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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

23/06/2008 GMT -6

Treinta años de paciencia

lidiafalcon @ 14:55

Noticias de Gipuzkoa
26 jun 2007
Por Lidia Falcón

La celebración de los treinta años de democracia ha llenado los medios de comunicación de imágenes y palabras de satisfacción de políticos y periodistas, que no encuentran bastantes términos elogiosos para describir la situación de que disfrutamos. Según ellos, España no sólo es la octava potencia industrial del mundo sino que ha logrado convertirse en un país cuyo desarrollo económico y organización política y social es modelo para otros países adelantados.

Me fascina la capacidad de inducción, que alcanza el hipnotismo, que tienen nuestros gobernantes y comentaristas para convencerse ellos mismos, y al parecer para convencer también a la mayoría de los ciudadanos, de la veracidad de tales afirmaciones. En un país en el que la organización administrativa mantiene las normas del siglo XIX, en que la justicia está perpetuamente colapsada -según términos de los propios responsables-, en que las infraestructuras son incapaces de dar cabida a las necesidades de la industria, el comercio ni el turismo, en que el derecho a la vivienda es un mito que para los ciudadanos no se hace realidad nunca, en que se han destrozado los litorales ante un monstruoso desarrollismo urbano, en que se contamina el medio ambiente el cincuenta por ciento más de lo acordado con Europa; un país, que nos recuerdan constantemente las estadísticas, en que detentamos los tristes récords de baja productividad, fraude fiscal, accidentes laborales, accidentes de carretera, alcoholismo infantil y juvenil, fracaso educativo en los tres primeros niveles, violencia contra la mujer, maltrato y abusos sexuales de menores, prostitución, tráfico y consumo de drogas -somos puerta de entrada a toda Europa de estupefacientes, tráfico de mujeres y esclavos laborales- resultan cínicas las afirmaciones de entusiasmo y de júbilo que manifiestan nuestros rectores sociales ante el estado de la nación.

Un país que se mantiene por la construcción y el turismo, donde la balanza de pagos sufre el mismo desequilibrio que hace setenta años, mientras ha desmantelado los altos hornos y los trenes de laminado, la minería, los astilleros, la ganadería, parte de la agricultura y la pesca; en el que durante treinta años sigue inamovible la cifra de ocho millones y medio de personas que viven en y bajo el umbral de la pobreza, cuyos ciudadanos soportan la tasa de endeudamiento más alto de la Unión Europea por el coste de las hipotecas, donde el paro femenino dobla el masculino, con únicamente un 43% de la población activa femenina, lo que nos separa veinte puntos de la media europea, con un 30% mínimo de diferencia salarial entre el trabajo femenino y el masculino, y que conserva el colectivo de amas de casa -consideradas improductivas- más alto de Europa, con cinco millones y medio, es considerado por los personajes, que pontifican todos los días en la radio y la televisión, como ejemplo de desarrollo económico afirmando que este año hemos superado a todos los países industrializados.

Antes de las celebraciones de estos fastos, leímos los informes sobre las interminables esperas en los hospitales para realizar cualquier prueba médica, sobre la nueva y flamante ley de dependencia que va a conceder 500 euros a los grandes discapacitados, que hasta hoy, después de treinta años, nunca han recibido nada, de los suspensos de nuestros estudiantes cuyo fracaso en lengua y matemáticas supera al de todos los países europeos y de la baja inversión en investigación, que apenas aumenta año tras año. También se publicaron las trabas administrativas y burocráticas con que tropiezan los empresarios para desarrollar sus iniciativas, iguales a las de hace un siglo, el informe sobre la justicia que explica que en este momento se encuentra un millón de casos sin resolver, de los retrasos desastrosos de los trenes de cercanías, y de que el de alta velocidad de Madrid a Francia, tardará un año en llegar a Barcelona y hasta el 2010 no alcanzará la frontera. Y este es el único segundo AVE de España, donde el tendido del ferrocarril es el del siglo XIX, con un ancho de vía único, más de tres mil pasos a nivel al aire libre, escarpadas pendientes y velocidades de ochenta kilómetros de media. En todo caso, es evidente que el mayor récord que hemos alcanzado los ciudadanos españoles en estos treinta años es el de la paciencia.

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09/06/2008 GMT -6

Cuando los hombres juegan

lidiafalcon @ 23:30

ELPAÍS.com
14 Jun 1985
Por Lidia Falcón

La catástrofe de Bruselas, en la que perdieron la vida varias decenas de hinchas de fútbol, sólo se explica, según la autora de este artículo, como un resultado del machismo internacional y de la cultura machista, fomentada por los Gobiernos de todo tipo.

Nunca sabrá Margaret Thatcher el favor que ha hecho -sólo existiendo- al machismo internacional. Entre las muchas interpretaciones que he leído y oído sobre la masacre de Bruselas, la de un amigo inglés, según él de ideología anarquista, me parece la más curiosa. Para él, la causa de la causa es Margaret Thatcher, con su política derechista, que ha llevado al país al paro, a la frustración y a la pobreza, impulsando a la violencia a los jóvenes desesperados que sólo pueden ejercerla en los estadios de fútbol. De nada sirvieron mis intentos de recordarle que la pasión futbolística impulsó a los hinchas de diversas nacionalidades a cometer desmanes varios -con sus secuelas de muertos y heridos- en Brasil, México, Italia, Barcelona y muchos otros países, antes de que se vislumbrara en el horizonte histórico el reinado de la Thatcher. Tampoco le sirvió de reflexión el evidente hecho de que Margaret Thatcher ocupa el sillón del primer ministro gracias a la voluntad popular, mayoritariamente volcada en entusiástica elección por dos veces consecutivas, sobre todo después de la victoriosa guerra de las Malvinas. Y que parece bastante demostrado que los autores materiales de los vandálicos hechos pertenecen precisamente a la línea ideológica más derechista del país, que no manifestaban en Bélgica precisamente su frustración izquierdista. Esta extraña polémica se desarrollaba a partir de mi comentario de que los sucesos de Bruselas constituían la más clara manifestación del machismo. Mi interlocutor, a pesar de ser inglés, reaccionó con, el mismo orgullo herido que otros españoles ante mis palabras. Y encontró la más feliz respuesta: si la responsable máxima del país es una mujer, y en consecuencia de los actos de sus súbditos -y podía haber añadido que dos, puesto que la Reina de Inglaterra, de Escocia, del País de Gales y del Ulster es la cabeza máxima del Estado-, ¿dónde situamos el machismo?

