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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Categoría: Historia

01/05/2009 GMT -6

Historia de una alienación

lidiafalcon @ 21:22

elPeriódico.com
1 Mayo 2009
Por Lidia Falcón

Imagen de Martín TognolaLos elogios procedentes de diversos ámbitos dedicados a Corín Tellado con motivo de su reciente muerte me han sumido en la perplejidad y, no lo niego, me han provocado bastante irritación. Para quien, como yo, ganó algunas pesetas en la juventud --casi adolescencia, puesto que publiqué mi primer cuento a los 18 años-- escribiendo a destajo cuentos y novelas rosa --también fui capaz de pergeñar algunas historias del Oeste y de Hazañas Bélicas--, que me pagaban a tanto la página o la obra, bajo diversos y olvidados pseudónimos, resulta ridículo que dicha labor sea calificada de literatura. Solamente el dato de que Corín escribía dos novelas por semana --por más que no tuvieran más de 100 páginas-- describe definitivamente en que consistía ese trabajo: ir enlazando palabras a toda prisa para contar una historia elemental sobre los amores de una hermosa, joven y pura, y un galán mayor y más alto que ella, guapo, elegante y rico, con un final inevitablemente concluido en boda.

Balzac estuvo dedicado a esta misma labor en sus años de juventud y la recordaba con verdadera pena, como otros escritores que llenaron los quioscos de producciones perfectamente olvidables, obligados por la pobreza y la avaricia de las editoriales, incapaces de reconocerles el talento de que años más tarde dieron cumplida muestra. Estas producciones nos permitieron, a todos los que con el oficio de escribidores sobrevivíamos, comer, y a mi, mantener también a mis hijos, aunque fuese precariamente, durante los años de plomo de la dictadura, pero cuando ya con enorme esfuerzo pudimos abrir el cerco de hierro que nos separaba de las editoriales que publicaban literatura, nunca las habríamos exhibido como nuestras. Desde luego en mi currículo no cuentan. Alguna excepción, como Víctor Mora con su Zorro y su Capitán Trueno, ha sido puesta de modelo de una forma de difundir subliminalmente la ideología de izquierdas que profesaba, pero esta artimaña podía ser utilizada en los tebeos para niños y muchachos, en los que se tenían que ensalzar los valores de la fraternidad, la defensa de los débiles, el valor, la entrega a una causa épica. Los hombres tenían que ser héroes según los principios de Falange Española, pero las mujeres, no. Las mujeres esperaban en casa que regresaran los héroes de sus hazañas bélicas. Ellas debían ser el reposo del guerrero. Bien hubiera querido yo transmitir un poquito de ideología feminista a través de las novelas rosa que elaboraba mes tras mes, pero precisamente los editores de esta clase de producto prohibían todo relato no ya progresista, sino mínimamente sensato. Las mujeres, bajo aquella infame dictadura, estaban destinadas a la reproducción y el mantenimiento de la familia bajo la indiscutible autoridad del marido, después de la del padre, y su papel de sumisión a los hombres --también el hijo varón mayor tenía prioridad-- debían cumplirlo con dulzura y alegría. Cualquier otro modelo femenino era inmediatamente censurado por el director literario con la severa admonición de no encargarte más libros. Ese modelo de mujer fue el que defendió Corín Tellado durante 40 años.

Por su capacidad de trabajo, sobradamente demostrada, se le concedió el título de hija predilecta de Oviedo y alguna prebenda más. ¿Y qué es lo que premiaron: que con su empecinada prolijidad ganara una bonita fortuna inundando el mercado de habla española con novelas deleznables que contribuyeron a alienar más a las pobres féminas a las que iban destinadas? ¿Qué méritos ciudadanos o de valor solidario poseía la señora Tellado? ¿O el dinero lo justifica todo? Con sus historias de un amor, siempre heterosexual y siempre irreal e indeseable, apoyó la ideología oficial del régimen franquista que con tanta eficacia impuso la Sección Femenina de Falange a través de la hermanísima Pilar Primo de Rivera, defendiendo el modelo de mujer sometida a los dictados masculinos, conquistada, a veces casi manu militari, por el arquetipo de galán fascista, y que se realiza plenamente en servir al marido, parir hijos y cuidar la familia, y que jamás alimentaba la nefasta fantasía de ejercer alguna profesión reservada únicamente a los varones.

