociedad durante los horribles 80, como yo les llamo. Somos el país de Europa que menos ahorra. La gente se compra un piso y lo llena enseguida de oros, aunque sean falsos. Y compra también coches que gastan espantosamente, y horteradas enormes, pero luego no consume libros, ni ópera, ni nada constructivo. Todo esto va acompañado por una fuerte ofensiva de la ideología dominante para que haya cosas que no se derrumben. La familia, por ejemplo. Quieren afianzar la familia, refugio de los parados, de la drogadicción, de la falta de objetivos y de ideales. Hoy la gente se aferra al pisito y a la familia, pero no tiene hijos. Nuestra tasa de natalidad es la más baja de Europa. Desde que les dimos anticonceptivos y aborto, las mujeres decidieron que los niños, para su padre. Pero los padres tampoco quieren, claro. El mensaje que más ha calado en la sociedad es el dinero. Hay que ganar dinero. Eso se repite desde que cayó el muro de Berlín. Mire, hay un momento que para mí es muy significativo: cuando los Reyes se vistieron de guapos para respaldar a Mario Conde el día que lo invistieron doctor honoris causa. Nunca se me olvidará aquel horrible discurso.

P.-No sé dónde quiere llegar, Lidia...

R.-Resúmalo así: tengo una repugnancia espantosa por esta etapa de la vida que me ha tocado vivir.

P.-Hablemos de los hombres, si no le importa.

R.-Hablando de las mujeres estamos hablando de los hombres.

P.-¿Qué le sugieren esas parejas asimétricas compuestas por señor mayor-chica joven?

R.-Es curioso lo que les sucede a los hombres: algunos hasta llegan a creer que las prostitutas se acuestan con ellos por placer. Cosas de la mitología masculina. Piensan que siendo viejos, tontos y feos, pueden enamorar a cualquier jovencita. Lo de Rodríguez Menéndez es un caso ejemplar.

P.-A la vuelta del otoño publica usted sus memorias políticas. ¿No ha terminado el tiempo de pasar factura?

R.-Hace un montón de años publiqué la primera parte de mis memorias, y me apetecía seguir con ellas y contar mi etapa matrimonial, pero ya sabe usted cómo son las editoriales: prefieren cosas más comerciales, con nombres propios, así que he escrito las memorias políticas. Mi asignatura pendiente, sin embargo, sigue siendo mi confesión matrimonial.

P.-Hágala ahora.

R.-Sería muy largo... Me casé a los 16 años, y a los 20 ya estaba separada y con dos hijos. Imagínese el panorama. Fue entonces cuando me puse a estudiar.

P.-¿Ahí nació la genuina Lidia Falcón?

R.-No. Yo nací cuando vine al mundo. Mi madre y mi abuela eran feministas, y mi padre, comunista. Estaba llamada a estudiar y desarrollarme políticamente, pero se me ocurrió enamorarme de una manera loca y se fastidió todo. Supongo que en el fondo pensé que casándome obtendría mayores cotas de libertad... Mi padre se había exiliado, salió en el último avión, con Dolores Ibárruri, y fue a Francia, luego a la Unión Soviética, México y Perú, donde había nacido y donde también murió. Todos los hombres de la familia murieron o se exiliaron, y yo me crié rodeada de mujeres: mi madre, mi abuela, mi tía y mis dos primos. Mi madre aguantó en España, nos sacó adelante a todos y sostuvo los restos del naufragio hasta que también se exilió: marchó a América cuando salió de la cárcel.

Lo que quiero decir es que a mí todo me llegó por vía genética: la abuela, hija de un liberal masón, era anarquista y luchó por el cooperativismo, el sindicalismo, el amor libre, la eugenesia, la eutanasia, los anticonceptivos... Mi madre también fue una gran luchadora. Pero a lo que iba, yo me enamoré, quería acostarme con mi novio y me casé. Aquellos años de matrimonio me causaron un problema gravísimo. El marido se fue, no dio un duro y sólo volvió para fastidiar. Me quedé pues sola, estudiando y trabajando. Y por si fuera poco todo aquello, me metí en el Partido Comunista.

P.-¿Hay revelaciones jugosas en sus memorias políticas?

R.-Hay sinceridad, pero a estas alturas no creo que levanten ampollas. A la gente no le importa nada si me fui con Lister o me peleé con Carrillo. ¡Queda tan lejos todo eso!

"Ahora ser comunista es de carcamales, pero hasta hace poco representábamos el bastión de la honradez, la sinceridad y la lucha"

P.-¿Qué cuenta de Carrillo?

R.-Él tenía la consigna de aliarse con la Democracia Cristiana si quería ser un día ministro, con lo cual los militantes del partido tomaban copas con los fiscales del Tribunal de Orden Público y compadreaban con ellos...

P.-¿Se la tiene jurada a sus viejos colegas del PCE?

R.-La mayoría han muerto o han pasado al PSOE. Mantengo pocos amigos. Con Carrillo no me equivoqué nunca. Siempre supe qué clase de personaje era aquel tipejo. Desde mi juventud fui una anticarrillista furibunda. Carrillo era un estúpido y un traidor que arrastraba el nombre del Partido Comunista y con él la fidelidad de sus militantes.

P.-¿Vive la nostalgia con rabia?

R.-No. Pero no puedo evitar cierta tristeza al ver en qué ha terminado todo. Claro que no hay más que mirar hacia Italia para consolarse. El caudal del PC era arrollador. Cuando empezó la transición todos los que pintaban eran del PC: catedráticos, cineastas, escritores, médicos... Ahora, ser comunistas es de carcamales, pero entonces representábamos el bastión de la honradez, la sinceridad y la lucha. Las normas éticas comunistas tenían que ponerse como ejemplo. El muro de Berlín, sin embargo, se les cayó a la cabeza a los dirigentes españoles. Adiós normas de referencia, adiós todo. Ahora llevan 15 años pidiendo perdón por ser comunistas. Bueno, pues yo no estoy dispuesta a pedir perdón por haber sido comunista ni por ser feminista.

P.-Un amigo suyo me ha dicho: "Lidia azuza a la tropa contra los hombres, pero ella siempre ha tenido un buen hombre al lado".

R.-Si no lo tuviera sería tonta. Alguno me ha salido mal, es verdad, como mi marido, del que me tuve que desprender. O, el segundo, a quien también tuve que frenar...

P.-¿Eliseo Bayo?

R.-Sí. Y es que hasta los hombres buenos cojean. Ahora estoy con Carlos París y espero que dure. Además, ninguno de los dos tenemos ya edad para hacer tonterías.

P.-¿Qué le inspira el conde Lecquio?

R.-No he perdido un segundo pensando en ese individuo.

P.-¿Pedro Almodóvar?

R.-Fue un chico bueno, quería hacer un cine nuevo y algunas de sus obras valieron la pena, pero hoy es un oportunista.

P.-¿Garzón?

R.-Quiero creer que es honrado.

P.-¿Julio Iglesias?

R.-Detestable.

P.-¿Gil?

R.-Es más mal educado que los mafiosos típicos.

P.-¿Javier Marías?

R.-Pss. Mediocre.

P.-¿Camilo José Cela?

R.-Aquel año no había nadie mejor para darle el Nobel.

P.-¿Jesulín de Ubrique?

R.-Odio los toros. Arranco las páginas de los periódicos para no verlos.

P.-¿A quién le tiraría huevos?

R.-Tirar huevos no vale la pena. Me parece un gesto blando. Mi ira es profunda, pero hace muchos años decidí contenerme y administrar mis impulsos.

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