Ninguno de mis opositores -ni otros tantos que han escrito sesudos artículos sobre la tragedia- ha querido entrar en mayores honduras. Ninguno de los comentaristas que he leído, amén de criticar a los grupos fascistas que organizaron el ataque, quiere recordar que ellos mismos han sido transmisores de la corriente intelectual que ha decretado hace tiempo la muerte de las ideologías de izquierdas. Pragmáticos de toda la vida, liberales decimonónicos, arrepentidos comunistas y aguados socialistas, están todos de acuerdo en rezar el último responso por las declaraciones de principios, por la ética y la educación revolucionarias. La revolución ha muerto, ¡viva la adaptación!- La adaptación al medio en vez de la lucha contra la caduca pero inmensa fuerza de la inercia. De la inercia de la ignorancia, de la superstición y del atraso. ¡Vivan las cadenas! vuelve a ser un grito popular, pero hoy, ¡helás!, apoyado por los intelectuales de todo el arco de la izquierda.

Hasta hace algunos años, las exigencias morales, la educación social, el sacrificio individual por la revolución, constituían un ideario considerado ejemplar, y los individuos que lo seguían y lo defendían merecían el respeto de los demás. Hace 45 años se perdió una guerra en España y se ganaron otras en diversos países, por intentar sustituir el viejo y sangriento orden del ancienne régime por el progreso, "esa palabra buena y dulce", como la definía Victor Hugo. Después triunfó el éxito capitalista, la competitividad, la iniciativa privada, la televisión, las hamburguesas, los coches deportivos, el vídeo, la novela negra, la pornografía, el elogio de la prostitución y el fútbol. Todo ello para los hombres, por supuesto. Para las mujeres el triunfo se mide en razón de los kilos de peso, los maquillajes, la estatura y el dinero del marido y el número de hijos.

Ideales nazis

Y resulta que, después de tanta guerra, los ideales nazifascistas fueron muy similares. Cocina, hijos e iglesia para las mujeres, y militarismo, heroísmo y deporte para los hombres. Elevado el fútbol a categoría de religión nacional, alentados los jóvenes y los adultos varones a entusiasmarse, a participar y hasta a matar y morir por el triunfo de los colores patrios, en vez de dedicarse a la funesta manía de pensar o a la peligrosa participación política en los asuntos del país, no comprendo cómo los Gobiernos se escandalizan y asombran de lo acaecido en el estadio de Bruselas.

Ninguno de esos Gobiernos -ni los anteriores durante varias generaciones- ha aportado un céntimo para que los jóvenes se olvidasen de los nombres de los delanteros y guardametas y aprendiesen los de los filósofos, los dirigentes sindicales y los escritores que predican la solídaridad humana, la igualdad entre el hombre y la mujer, la lucha contra el racismo y la igualdad entre las clases. Franco, Mussolini y Hitler elevaron el deporte a la más noble -después de la guerra- de las actividades masculinas; bien pocas mujeres han destacado en deporte alguno durante los imperios fascistas. Aceptando la máxima de que el pueblo está contento con pan y circo, dieron algo de pan y mucho de circo. Se equiparó el triunfo de un equipo de fútbol a la victoria sobre el ejército enemigo, y la derrota debía convertirse en motivo de luto nacional.

Años más tarde, nadie se atreverá a corregir tan sabias disposiciones para mantener entretenidos a los hombres, sin más riesgo que para ellos mismos. Dirigentes socialistas y comunistas hay que acudieron a recibir en loor de multitudes a los vencedores de un campeonato de fútbol desatendiendo las entrevistas programadas con los vecinos de la ciudad, que llevaban años intentando exponer sus quejas a alguna autoridad competente. Socialistas hay que exhiben como una demostración de su fidelidad nacionalista el carné del club de fútbol que hace patria. Intelectuales conozco que se avergonzarían de hacer profesión de fe anarquista, comunista o feminista, que se burlan de la militancia, que sonríen con desprecio a los pocos que quedamos en esta solitaria lucha por un mundo mejor y que, en cambio, hacen gala de sus conocimientos en materia futbolística.

Ningún padre intentará contrarrestar la afición a la pelota de su hijo, ninguna madre se atreverá a oponerse a la semanal asistencia al partido en la que el padre de familia, a veces con los hijos varones, gasta lo que ella necesita para comprar la comida de todo el mes. Ninguna escuela se atreve a difundir un discurso menospreciativo sobre el deporte nacional. Ningún párroco predicará contra la absurda competitividad y el gasto de los clubes futbolísticos, la brutalidad del boxeo, la crueldad de los toros, o la violencia del rugby, mientras se desgañita clamando contra la inmoralidad del divorcio y del aborto. Ningún Gobierno presupuestará más dinero para ayuda a bibliotecas, a museos, a teatros, a editoriales y a universidades que al deporte. Miles de millones pagamos todos los ciudadanos a los clubes privados de fútbol por sus pérdidas anuales, incluso los que como yo lo detestamos, miles de millones que jamás irán a parar a las exhaustas arcas de la asistencia social. En todos los países democráticos se ha dispuesto instalar vallas metálicas -y pronto serán electrificadas para mayor eficacia-, rejas, alambradas y jaulas para separar a los hinchas de los jugadores y de los contrarios, como si de leones se tratase. Todos han sido unánimes en achacar la matanza a "las pocas medidas de seguridad" de que disponía el campo de Bruselas, y a la escasez de policías que actuaran contundentemente. Todo hubiese quedado resuelto si los policías hubiesen apaleado, pateado y disparado contra los hinchas. Y como todo el mundo está de acuerdo en este punto, ahora pagaremos más dinero para instalar vallas metálicas y fosos acuáticos en los estadios y situar cada día de partido milicia especial con equipamientos modernos, botes de humo, mangueras de agua, pelotas de goma, cascos, botas y fusiles. Dinero y más dinero para controlar la violencia que previamente han desatado, desde la cuna, los rectores de la sociedad, que han criado complacientemente los maestros, los padres, que han difundido los sacerdotes y que han aprobado todos los poderes: el político, el religioso, el cultural. Cultura machista, en una palabra, que, como la violencia contra la mujer, la guerra y el deporte, conforman la tríada de valores masculinos que un hombre que si estime debe desarrollar, potenciar, defender y exaltar.