Pero ni siquiera por su coherencia en defender sus ideales puede ser admirada la señora Tellado, porque, cuando concluida la dictadura, las exigencias feministas desprestigiaron ese tipo de mujer, su producción cambió y, siguiendo la moda del momento, las escenas eróticas inundaron sus páginas y los divorcios y los adulterios se hicieron habituales. Por supuesto, con la misma deleznable escritura, y tampoco entraron en sus obras modelos de mujeres y hombres entregados a otras causas que las de satisfacer sus deseos amorosos y sexuales.

Ya sabemos que todos los países tienen esa línea de publicaciones, destinada, fundamental y desdichadamente, a las mujeres, pero permanecen en el lugar que le corresponde: al lado de las revistas del corazón y de sociedad, y no se les concede más interés que a los fascículos de costura. ¿Cómo se puede elevar al podio de la literatura a Corín Tellado? ¿O es la involución que está viviendo el feminismo la que pretende prestigiar nuevamente los modelos de mujer de sus obras?

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13/03/2009 GMT -6

La Constitución de las mujeres

lidiafalcon @ 10:50

Público.es
9 Mar 2009
Por Lidia Falcón

La celebración del Día de la Mujer es una buena ocasión para reflexionar sobre el papel que ha jugado la Constitución –que recientemente cumplió 30 años–, en la vida de las mujeres españolas. Este olvido resulta más culpable si se tiene en cuenta que no sólo las mujeres constituyen el 52% de la población, sino que, si la Carta Magna ha producido algún efecto perceptible en la vida cotidiana de los ciudadanos, ese es fundamentalmente el que ha causado en la de las mujeres. Ellas fueron las grandes perdedoras de la Guerra Civil que yuguló sangrientamente los avances y las esperanzas de progreso que albergó la II República. El dictador y sus secuaces, con el inestimable apoyo de la Iglesia católica, se cebaron con especial sadismo en torturar a las españolas. Privadas de derechos civiles y laborales, de la patria potestad de sus hijos, condenadas por ley a la marginación de la vida pública y a la miseria económica, perseguidas penalmente por adulterio, prácticas anticonceptivas, aborto o abandono del hogar, se hundieron en la condición más penosa de toda la historia de España.

Solamente la firmeza que mostramos durante la transición en la exigencia de nuestros derechos nos situó en el escenario social del que también los organizadores de esta democracia querían apartarnos. Es bueno recordar fechas y actuaciones para que a los dirigentes políticos se les sitúe en el lugar que les corresponde. A dos meses de promulgarse la Constitución, en octubre de 1978, después de tres años de celebrar el Año Internacional de la Mujer y de los interminables casi dos años que los padres de la patria estuvieron pactando el texto –recuérdese que ninguna mujer participó en la redacción de la Carta Magna– el único avance que conseguimos fue que los diputados, incluyendo a socialistas y comunistas, eliminaran del Código Penal el delito de adulterio, que sólo cometían las mujeres, y el de prácticas anticonceptivas.

En los programas electorales del PSOE y del PCE de 1977 y de 1979 no constaban ni el divorcio ni el aborto. Nos costó cinco años de luchas heroicas –asambleas, manifestaciones, encierros, cierre de revistas, procesamientos y una buena paliza que recibí yo en la calle en la última manifestación en Barcelona– conseguir el divorcio. Un divorcio condicionado a la separación –han tenido que transcurrir 25 años para permitirnos divorciarnos de primeras, como en cualquier país civilizado–. Aún hubimos de sufrir cuatro años más de penalidades para lograr el permiso de abortar por grave peligro para la salud de la mujer, violación y malformación del feto, que no se ha vuelto a modificar. Mientras se discute la estúpida norma, implantada por los tan progresistas diputados, que impuso la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono, en un país que, para derogar la Ley Sálica, libró tres guerras y para proclamar dos Repúblicas, otras dos, ninguno ha planteado la derogación del precepto que obliga a preservar la vida de “todos”.

