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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Categoría: Lenguaje

10/03/2009 GMT -6

Los distintos feminismos - Reflexión en el día internacional de la mujer trabajadora

lidiafalcon @ 03:23

" ... todas las instituciones del patriarcado están siendo mantenidas y afianzadas, con mucho respeto, por la izquierda"

elPeriódico.com
8 Mar 2009
Por Lidia Falcón

Mi deseo para este nuevo 8 de marzo sería que no se tomara el nombre del feminismo en vano. Desde hace más de una década, los ideólogos de la modernidad pretenden que las tendencias del pensamiento se vayan unificando, perdiendo los perfiles que las identificaban como de izquierdas y de derechas, y se acerquen hasta encontrarse en ese magma sin identificación que es el centro. Esta actuación en el terreno de la política ya es conocida por todos, pero apenas se ha informado de como ha influido en el feminismo. Habiendo casi desaparecido el movimiento feminista crítico con el poder, y ninguneadas las teorías feministas revolucionarias que se difundieron largamente en los años setenta y ochenta, convertidas en funcionarias muchas de las militantes que dirigieron en su juventud opciones contestatarias, lo que se identifica hoy mayoritariamente como feminismo es una suma de lugares comunes, más propios de los consejos de un consultorio sentimental radiofónico.

A esta confusión se ha sumado el oportunismo de la derecha, que, después de haber perseguido sañudamente cualquier pequeño atisbo de protesta de las mujeres, se sube ahora al carro del feminismo queriendo hacerse con los rendimientos que espera obtener de ello. La derecha pretende defender que sus políticas de inclusión de mujeres en las listas electorales y en puestos de responsabilidad corresponde a su propósito de igualar a la mujer y al hombre en todos los estamentos de la sociedad. Mientras tanto, allí donde gobierna reduce las inversiones en políticas sociales, elimina las medidas de protección de las mujeres, persigue todas las opciones sexuales que no sean la heterosexual y el matrimonio indisoluble y se muestra agresivamente contraria a la libertad de aborto. Así, ha sido posible incluso que se calificara de feminista a Sarah Palin, aquella señora --candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el senador John McCain, desaparecida tras la victoria de Barack Obama--, que constituye la encarnación más genuina del ideal reaccionario, o que las mujeres del PP aseguren que ellas son más feministas que nadie porque han alcanzado escaños en los parlamentos.

Pero estas falsificaciones son posibles cuando desde la izquierda ya no se defienden los principios transformadores de la sociedad que fueron la bandera del feminismo desde el siglo XVIII. Abandonada la crítica de las instituciones patriarcales como la familia y el matrimonio --uno de los grandes triunfos ha sido alcanzar el matrimonio de los homosexuales--, el feminismo dominante en los partidos de izquierda está manteniendo lo privado frente a lo público, lo individual frente a lo colectivo. Nuevamente, la derecha ha triunfado. Y no solo en lo económico, sino que lo ha hecho también, y siempre va unido, en lo ideológico. Los anhelos de los años setenta de construir una sociedad solidaria y altruista --la tercera enseña de la Revolución Francesa: la fraternidad, tan ignorada-- se han abandonado con desprecio para defender el más viejo individualismo.

Olvidadas las demandas clásicas del amor libre --la enseña de Alejandra Kollöntai que, en 1905, reclamaba la sustitución del matrimonio y de la familia por "la unión libre de libres individuos"--, la socialización del trabajo doméstico, la responsabilidad colectiva en la educación y cuidado de los hijos incluso son anatemizadas por los que se proclaman "modernos". Modernidad que lleva a afianzar las más viejas y caducas instituciones: matrimonio --mayoritariamente religioso--, familia nuclear, educación privada o religiosa a través de la omnipresente cadena de centros religiosos de enseñanza concertada, responsabilidad individual en el cuidado de los niños: todas las instituciones del patriarcado están siendo mantenidas y afianzadas, con mucho respeto, por la izquierda. Y ¡ay de aquellos que pretendan escaparse de la férula del Estado patriarcal y capitalista! Serán castigados con los enormes recursos de que este dispone: penalizaciones económicas, marginaciones sociales y laborales... Al final, todos se someterán a las normas dominantes: homosexuales que se casan; familias unidas obligadas a procurarse subsistencia y vivienda por sus propios medios, sin apenas ayudas; pocos niños, pero embarazados y paridos según los obligados dictados de la naturaleza. El triunfo de la consigna más grata a la derecha: sálvese el que pueda, con un Estado que se inhibe de sus funciones protectoras, lo que, en definitiva, perjudica siempre al más débil.

Resumiendo: la preeminencia de lo privado sobre lo público. Incluso una de las reivindicaciones más emblemáticas del feminismo, el pacifismo, se ha retorcido hasta el punto de que las feministas acepten, algunas incluso entusiasmadas, la cada vez mayor participación de mujeres en el Ejército, la Guardia Civil y la Legión. Se aceptan las imitaciones, por parte de las mujeres, de las conductas más agresivas masculinas --boxeo, lucha libre, agresividad, acoso sexual--, considerando, según las normas del patriarcado, que el modelo masculino es el universal y, por tanto, el que hay que imitar. En definitiva, es imprescindible volver a establecer cuáles son los principios del feminismo.