Valores morales

Cuando los valores universales de la moral cotidiana exigen que una mujer sea femenina y un hombre macho -y todavía muchas mujeres repiten con orgullo esta distinción entre sus evidentes cualidades como mujer y la execrable opción feminista-, cuando la educación se basa en la distinción entre las cualidades de la paciencia, la dulzura y la sumisión que las mujeres deben desarrollar -puesto que son "innatas" en ellas- desde la cuna, y el valor, la agresividad y la defensa del honor propio y patrio que son distintivas del varón; cuando el entusiasmo de los hombres, desde la niñez, se encamina hacia la obsesión futbolística, desviándolos de tentaciones tan peligrosas como la militancia revolucionaria, el estudio de la filosofía, la lectura de los autores clásicos, el cuidado de los animales, la defensa de la ecología, la lucha sindical o el movimiento por la paz; cuando hasta los partidos comunistas organizan festivales rock y punk para atraer a los jovencitos, hastiados de los rollos morales que los carrozas de siempre prodigaron años atrás; cuando el honor nacional exije que los aficionados se reúnan para animar a su equipo a lograr la victoria contra su rival, con la misma pasión que los defensores de la patria frente al invasor, ¿a qué viene tanto asombro, tanto duelo, tanta hipócrita plaftidez ante los sucesos de Bruselas? Y si después de todo se jugó en el máximo campo todavía húmedo de sangre, estoy segura de que en Italia muchos habrán pensado que al fin y al cabo valía la pena, porque ¿qué importan 41 muertos y cientos de heridos, si se gana el partido?

 

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06/06/2008 GMT -6

Simone de Beauvoir y su época

lidiafalcon @ 02:04

elPeriódico.com
25 Mayo 2008
Por Lidia Falcón

Francia exhibe, con su conocida pomposidad, su reconocimiento a Simone de Beauvoir, de cuyo nacimiento se cumplen 100 años, en una serie de actos de homenaje que ocuparán todo el 2008. No cabe duda de que se lo merece. Simone fue una magnífica escritora, y este mérito se suele esconder al destacar sus ideas feministas, que se consideraron rompedoras dada la época en que ella escribió. Nos hallábamos en la posguerra europea y con el viento de muerte de la segunda guerra mundial se habían enterrado las grandes teorías feministas y liberadoras de la última mitad del siglo XIX y la primera del XX. Si no hubiera sido por el cataclismo que supuso la contienda, Simone y su obra no hubiesen podido ser consideradas tan revolucionarias. La Europa de los años 40 y 50 había olvidado las teorías de Saint-Simon y Fourier y los experimentos de Owen, con sus falansterios y sus fábricas cooperativas, y, por supuesto, la sacrificada labor de Flora Tristán, y en plena guerra fría no quería ni oír hablar de la obra de Alejandra Kollöntai, con su hermosa defensa del amor libre y del amor juego, en la construcción de una sociedad soviética igualitaria y feminista. Pero no solo en los países que habían llevado a cabo sus revoluciones floreció un pensamiento rebelde a las convenciones burguesas que asfixiaban a las mujeres, que pervertían el amor y que consignaban la propiedad privada de los hijos a favor del padre.

España, desde Concepción Arenal, en el siglo XIX, ve la eclosión de escritores y políticos que tratan con liberalidad el grave problema de la sujeción de la mujer a las normas religiosas y conservadoras más asfixiantes. Y en esta hermosa labor de denuncia y de rebeldía contamos con muchas mujeres que se atrevieron en la España retrógrada heredada del infausto reinado de Fernando VII a opinar, a escribir y a defender públicamente las ideas liberales, anarquistas, feministas y comunistas que exigían la igualdad entre el hombre y la mujer, y que denunciaban, con enorme valor, las terribles injusticias que se cometían en nuestro país contra la mitad de la población. Desde Regina de Lamo, mi abuela, que nació en 1870 y cuya labor cooperativista y feminista quedó olvidada bajo el terror fascista, hasta Margarita Nelken, el plantel de políticas y escritoras que en España teorizaron con buen sentido y visión vanguardista sobre los retos del feminismo es enormemente abundante para un país que a finales del siglo XIX tenía un índice de analfabetismo del 80%. Emilia Pardo Bazán, Victoria Kent, Clara Campoamor, Carlota O'Neill, María Telo son algunos de los muchos nombres que deberían ser motivo de homenajes y reconocimientos en nuestro país, por su obra literaria y ensayística y por su dedicación a una de las tareas más justas en beneficio de toda la humanidad: la igualdad entre todos los seres humanos. Carmen Karr y su revista Feminal plantearon en Barcelona todos los temas del feminismo que se desarrollaron después, y mucho más avanzadas que Simone de Beauvoir, en su formulación de las ideas feministas, fueron Federica Montseny, Regina de Lamo y Carlota O'Neill.

Pero España no les rendirá el homenaje que Francia está brindando a Simone. Porque España se caracteriza por su cainismo, tan dolientemente denunciado por Unamuno. Aquí antes reconoceremos el mérito de un extranjero que el de un español, y mucho menos el de una española. Así ha sido posible que en la exposición que se ha organizado en el Museo de Historia de Catalunya, sobre Dones: camins de llibertat, aparezcan Christine de Pisan y Olimpia de Gouges y las sufragistas inglesas y americanas, y no se dedique ni un párrafo a la revista Vindicación Feminista ni al Colectivo Feminista y el equipo de heroínas que la llevamos a cabo con bastante más peligro y esfuerzo que el que hubo de invertir Simone de Beauvoir en la elaboración de su obra. Por supuesto, las teorías feministas que se formularon en España entre los años 60 y 90 del siglo XX superan con mucho los tímidos intentos de El segundo sexo, pero no han tenido acogida en esa exposición, en la que tanto el Colectivo Feminista como el Partido Feminista y la Organización Feminista Revolucionaria, como mi obra La razón feminista, han desaparecido de la historia de Catalunya, allí donde nacieron y se desarrollaron con el ímpetu y la riqueza de pensamientos y contenidos que en esa época contuvo el feminismo.

Hay que añadir que en España las ideólogas y escritoras no solo escribían, sino que se arriesgaban a llevar a la práctica sus teorías. Y, así, fundaban revistas que se ocupaban de todos los temas de la actualidad del momento, con una riqueza de información escrita y gráfica que otras muchas no poseían, y creaban grupos y partidos y se presentaban a elecciones, contra toda posibilidad, invirtiendo en tales propósitos sus escasos recursos económicos, su tiempo, su energía y su pasión. Experiencias que nunca llevó a cabo Simone de Beauvoir, siempre protegida por el entorno familiar y clasista y la inmensa presencia de Jean-Paul Sartre. Pero ni Carmen Alcalde, ni Marisa Híjar, ni yo, ni Vindicación Feminista, ni el Colectivo Feminista ni el Partido Feminista, recibiremos nunca los homenajes que se le tributan a Simone. Para eso tendríamos que ser francesas.