La Constitución es la jaula de hierro que nos encarcela en las tiranías de nuestra fisiología y nos impide alcanzar el derecho a disponer de nuestro propio cuerpo, con esa disposición del artículo 15, estableciendo que “todos” tienen derecho a la vida, que los franquistas y cristianos metieron complacidamente, ante la indiferencia de socialistas y comunistas. Así, el Tribunal Constitucional, ante el que la Alianza Popular de la época, comandada por el franquista Fraga Iribarne, presentó recurso de constitucionalidad contra la Ley del Aborto, con una interpretación torticera ante un término tan vago como el de “todos”, pudo pronunciarse exigiendo más limitaciones en la práctica. Y esto ha permitido una feroz ofensiva de la derecha, que ha llevado al cierre de varias clínicas de abortos y al encarcelamiento de siete médicos en Barcelona. El Gobierno ha nombrado una comisión de estudio –estupendo sistema inventado por esta democracia para enterrar cualquier proyecto–, en la que han entrado asociaciones del Opus, con las que asegura la vicepresidenta que hay que ponerse de acuerdo, mientras las mujeres siguen teniendo que pagar los 600 euros que cuesta un aborto en una clínica privada, porque sólo el 3% de los abortos se practica en la Sanidad pública. La limitación de derechos a las mujeres de nuestra Constitución ha sido hábilmente ignorada por los partidos políticos y sus líderes, que tanto se están alabando hoy de las componendas con que llegaron a redactarla.

Las mujeres no conseguimos los avances que la Constitución de la II República nos reconocía 50 años antes, porque naturalmente esta tampoco es una Constitución republicana y la monarquía –tan arteramente introducida sin consulta popular, con ayuda de la Iglesia Católica y la derecha, y protegida por el Ejército– impone esas limitaciones. Lo que también se oculta es que, si el movimiento feminista, enfurecidas al fin las mujeres después de casi medio siglo de esclavitudes y vejaciones, no hubiese exigido sin componendas ni rebajas las reivindicaciones que planteábamos, los ilustres constitucionalistas no hubieran introducido el carismático artículo 14, que impone la no discriminación por razón de sexo y que, en teoría, permite a las mujeres exigir igualdad de salario, de oportunidades y de trato con los hombres.

Derechos que no se cumplen, y a esto las mujeres unen la enorme carga de ser las que deben seguir trayendo los hijos al mundo, sin que el pomposo derecho constitucional a la vida exija a los gobiernos a facilitarles la obligación de darle realidad. Ni tampoco la democrática Constitución las protege contra la violencia machista, pero eso es motivo de otro artículo.

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01/03/2009 GMT -6

El libro sexual de dos "negros"

lidiafalcon @ 02:40

REVELACIÓN | LA VERDAD SOBRE UN LIBRO

En pleno franquismo, el afamado psiquiatra Juan José Lopez Ibor publico "el libro de la vida sexual", auténtico manual de consulta de los españoles de la dictadura. Lidia Falcón revela que Eliseo Bayo y ella fueron los "negros" de aquel superventas

El libro sexual de dos "negros"

EL MUNDO
6 Mayo 2001
Por Lidia Falcón

En aquel año de 1966 corrían malos tiempos para nosotros, aunque unos años atrás todavía hubiese sido peor: en 1962 Eliseo Bayo, que compartía mi vida, mi amor y mis ilusiones, fue detenido, juzgado y encarcelado por aquel siniestro Tribunal de Represión de Actividades Extremistas que dirigía el conocido fascista coronel Eymar. Pero ya Eliseo había salido en libertad hacía unos meses, después de haber estado encarcelado en el sórdido y helado penal de Burgos, y se había reunido conmigo en el minúsculo y desamueblado piso que tenía alquilado en Barcelona.