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24/07/2008 GMT -6

¡Cómo se han puesto!

lidiafalcon @ 12:53

elPeriódico.com
17 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Desde hace 50 años estoy defendiendo tesis que erosionan por la base el sistema patriarcal --antaño estuve sola, hoy son más las feministas que apoyan conmigo tan revolucionarias ideas-- y que parecen gravemente perturbadoras de la calma social. Sin embargo, no había recibido nunca antes tantas y tan agresivas respuestas, acusaciones e incluso insultos, como cuando me he atrevido a apoyar la expresión "miembra" que la ministra de Igualdad tuvo la ingenuidad --o la valentía-- de pronunciar hace unas semanas. Ni siquiera cuando, después de haberme negado durante décadas a hacer mío el eslogan de contra violación, castración, me decidí a aceptar tan drástica solución contra los violadores y pederastas condenados y reincidentes --al ver indefensas a las víctimas ante la impunidad de los agresores--, provoqué tal alud de cartas, comentarios y artículos como los que ha suscitado el que este periódico me publicó con el título de Yo también soy miembra.

Cerril, policía de la feminidad, ignorancia descomunal, engendro, arbitrariedad, ignorancia brutal, plasta, desocupada... son algunos de los calificativos con que me obsequian mis críticos. Uno de ellos, académico de la lengua --y más parece gendarme de ella para que nada se diga sin su permiso--, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, me llama "momia del feminismo", supongo que en referencia a mi edad. Imitando a Cervantes en su respuesta a otro botarate que lo tildó de viejo, solo puedo decir: "Como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí". Pienso que, si para mí ha pasado, no lo ha hecho para otros, porque las diatribas en el tono más violento que he recibido ahora son parecidas, y hasta peores, a las que mi discurso provocaba hace medio siglo.

Muchos de los que se creen tan modernos no han avanzado más que aquellos que en cada conferencia mía, cuando no frisaba los 30 años, me recordaban el femenino papel que cumplen las ovejas y las palomas, divinos ejemplos de lo que debíamos aceptar las mujeres. Y no exagero, que el académico indignado compara el término de feminicidio para el asesinato de mujeres, que yo reivindiqué en el tan nombrado artículo, con el de elefanticidio o canicido. Le da lo mismo hablar de leones, de ratas, de tigres, de jirafas o de cebras que de mujeres, porque para él deben de ser iguales unas que otras, y seguramente a estas últimas las trata como lo haría con aquellas.

A pesar de mi ignorancia brutal y de la muy superior sabiduría de mi crítico, este no se ha enterado de que el término feminicidio para tratar de la masacre de mujeres que se está produciendo en varios países está ya implantado en América Latina, y en la ley de violencia contra la mujer de México así ha sido introducido por los grupos feministas que lo defendieron y fue aceptado por los legisladores, los senadores y los profesores de la universidad, que todos ellos padecen una ignorancia brutal.

Entendieron, tanto ellas como ellos que, al expresar la matanza de mujeres con el vocablo homicidio, se producía la confusión de que pareciera referirse a la muerte de hombres, o quedase en la indefinición la descripción de unos horribles hechos que solo afectan a mujeres. Mis críticos me explican con más irritación que paciencia que la etimología de hombre es del latín humus, que significa tierra, y que, por tanto, al decir "el hombre" en general se está diciendo lo mismo que "el ser humano". De tal modo, el hombre es el genérico de toda la humanidad, lección que ya me dieron en los lejanos tiempos de la enseñanza primaria. Todos sabemos, gracias a nuestra cultura cristiana, que fue Adán el fabricado de tierra y que Eva derivó más tarde de una costilla de aquel, por lo que la fémina del humus debería, según ese mismo razonamiento, denominarse costillar o cárnica, entendiendo que enseguida el barro de Adán se convirtió en los músculos y los huesos que permitieron a Eva existir.

Todas estas controversias serán miradas como tonterías ¿dentro un siglo?, al igual que hoy comentamos la polémica que se armó cuando el tranvía se instaló en Madrid y los académicos de la lengua, aquellos inmortales de los que nadie se acuerda, se empeñaron en que el término inglés tranway debía ser femenino, y así apareció en su diccionario "la tranvía", mientras el ignorante y cerril pueblo español se empeñó en llamarle "el tranvía", y transcurridos unos años sin que los celtíberos se apearan de su burricie, los académicos cambiaron el género del vehículo y hubieron de resignarse a nombrarlo en masculino. Porque al final el habla es del pueblo y no de los gramáticos, o de los que así se creen, porque, si no fuera así, seguiríamos hablando en latín y no en el román paladino en que se expresaba nuestro Gonzalo de Berceo.

Y ahora que hemos empleado tanto tiempo en dirimir estas gurruminas del lenguaje que solo a los desocupados académicos les importan, me pregunto: ¿no será esta una sutil manera de distraernos de tantos y tan penosos problemas como sufrimos las mujeres? Ninguno de esos señores que tan indignados se han sentido por vocablos como miembra y feminicidio, gastaron nunca una miaja de su tiempo en protestar contra las injusticias que padecen las mujeres en todo el mundo.
Qué casualidad.

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