 
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01/06/2008 GMT -6

Entrevista a Lidia Falcón O'Neill: “Cada paso progresista que hemos dado ha supuesto una renuncia para las mujeres”

lidiafalcon @ 23:53

Revista Pueblos
7 Mayo 2008
Por Aloia Álvarez Feáns*

Nieta de anarquistas e hija de una feminista y un líder comunista, esta mujer lleva el inconformismo en los genes. Militó en el Partido Comunista, del que salió más que defraudada para fundar el Partido Feminista de España, hoy integrado en la Confederación de Organizaciones Feministas del Estado. Es licenciada en Derecho, Periodismo y Arte Dramático, doctora en filosofía y autora de 36 libros entre novelas, ensayos y obras teatrales. De personalidad arrolladora, valiente en sus posicionamientos, vehemente en la defensa de sus ideas, pero sobre todo de izquierdas y revolucionaria, una especie en extinción. Conversamos con Lidia Falcón, la última feminista.

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18/05/2008 GMT -6

Malos tiempos para las mujeres

lidiafalcon @ 16:49
 
Público.es
26 Abril 2008
Por Lidia Falcón

Contra las mujeres se ha desencadenado una campaña machista. En cuanto han conseguido un poco de libertad, aquellos que las consideran de su propiedad se han organizado para calumniarlas y perseguirlas judicialmente. Algunos también las matan. Hace más de 15 años, en un debate de televisión dirigido por Cristina García Ramos, yo adelanté –no sabía entonces con qué trágica certeza– que la lucha por la igualdad de las mujeres iba a tener una respuesta sangrienta por parte de ciertos hombres. El catedrático Javier Pérez Royo, que participaba en el debate, mirándome con una expresión de absoluto desprecio replicó que ese comentario no merecía ni siquiera respuesta. Pues bien, señor Pérez, en estos 15 años transcurridos han sido asesinadas por hombres 1.200 mujeres, sin contar las que se han suicidado o muerto a consecuencia de los malos tratos sufridos a manos de aquellos, y unos dos millones más están siendo golpeadas sistemáticamente. A los femicidios hemos de agregar las violaciones, el acoso sexual, la prostitución y las demás violencias que se practican contra ellas.

Pero no sólo las matan, como si ese no fuese suficiente motivo para escalofriarnos –y para que el sr. Pérez me pidiese disculpas– sino que también sufren toda clase de marginaciones y opresiones. El 50% de las divorciadas con hijos no cobran la pensión alimenticia que el juzgado señaló al padre, y la “feminización de la pobreza” avanza en las familias monoparentales dirigidas por una mujer. El subempleo, los bajos salarios, el trabajo a tiempo parcial, los contratos eventuales y la falta de promoción en la empresa son femeninos.

Pero ni siquiera esta realidad es lo más remarcable, precisamente por lo muy sabida. Lo destacable de estos últimos tiempos es la campaña machista organizada por las asociaciones de hombres que afirman ser maltratados por mujeres, orquestada con muchísima eficacia por medios de comunicación afines a ellos. Esta campaña se ha desencadenado sobre todo a partir del momento en que se aprobó la Ley de Violencia, que les ha parecido a los machistas intolerable a pesar de las múltiples carencias que padece, así como de la ineficacia de la justicia, como se puede comprobar diariamente en los casos de hombres condenados que andan sueltos a su libre albedrío y que acaban matando a la mujer o a algún niño.

La acusación de que las mujeres presentan denuncias falsas para obtener múltiples ventajas en los procesos de divorcio, que con toda rotundidad defiende María Sanahuja, que fue decana de los Juzgados de Barcelona, apoyada por el entonces fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, se ha convertido en una verdadera campaña de prensa, radio y televisión contra las mujeres maltratadas. Se han creado asociaciones de hombres víctimas de falsas denuncias, y no hay televisión –aún las de mayor audiencia– que no haya introducido el tema en sus programas sobre la violencia machista.

A esta campaña de difamación contra las mujeres, y contra sus abogados, ha seguido la de apoyar la custodia compartida de los hijos entre el padre y la madre. Reivindicación que únicamente defienden los padres, con el propósito claro de no pagar las pensiones de alimentos a los niños. Tal medida se implantó, aunque con condiciones, en la reforma del Código Civil cuando aprobó la reforma legal llamada del divorcio “exprés”, mediante la cual ya no se pueden alegar causas para solicitarlo. De tal modo, las tropelías que algunos maridos cometen contra las mujeres: infidelidad, corrupción, desatención a la esposa y a los hijos, negativa a colaborar en las tareas domésticas, ausencia del hogar, no entregarle el dinero para subsistir, no pueden ni aún plantearse ante el juzgado, y, en consecuencia, tampoco se puede reclamar una reparación adecuada; si fuera que la indemnización por tales actuaciones hubiese podido contemplarse alguna vez en el ordenamiento jurídico, que jamás se ha planteado en nuestro país, ya que tanto legisladores como jueces consideran normal que una esposa aguante todo tipo de vejaciones por parte del marido. Y, para añadir mayor sufrimiento a las mujeres que se encuentran privadas de la compañía de los hijos y deben contemplar impotentes el maltrato de los niños a manos del padre, en la actualidad el proyecto del Codi Civil catalán establece la custodia compartida, casi automáticamente.

La campaña contra las mujeres está cada día más en auge. Y con éxito. Por ello, los jueces archivan el 55% de las denuncias por maltrato, considerando que son falsas, únicamente condenan al 70% de ese 45% restante, es decir el 38% de las denuncias, y casi nunca a más de dos años de cárcel, con lo cual los maltratadores no la cumplen, e incluso cuando la sentencia es mayor no ordenan tampoco el ingreso en prisión. Y cuando se deciden, con mucha dificultad, a dictar una orden de alejamiento, no tienen ningún interés en hacerla cumplir. A esta actitud de los jueces hay que añadir que en la mayoría de los abusos sexuales de los niños, los psicólogos dictaminan casi sistemáticamente que son inventados por las madres, y en consecuencia se archivan las denuncias. Ahora, además, se está acusando a las madres de consentir los abusos, sin parar mientes en que la primera maltratada, violada y amenazada de muerte, si se atreviera a denunciarlo, son ellas. Por eso es posible que se asesine a una niña y a una esposa y a una madre por un pederasta, un marido y un hijo que habían sido condenados hacía años por abusos sexuales y maltratos a otras o a las mismas personas. Por eso únicamente tenemos que esperar a que cualquier otro asesino, que sigue libre, repita la hazaña.