Yo había terminado la carrera de Derecho y ejercía la profesión libremente, lo que significaba ingresos precarios y total inseguridad. Ni sueldo fijo ni seguridad social. Ni para mí ni para mis dos hijos, de 10 y 12 años, que desde mi traumática separación matrimonial, acaecida una década atrás, dependían exclusivamente de mis recursos.

Todos, Eliseo, mis dos hijos, una mecanógrafa que me ayudaba y yo, compartíamos sesenta metros cuadrados. La minúscula habitación de la entrada servía de sala de espera y dormitorio, y mi despacho nos albergaba de noche a los dos adultos y contenía una mesa plegable para servir las parcas comidas que nos permitían mis ingresos, los únicos que entraban en nuestra casa, ya que Eliseo apenas podía aportar ayuda económica.

Su pasado que era presente subversivo, la condena de 11 años de prisión por su adscripción a las juventudes libertarias, su situación en libertad condicional, sometido a las inspecciones de la Junta de Libertad Vigilada, le situaron en la lista negra de los escritores. Ningún medio de comunicación le empleó, ningún periódico le publicaba, ninguna editorial estaba dispuesta a contratarle un libro.

Sin apoyos económicos familiares, sin fortunas personales, dependíamos de únicamente de solas fuerzas para mantener y educar a mis hijos y sobrevivir nosotros. Eliseo no tenía otras titulaciones ni conocía profesión diferente que la de periodista. Y mi bufete no podía rendir mucho cuando, llevada de los ideales que han regido mi vida, me dedicaba fundamentalmente a defender obreros, mujeres maltratadas y presos políticos.

En estas circunstancias llegó una oferta que nos pareció estupenda. La editorial Danae nos proponía escribir El libro de la vida sexual, que ocuparía varios cientos de páginas y alcanzó más de mil mecanografiadas, pagándonos a treinta y cinco pesetas el folio. Según el tiempo que empleáramos en tal tarea, podríamos recibir una ayudita salvadora durante bastantes meses. La propuesta nos pareció digna de aceptarse inmediatamente.

La oferta poseía un único inconveniente, que aunque parezca mentira no era el precio, tan miserables eran entonces los estipendios habituales que proporcionaba la literatura: la obra la firmaría el ya afamado psiquiatra Juan José López Ibor, porque el nombre de Eliseo no debía aparecer impreso en ningún lado. El mío, por lo visto, tampoco podía publicarse, y en este caso nadie nos dijo la razón. Pero nos pareció un insignificante inconveniente. En nuestra situación no podíamos poner condiciones. Más importante era comer cada día, pagar el piso y el colegio de los niños, que defender nuestro orgullo de autores. De tal modo nos pusimos a la tarea.

Con afán sin igual, para reunir el mayor número de páginas, consultamos multitud de obras de los más famosos entendidos en la materia. Comenzamos por la vida sexual de los pueblos primitivos, cuyas peculiaridades aprendimos de varias obras sobre la materia, especialmente de Margaret Mead y de Malinowski; seguimos por las peculiaridades de la vida amorosa en otros países, estudiamos la Edad Media y la Moderna y llegamos entusiasmados a las obras de Freud, de Wilhelm Reich, de Foucault, de Beauvoir. Era la ocasión de difundir las teorías ocultas hasta entonces por la demente censura del franquismo, y ofrecer un tratado, aunque fuese elemental, sobre sexualidad, especialmente a los jóvenes, tan necesitados de él para superar la represiva educación sexual que habían recibido sus mayores.

Eliseo trabajaba todo el día en el libro, y yo lo hacía de noche, cuando ya concluidas las gestiones en los juzgados, despedidos mis clientes y cenados y acostados mis hijos, podía tener unas horas de libertad, que se restaban sin misericordia al sueño. Leíamos y escribíamos a la vez. Cada uno se ocupaba de un tema, y luego nos lo comentábamos y corregíamos al unísono. Las máquinas de escribir a veces hacían tanto ruido que algunos vecinos vinieron a quejarse a media noche.

Cada semana entregábamos un capítulo, o casi, y cobrábamos con gran alegría lo estipulado. Debo reconocer que en ningún momento nos sentimos humillados ni ofendidos por el anonimato en que nos había sumido la empresa. Sabíamos que pertenecíamos al submundo de los perseguidos, de los anatemizados, de los vencidos. Éramos supervivientes de la generación derrotada por la Guerra Civil, estábamos sometidos por el fascismo a todas las torturas, muchas de las cuales ya habíamos sufrido en la propia piel, y no íbamos a sentirnos indignados por aquella que nos permitía comer. Como decía mi padre, César Falcón, el periodista y escritor peruano, para mantener la lucha y oponerse a la hipócrita moral burguesa, «los comunistas no tenemos honor».

El honor era un lujo que no podíamos permitirnos. El que debía haber reivindicado el suyo era López Ibor. Su nombre y su firma debían haber sido más valorados por él mismo, para no ser depositados ciegamente en un texto que no conocía, y que había sido escrito por dos jóvenes amanuenses desconocidos. Mucho más pecador era el supuesto autor que nosotros, porque según afirma Sor Juana Inés de la Cruz, menos culpable es «el que peca por la paga/ que el que paga por pecar». Y más habría debido ser el ilustre López Ibor, que con toda seguridad ni leyó el original antes de publicarse, porque como tenía que suceder, nos salió un libro desenfadado, progresista, rompedor de tabúes, prejuicios y estúpidos bulos como aquel que aseguraba que la masturbación producía impotencias varias, ceguera y locura, que tan difundido era entonces entre los jóvenes educandos de colegios religiosos. Un libro, que recopilaba historias y leyendas de pueblos primitivos donde los adolescentes se dedicaban alegremente a la coyunda sin limitaciones, prohibiciones ni castigos; que reivindicaba el amor libre, el divorcio, la separación de la reproducción de la sexualidad y en consecuencia el control de natalidad, y que estoy segura que poco de acuerdo se hallaba con los principios defendidos por Ibor.

Pero lo que no hicimos, porque los nuestros incluían mucha mayor integridad y honradez que los del famoso médico, fue vengarnos del mal trato que nos daban la editorial y el ilustre autor. Cuando hace poco, el escándalo de un plagio ha saltado debido a que el negro se precavió contra ciertos abusos copiando episodios enteros de obras de otros autores, me admiré de su astucia.

En nuestra ingenuidad nunca hubiéramos imaginado una argucia semejante. Utilizamos fuentes diversas, estudiamos con afán las obras importantes de los mejores especialistas en la materia y realizamos un resumen de varias de ellas, pero nunca copiamos párrafos enteros. Quizá porque desconocíamos, dada nuestra juventud e ignorancia, la estrategia de la «intertextualidad», que acabamos de conocer. Término que, por cierto, como sugería de forma tan original Carlos París, podría también aplicarse a los ladrones de otra clase de bienes y se formularía como «interpropiedad», por ejemplo.

Orgullosos del trabajo

El trabajo nos duró varios meses y nos permitió saciar hambres varias: de comida, de ropa y de libros. También, ¡qué buenos y qué ingenuos éramos!, nos alegramos cuando vimos el libro publicado. Nos gustó la edición y nos sentimos orgullosos de las muchas páginas que habíamos escrito. Lo que más nos llamó la atención fue que, debajo del nombre del ínclito Juan José López Ibor, como autor y director de la obra, aparecían una serie de colaboradores, profesionales de diversas materias, que nunca habíamos visto ni conocido, como equipo autor de diversos capítulos. Nuestros nombres brillaban por su ausencia. Y nos dimos cuenta de que había más

personajes, además de Ibor, capaces de atribuirse el trabajo de los demás.