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04/05/2008 GMT -6

Esta es la justicia que tenemos

lidiafalcon @ 23:19
 
elPeriódico.com
22 Abril 2008
Por Lidia Falcón

Cuando creíamos que después del asesinato de Mari Luz no podíamos horrorizarnos más, nos enteramos de que una mujer ha sido asesinada tras haber pedido repetidas veces protección de un marido que estaba condenado y con orden de alejamiento, poco antes de que un enfermo mental pasee la cabeza de su madre por las calles del pueblo, después de haber estado condenado cuatro veces. Estos casos que nos escandalizan son la cara visible de algunas de las negligencias que cometen ciertos organismos institucionales que tendrían que proteger a las mujeres. Los olvidos que llevaron a Mari Luz a la muerte han sido explicados como un error achacable únicamente al juez que era responsable del encarcelamiento del culpable. Tantos otros implicados, desde la Audiencia a la Policía, se han declarado exentos de cualquier responsabilidad. Lo que no se cuenta es que los olvidos y los errores judiciales suceden habitualmente. La instrucción de un sumario por abusos sexuales a menores, malos tratos a mujeres, lesiones, robo sin violencia, hurtos, etcétera, tarda dos años. Pueden añadirse de uno a tres más de demora en la Audiencia. Esa sentencia tendrá que ejecutarla el juzgado penal; teniendo en cuenta que las penas inferiores a dos años pueden suspenderse o sustituirse por un inexistente servicio a la comunidad, miles de condenados no cumplen la sentencia.

Pero incluso en el caso de que esa condena supere los dos años, con toda probabilidad no se ejecutará. En este momento miles de sentencias de prisión y de multa duermen en las carpetas de los juzgados. Muchas porque no se ha encontrado al condenado para notificárselas. Informan los medios de que en un solo juzgado de Palma de Mallorca hay 8.000 ejecuciones por tramitar. Entre ellas se encontrarán las que afectan a esposas y madres maltratadas y a menores de los que se ha abusado. La prensa cuenta que varios pederastas han desaparecido después de ser condenados a penas de tres años y más de cárcel. Transcurrido el tiempo en el que los autos duermen en una mesa del departamento de ejecuciones del juzgado, el delito habrá prescrito.

En el tema de violencia contra la mujer, la acusación, vertida en los medios, de que las mujeres presentan denuncias falsas, ha influido para que solo en muy contadas ocasiones los jueces dicten prisión preventiva contra los denunciados por maltrato, pederastia, abusos sexuales, violaciones. Así, muchos de los acusados ni acuden al juicio, y los que lo hacen desaparecen, preventivamente, temiendo la sentencia. Pero estos no son los únicos casos en que los condenados viven tranquilamente sin temer la persecución de la justicia. Las multas de los procesos de tráfico, de alimentos, de infracciones que no acarrean pena de prisión no se suelen pagar. Cuando el abogado acusador persigue tenazmente el cumplimiento de la sentencia tropieza con el atasco que ahoga a las oficinas de ejecución y que ocasiona la lentitud en dictar órdenes de localización, y la casi imposibilidad de que se disponga la busca y captura en los casos en que las penas no sean mayores de tres años de prisión.

A este funcionamiento de los juzgados, conocido de todos los profesionales del Derecho, se le puede aplicar sin duda una atenuante calificada: el estado caótico en que se encuentran. Juzgados ubicados en un inmueble de vecinos, a veces con ellos dentro, oficiales amontonados con sus mesas y expedientes, de cuatro en cuatro, en habitaciones minúsculas, donde se toma declaración a imputados, testigos y peritos, con asistencia de letrados, delante de los demás empleados y profesionales que entran y salen del juzgado interesándose por sus asuntos. La invisible presencia de los fiscales adscritos a varios juzgados a la vez y que no pueden atender a todos. Salas de audiencia, como las de los juzgados de familia de Barcelona, que consisten en una mesa ovalada alrededor de la cual se sientan todos los implicados: juez, fiscal, secretario, procuradores, abogados e interesados, rozándose codo con codo, y donde se celebran vistas en las que están en juego la felicidad de los cónyuges, la propiedad de los bienes familiares y el futuro de los hijos.

La imagen habitual de los juzgados es la de habitaciones atestadas de expedientes, en las estanterías, en las mesas, en las sillas, en el suelo, y hasta en el váter, sin vigilancia alguna, de tal modo que cualquiera puede llevarse las carpetas y hasta los sellos del juzgado.

El único paliativo a tantos males es por lo menos doblar el número de juzgados, de jueces, de fiscales, de secretarios, de oficiales, de auxiliares, de agentes y de policía judicial, y ubicarlos en los edificios adecuados con los ordenadores y las terminales necesarias, donde se hayan introducido las bases de datos coordinadas con las policías y los otros juzgados. Pero esta reforma --y no hablo del imprescindible cambio del procedimiento-- necesita una inversión económica enorme que los gobernantes no están dispuestos a hacer. Por tanto, es imposible que la Administración de justicia española salga del siglo XIX, en el que se halla anclada, y es previsible que a corto plazo cualquier otra niña o esposa o madre sea víctima de un pederasta, de un marido o de un hijo que, pese a estar condenado, disfrute tranquilamente de libertad.

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20/04/2008 GMT -6

¿Eso era la igualdad?

lidiafalcon @ 20:55

Público.es
2 Abril 2008
Por Lidia Falcón

El resultado de las elecciones nos ha mostrado un retrato del Congreso de Diputados en el que son menos ahora las mujeres elegidas que hace cuatro años. Retrato más insólito aún si tenemos en cuenta que el Partido Socialista tiene cuatro diputadas menos y el Partido Popular dos más. Por supuesto las militantes de las formaciones políticas menores no han tenido oportunidad alguna. Pues bien, éste es el resultado de haber aprobado, con toda clase de felicitaciones, una Ley de Igualdad.

No ha habido ley, que decían que era la más avanzada y novedosa del mundo, más publicitada por el Gobierno y las dirigentes del PSOE. Según la propaganda que nos invadió a través de todos los medios de comunicación, esa norma iba a concluir, definitivamente, con las milenarias desigualdades que padecen las mujeres de nuestro país, y se la debíamos al trabajo esforzado de las mujeres del Partido Socialista, convencidas, como me explican, de que los avances en materia de igualdad –ya no se trata de hablar de mujeres ni de feminismo– se logran poquito a poco, con la solidaria complicidad de los hombres, sobre todo los de su partido.