Y ya no volvimos a percibir ni una peseta más por la obra. Se hablaba de que se habían vendido miles de ejemplares, porque los lectores, especialmente los jóvenes, habían recibido el libro con entusiasmo.

Menos mal que a nosotros no nos quitó más que horas de trabajo y descanso, y que nuestra propia vitalidad y optimismo nos hicieron superar sin trauma alguno aquella peripecia, que tomamos con mucho sentido del

humor. Años más tarde, cuando se lo contábamos a nuestros amigos, que reaccionaban con incredulidad primero e indignación más tarde, sus sentimientos nos sorprendían y hasta emocionaban. Tan buenos y agradecidos éramos.

 

 

El siguiente video es un extracto del reportaje "1968: Yo viví el mayo español" en el que sale Lidia hablando del libro.

Puedes ver el reportaje completo haciendo clic aquí.

19/01/2009 GMT -6

VINDICACIÓN FEMINISTA

lidiafalcon @ 13:56

VINDICACIÓN FEMINISTA
Memorias Feministas

El pasado jueves, 17 de abril se inauguró en el Museu d'Historia de Catalunya una exposición titulada Dones: Les Camins de la Llibertat. Desde los griegos hasta la actualidad repasa las luchas feministas. Dedica un gran espacio a las sufragistas norteamericanas e inglesas. Y desde los años 70 a Catalunya. Un espacio completo a la librería La Sal de Barcelona. Por el contrario, tan sólo dedica a la histórica revista Vindicación Feminista un único ejemplar -el de la educación- colocado en una vitrina y medio tapado por panfletos y revistitas varias. Lidia Falcón, narra la historia de esta mítica revista feminista.

LAOTRAPÁGINA.COM
Julio de 2008
Por Lidia Falcón

Al salir de la prisión el reencuentro con Carmen Alcalde cuando ya había recorrido la primera mitad de la vida, andados los caminos de las luchas políticas y del ejercicio profesional nos planteó un nuevo desafío. Nos hallábamos ante la etapa más decisiva de la historia de España de los últimos cuarenta años, porque Franco se moría y algunas cosas cambiarían en la España postfranquista. Era por tanto el momento de participar en aquellos cambios con la mayor decisión y audacia posibles, si queríamos influir en la construcción del nuevo Estado que claramente se adivinaba. Si nos quedábamos inmóviles a la espera de que otros tomaran todas las decisiones, incluso aquellas que nos concernían, las mujeres serían relegadas a un segundo término en todos los aspectos de la vida política y social. Muchas eran las luchas y tareas que se podían realizar en aquella sociedad civil que comenzaba a poder expresarse y organizarse en libertad: participar en los grupos o partidos políticos que estaban creándose o aflorando nuevamente, dirigir e impulsar el Colectivo Feminista que entonces comenzaba con la exclusiva actividad feminista, organizar el Congreso Internacional Feminista tan bruscamente abortado, crear órganos de difusión y opinión como revistas o periódicos.

El feminismo crecía en fuerza y entusiasmo entre los grupos que se formaban con mujeres salidas de todos los ambientes sociales y de todas las edades. Por ello el Colectivo Feminista tenía cada día más asociadas y su existencia era imprescindible para participar en el Movimiento Feminista desde la postura del feminismo político que debía alcanzar su madurez, años después, en la creación del Partido Feminista. Y como todo movimiento que necesita expanderse y llevar a cabo una labor de convencimiento de un sector de la población, constituía una necesidad la constitución de medios de comunicación para difundir el feminismo. Imposible como era para nosotras montar una emisora de radio o un canal de televisión, la única opción era disponer de una revista. La decisión de crear Vindicación Feminista, que consideramos la tarea más importante que debíamos afrontar ante la que se preveía inminente implantación de la democracia, la tomamos Carmen Alcalde y yo después de renunciar al Congreso feminista que habíamos intentado antes de mi detención. Reflexionamos sobre la importancia que tendría publicar una revista feminista, por primera vez en España desde la guerra civil, y del impacto que ésta ocasionaría en un país ayuno de tales publicaciones. Era preciso disponer de la revista que fuera el núcleo de unión de todas las mujeres que quisieran compartir el ideal feminista. Una revista que significara para el feminismo lo que tantas otras fueron en la historia para el movimiento obrero o los diferentes aspectos de la cultura de vanguardia. Era una decisión mucho más arriesgada que la del congreso, implicaba una inversión enorme de dinero y la coordinación de un equipo de profesionales que no existía. Pero Carmen Alcalde y yo nos atrevíamos entonces a todo. De modo que nos pusimos a la tarea en julio de 1975, cuando todavía no me había quitado de encima el olor de la prisión de Yeserías.