Cuando se publicó, escribí el comentario que se merecía. La tan alabada ley consiste en una serie de consejos, deseos y esperanzas a cumplir en largos periodos de tiempo, que sobre todo involucra a las empresas privadas en la obligación de emplear mujeres en los consejos de administración. También les fuerzan a conceder permisos, jornadas reducidas y horarios flexibles para que las mujeres y los hombres se organicen mejor en su casa. Por supuesto nada se habla de la obligación del Estado de crear la red pública de escuelas infantiles, de residencias de ancianos, de atención domiciliaria, porque eso cuesta dinero, y más barato resulta imponer obligaciones a la patronal y cargar el peso del cuidado de la familia a los propios ciudadanos.

Pero de lo que no parecía caber duda era de que en el ámbito político las mujeres habían dado un gran paso hacia delante, con la obligación impuesta a los partidos de que las listas electorales tuviesen un 40 y un 60% de candidatos de cada sexo. Pues bien, una vez celebradas las elecciones y verificados los resultados, nos encontramos con una composición del Parlamento más masculina que la anterior. Para lo único que ha servido la ínclita Ley es para impedirle al Partido Feminista que presentase listas exclusivamente de mujeres, porque ya se sabe que era imprescindible garantizar a los hombres su presencia entre nosotras, si no hubiesen podido quedar marginados de la participación política del país.

Éste es el resultado de la aprobación de leyes vacuas, sin apenas contenido, dictadas desde los órganos del Gobierno, que no están apoyadas por una verdadera participación del Movimiento Feminista. Del mismo modo, la implantación de las cuotas, con las que siempre estuve de acuerdo, se ha pervertido desde el momento en que han sido los hombres dirigentes de los partidos las que las han distribuido. En los puestos de poder han escogido a las mujeres más fieles y obedientes a las consignas de la cúpula masculina, marginando a las de mayor inteligencia y personalidad, que suelen ser las menos obedientes. En consecuencia, los hombres han obtenido dos ventajas, la primera, disponer del voto fiel de sus subordinadas y la segunda desprestigiar el sistema, al mostrar cómo las cuotas llevan a las menos capacitadas a los puestos de decisión.

Pero estas consecuencias son inevitables desde el momento en que quienes distribuyen los puestos son las cúpulas dirigentes de los partidos, en ese gobierno absoluto, más parecido a una dictadura, de la partitocracia que domina nuestra vida política, y en la que únicamente los elegidos por el jefe tienen posibilidades de alcanzar los podios. Y entre estos suele haber pocas mujeres, y siempre las menos capacitadas y las más obedientes a las órdenes del buró político.

En definitiva, las mujeres de los partidos, y lamentablemente las de los de izquierda, se han rendido con armas y bagajes a las férreas normas impuestas por los señores que dominan con despotismo el mundo político. Abandonada hace tiempo su militancia feminista –cuando el Movimiento aglutinaba a las mujeres más preparadas y combativas– en aras de obtener puestos rentables en las diversas escalas y estamentos de los partidos y del Estado, las que hoy pretenden dirigir las reivindicaciones de las mujeres lo que han conseguido es apoyar las arbitrariedades de sus dirigentes masculinos.

Lo cierto es que a las mujeres del PSOE y también de IU, les molesta la existencia de un Movimiento Feminista, independiente de los partidos políticos tradicionales y siempre a su izquierda, en el que seguimos planteando las eternas reivindicaciones de las mujeres y criticando, con firmeza y exactitud, el sometimiento a las normas aprobadas por los hombres que dejan inermes e indefensas a las mujeres ante el poder. Por eso no nos consultan nunca cuando hay que reclamar reformas legislativas, manifestarse contra la última barbarie machista o redactar un nuevo proyecto de ley. Por eso se alegran, sumisas y contentas, de los bodrios legislativos que sus jefes llevan a la aprobación de las Cámaras, y aceptan, con una cobardía sin igual, que sea la Iglesia católica –y ahora pronto la musulmana– y la derecha cavernícola las que impongan sus condiciones en las cuestiones más graves y urgentes que nos afectan, como el aborto. Por eso hoy hay menos mujeres en el hemiciclo del Parlamento, y lo mismo pasará en las sucesivas elecciones si el verdadero feminismo no vuelve a tener el protagonismo que se merece.

Lidia Falcón es presidenta del Partido Feminista, abogada y escritora

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11/04/2008 GMT -6

El velo de la ignominia

lidiafalcon @ 22:42

ELPAÍS.com
24 Ene 1990
Por Lidia Falcón

Como la estrella amarilla de los judíos y la rosa de los homosexuales bajo Hitler, o la marca de las prostitutas y las prohibiciones en el vestido de los siervos en la Edad Media, el velo de las mujeres musulmanas les enseña desde la infancia -porque el adiestramiento para la humillación ha de comenzar pronto, con el propósito de evitar cualquier conato de rebeldía- que ellas son seres mutilados, deformes, pecaminosos; porque no son hombres. Ellas, por ser mujeres, destinadas a la reproducción de la especie como todas las hembras mamíferas, y sin más objetivo que alcanzar en su vida, marcadas cada mes con la hemorragia de la impureza, deben taparse de la mirada de los demás, ocultar la vergüenza de haber nacido mujer. El velo que deben usar las mujeres musulmanas es el distintivo de la impureza femenina, la marca de su ignominia. Las voces que hoy se alzan defendiendo el uso del velo en la escuela para las muchachitas musulmanas, en la Francia democrática, republicana y laica, en razón de la "libertad de conciencia" y del "respeto de las culturas diferentes", no se atreverían a lanzar el primer gruñido para defender el uso de la prenda que fuese la señal pública de la diferencia entre la negritud y la blancura. Esas mismas conciencias tan liberales considerarían impropio de países civilizados que se mantuviese un traje distinto para el criado que para el señor. Ellos, los escandalizados por el ataque a lo que suponen libertad religiosa, no consentirían que nadie les impusiese el caftán, ni el turbante, ni la gorra, ni el sombrero, si ello iba a significar la marca de su inferioridad social. Claro que la imposición en el vestir de las muchachas musulmanas no viene dada por el Estado francés, sino por el pater familiae y por el jefe religioso de su tribu, y está bien que las mujeres vistan según las reglas de su tribu y las normas religiosas impuestas por los jefes. Así se defiende más eficazmente la supervivencia del patriarcado.

Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan al pater familiae, que no pongan en cuestión las milenarias reglas de la sumisión femenina. Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan las leyes de la familia y no las del Estado. Como Antígonas siempre presentes defendiendo las leyes del patriarcado frente a las de la ciudad, las mujeres no son ciudadanas, no tienen derechos y deberes como los demás individuos que pagan impuestos, votan periódicamente y acatan la Constitución. Las mujeres son hijas, esposas, amantes, madres, adúlteras, vírgenes, prostitutas, monjas, viudas. Ellas siguen siendo sólo hembras cuyo status social depende del uso que haga de su sexo y de la relación que mantenga con un hombre.

Por tanto, no tienen que obedecer las reglas de la escuela pública y laica en esa Francia republicana que hace 200 años realizó una decisiva revolución para acabar, fundamentalmente, con los símbolos de la opresión. Las mujeres deben obedecer únicamente al hombre de la familia. Las niñas, y niñas son esas dóciles criaturas de 12 o 14 años que acuden a la escuela envueltas de los pies a la cabeza en los velos de su ignominia, sólo tienen que obedecer al padre, patrón, patriarca, amo de su cuerpo, de su vida y de su destino.

Las voces que defienden las diferencias culturales para mantener a las mujeres musulmanas porque nadie sabe todavía lo que dirían si fuese a sus elegantes, sofisticadas y liberadas mujeres francesas a las que quisiesen envolver en velos, resultan tan risibles como los que hablan de que los negros no son inferiores, pero sí diferentes. Los intelectuales que aducen el respeto a la libertad de las niñas para vestir el velo resultan sospechosamente ignorantes. Nadie ignora que en las familias musulmanas ninguna mujer viste, come, duerme, ni respira, sin permiso o por imposición del padre o del marido. Estúpido resulta defender que una hija de familia de 12 años cumple con las reglas de la religión de sus padres por "libertad propia".

Los hombres de ese Gobierno francés que habían permitido hasta ahora -ya que era del dominio público- las mutilaciones sexuales a las niñas de ocho años, en los hogares musulmanes, seguramente porque los hombres de ese Gobierno deben pensar que es bueno que las mujeres obedezcan al jefe de la familia, se han visto inducidos, después de que la brutal operación ocasionara varias muertes seguidas de niñas, a enjuiciar, encarcelar y condenar a una desgracia a su madre, mutilada ella misma, analfabeta, ignorante de cualquier palabra francesa, hundida en la prisión del domicilio conyugal, mientras el padre y marido quedaba en libertad, respetado como hombre, como marido y como padre. Al concluir el juicio con la condena de la madre, varios escritores franceses no han dudado en comentar que todo el mundo sabe que la culpable no hizo más que cumplir las normas impuestas por el padre de la familia. "Nada se mueve en la casa sin el permiso del marido", reprodujo textualmente la Prensa.

Hoy, esos mismos hombres del Gobierno francés, alentados por los intelectuales y los políticos que se han alzado indignados en defensa del velo -políticos e intelectuales que nunca se manifestaron para condenar la clitoridectomía, el maltrato a las mujeres o las desigualdades del salario femenino-, ya que deben pensar que es bueno que las niñas obedezcan las normas patriarcales, se enfrentan al desafilo de prohibir o de permitir ese signo de la ignominia femenina que es el velo musulmán. La permisión de que las niñas vayan cubiertas a la escuela sería la prueba más rotunda de que el feminismo se encuentra en su cota más baja de influencia, mientras el patriarcado goza de muy buena salud en Francia.

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06/04/2008 GMT -6

La democracia sin honor

lidiafalcon @ 15:39

DEIA.com
1 Jun 2007
Por Lidia Falcón

cuando la mayoría de los ediles y los consejeros recién elegidos están ya sentados en sus escaños -algunos llevan ocupándolos decenas de años- y se disponen a proseguir su gestión, el ciudadano medio se pregunta qué será de lo suyo y qué será de lo nuevo que vaya a suceder. El desánimo que nos invade se ha reflejado con nitidez meridiana en la abstención media -en Catalunya y especialmente en Barcelona con escandalosa evidencia-, porque sabemos que detrás de las promesas y de los pomposos mítines no hay más que más de lo mismo: muchos impuestos y pocas soluciones, sobre todo, para los más necesitados: mujeres maltratadas, viudas mayores, personas sin trabajo, viejos que apenas sobreviven de pensiones miserables en pisos ruinosos... Dramáticas situaciones a las que tiene que dar solución una legislación decimonónica apenas maquillada por insuficientes y torpes reformas realizadas por los legislativos de la democracia, sin verdadero ánimo de cortar con los regímenes anteriores, y que se concreta para el contribuyente en una burocracia irracional que pocas veces le resuelve su problema.

Se dice, y repite, que los caudales municipales no son suficientes para sufragar las innumerables necesidades de los ciudadanos, argumento utilizado sobre todo para pedirle al gobierno del Estado mayor proporción en los impuestos generales, pero todos los contribuyentes vemos cómo nuestros ediles invierten en fastos perfectamente prescindibles: olimpiadas, carreras de coches, ferias, exposiciones, monumentos, remodelación de plazas y avenidas -que ya eran hermosas antes de las reformas y que suelen quedar peor después de éstas-, mientras que a las solicitudes de que arreglen las goteras de nuestros tejados, instalen guarderías infantiles y hogares para ancianos, doten de centros culturales los barrios, nos responden que no tienen presupuesto.

Mientras el 48% de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes, los planes de remodelación de las ciudades, con derribo de inmuebles de los que se traslada a sus ocupantes como si de ganado se tratara, para realizar grandes obras de diseño que únicamente les gustan a sus arquitectos y a los ediles que los contratan, consumen la mayor parte del erario municipal y autonómico. Nuestros gobernantes padecen el síndrome faraónico, porque todas las ciudades españolas se han dotado de edificios llamados emblemáticos, algunos francamente horrorosos y todos superfluos, que deben legar a la posteridad la fama de sus promotores, como las pirámides hicieron del Egipto antiguo. Únicamente los ingenuos creíamos que la democracia era el sistema que a la inversa del modo de producción asiático, se preocupaba antes del bienestar de los ciudadanos que de asegurar a sus gobernantes la posteridad.

Si los votantes hubiesen exigido a sus gobernantes que cumpliesen los mandatos electorales, y después de las primeras elecciones hubieran hecho el recuento de las escuelas que no se han instalado, de las plazas de hospitales que no existen, de las viviendas sociales que no se han construido, y en razón de su incumplimiento los hubiesen demandado o al menos no votado, quizá tendríamos alguna esperanza de reformar nuestro sistema. Pero la complacencia con que unos sectores sociales aceptan las falsedades de sus elegidos, sin reproche ni duda, en la siguiente consulta electoral, y la abulia y la apatía con que otros soportan las injusticias, permite la perpetuación del sistema, que en realidad no es más que el mantenimiento de los intereses de las clases dominantes, como hace tiempo nos enseñaron nuestros maestros.

Resulta altamente deprimente saber que los concejales y consejeros de varias ciudades y comunidades, implicados en numerosos casos de corrupción, han vuelto a salir elegidos, incluso con más votos que antes. Al parecer los españoles piensan que esos personajes se merecen un premio por haber sido más listos que nadie al tener éxito en la difícil tarea de acumular un generoso patrimonio. En nuestro país está arraigada la idea de que quien no sabe hacerse rico es tonto, y que cualquiera repetiría la hazaña de sus gobernantes corruptos si pudiera.

Hubo un tiempo -ya remoto- en que la esperanza de un cambio profundo en nuestra sociedad podía echar raíces. Cuando la II República se quiso implantar en el país una ética de los valores humanos y una democracia genuinamente popular, pero ya sabemos que perdimos la guerra y, con la dictadura, hasta la vida. Lo más lamentable es que con la democracia hemos perdido el honor.

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07/03/2008 GMT -6

Violencia incontrolada

lidiafalcon @ 22:04

elPeriódico.com
3 Mar 2008
Por Lidia Falcón
 

A los partidos políticos se les ha descontrolado la violencia machista. Ellos, que debían creer tenerla controlada, que no habían hecho ninguna mención al tema ni en sus mítines ni en sus debates --ni el PP ni el PSOE ni IU han introducido modificaciones a la ley de violencia en su programa electoral--, se han encontrado en plena campaña con que los asesinos, en dos días, les han echado en las tribunas los cadáveres de cuatro mujeres y les han dejado dos más heridas, una en estado grave. Con ellas tenemos 17 víctimas en 57 días, que son cinco más que las que se han producido en Tijuana, la ciudad mexicana que posee el primer lugar del ranking de asesinadas.

Cuando desde hace casi dos años algunas asociaciones feministas redactamos y publicamos un estudio sobre la ley de violencia y los problemas con que se tropezaba en su aplicación, y lo enviamos a todas las instituciones relacionadas con el tema, recibimos una agria respuesta de algunas de las responsables, como Soledad Murillo, secretaria de Estado de Igualdad, y Montserrat Comas, del Observatorio de Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial, respuesta que esta última publicó hace pocos meses en este periódico.

En nuestro estudio explicamos las deficiencias que tiene la redacción legal. Desde haber dejado fuera de su protección a toda mujer que no sea la esposa o esté vinculada sentimentalmente de modo permanente con el agresor, hasta que mantiene garantías en beneficio del denunciado --que, cuando se trata de otras jurisdicciones, como la laboral, no se aplican desde hace 100 años-- que obligan a esperar a la denunciante un tiempo interminable para ver dirimida su denuncia en los tribunales.

La amplia discrecionalidad que se le concede al juez permite que se archiven el 55% de las denuncias sin ni siquiera tramitarlas, que se dicten arbitrariamente órdenes de alejamiento, dependiendo del juzgado de que se trate, con lo cual no existe unificación de criterio ni de doctrina --lo que provoca la inseguridad jurídica de las víctimas--, y que se siga manteniendo una valoración estricta de la prueba en el juicio oral, de modo que se absuelve a un gran número de agresores por falta de pruebas: el 30% de los que son juzgados, lo que significa que únicamente el 38% de las denuncias concluyen en una sentencia condenatoria. Estas son algunas de las lagunas de la norma, a las que se pueden añadir la falta de responsabilización de los jueces, fiscales, médicos, asistentes sociales y del entorno familiar y vecinal de las víctimas, cuando no cumplen la debida diligencia en la protección de la víctima y en la persecución del delito. Exigencias que nosotras habíamos introducido en el proyecto de ley que llevamos al Congreso y que fue desestimado.

Si a estas carencias añadimos que ni se ha dotado de los medios a las comisarías de policía ni creado los suficientes juzgados ni disponen de personal adecuado por su preparación, por la endémica falta de dotación presupuestaria, que es la enfermedad crónica de la justicia, no creo que sea muy difícil entender por qué la persecución de los maltratadores y asesinos de mujeres está siendo ineficaz.

Para disculparse, políticos y jueces han repetido que solo una de las cuatro asesinadas tenía una orden de alejamiento --como si el asesinato de una sola fuese despreciable-- y que otras dos no habían denunciado. No se hace hincapié en el caso de la cuarta, contra la cual se había dictado una orden de alejamiento del marido a instancias de este. Algún día habrá que escribir sobre las denuncias falsas de los agresores para contrarrestar las acciones judiciales de sus víctimas, ya que tanto se habla de las denuncias falsas de las mujeres. Los responsables institucionales repiten que, si no se denuncia, es imposible conocer los problemas. La jueza de violencia de Madrid, Raimunda de Peñafort, insistía asegurando tanto que la ley era suficiente como que su aplicación en los juzgados era absolutamente correcta. Resulta incomprensible que esas políticas y jueces no sepan que las mujeres no denuncian porque no confían en la justicia.

Aparte del problema de dependencia económica del marido, con el que pueden enfrentarse las denunciantes, la más grave dependencia, además de la familiar, es la del miedo. El miedo, y muy fundado, al agresor, que cuando sepa de la iniciativa de la que él considera su esclava para liberarse, tomará sangrienta venganza. Y la rebelde no contará entonces más que con sus propias fuerzas, porque no la protegerán ni la policía, que no tiene medios, ni el juzgado, que tardará interminables días o meses o años en resolver su caso, y que nunca --salvo si está muerta-- dicta prisión contra el agresor.

En esas condiciones, ¿quién se atreve a denunciar? ¡Qué fácil es aconsejar cuando el que lo hace no se encuentra en la misma situación! ¿Por qué tiene la víctima que refugiarse en una casa de acogida con sus hijos, abandonando su hogar, su trabajo, los familiares, los amigos, y los niños el colegio, mientras el agresor sigue en libertad? ¿Por qué no se dicta la prisión preventiva contra él, que es mucho más barato que proteger a la mujer permanentemente?

Espero que, en lo que resta de campaña, los partidos nos den la respuesta a estas preguntas.

 

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