La sacamos de la nada. Cuando comenzamos las primeras reuniones con Tony Misserachs para que se encargara del diseño, y convocamos a las periodistas que pudieran colaborar en ella, no teníamos ningún capital para invertir en el proyecto. Y no sólo nuestra insolvencia era manifiesta y permanente desde siempre, sino que hacía un mes que yo había salido de la prisión y me hallaba en libertad provisional de dos procesos políticos, de los que debía temer fundadamente que algún día tendría que dar cuentas en alguno de aquellos infames juicios que celebraba el Tribunal de Orden Público. No había podido recuperar la normalidad en mi despacho profesional, que había estado cerrado durante casi un año, aunque mi querido compañero y amigo Rodolfo Guerra se hizo cargo de los asuntos pendientes, y no disponía apenas de recursos económicos para mantenernos las cuatro personas de la familia, porque tampoco Eliseo Bayo, que era entonces mi compañero de vida, había vuelto a trabajar en su profesión de periodista, purgado como se hallaba en todos los medios de comunicación. Incluso las fianzas penales que por valor de 200.000 pesetas habíamos depositado para salir en libertad, y que en aquel año de 1975 constituían una cantidad considerable, habíamos tenido que pedirlas prestadas. Debía nueve meses de alquiler de mi despacho, mis hijos no habían terminado sus estudios y entre Regina, Eliseo y yo teníamos cuatro procesos políticos pendientes.

En condiciones tales, montar una revista de sesenta y cuatro páginas, tamaño 32 por 21, editada en papel offset satinado de ochenta gramos, con multitud de fotografías y portada en color, con una tirada inicial de 20.000 ejemplares, que se convirtió pronto en 34.000, ¡cada mes!, parecía una locura. Pero eso es exactamente lo que hicimos. Y duró tres años.

La historia de Vindicación es la historia de grandes ambiciones y grandes frustraciones, a la vez, y requeriría un tomo entero de la historia del Movimiento Feminista. Fueron tres años plenos de ilusiones, de pasión, de esperanzas, muchas de las cuales se realizaron, y otras concluyeron en una decepción. Para crear una revista feminista, después de cuarenta años de ausencia de tal clase de publicaciones, sin dinero, sin estabilidad económica ni profesional, sin garantía de libertad personal, sin equipo, y con la ambición de que alcanzase las más altas cotas de perfección en todos los aspectos, no tenía más caudal que mi optimismo y mi firmeza ideológica. Estaba segura de la necesidad de publicar la realidad cotidiana de las mujeres, analizarla a la luz de la teoría de la mujer como clase social, que en aquel tiempo estaba yo elaborando; que la relacionase dialécticamente con la lucha de las restantes clases sociales de nuestro país, y que, a la vez, partiendo de ese mismo punto de vista, ofreciese una visión feminista de la política nacional e internacional. Porque todos los temas fueron analizados por nuestra revista. No nos limitamos a defender las grandes reivindicaciones de las mujeres, yo escribí cada mes sobre política nacional e internacional, y desde las huelgas obreras a la situación de los negros en Sudáfrica o a las masacres de Sabra y Chatila, no hubo ningún caso que mereciese denuncia y atención de la sociedad al que no le dedicara mi crónica y mi comentario. Ninguno de mis amigos y compañeros de diversas batallas, excepto Eliseo, creyó que tal propósito era posible y varios intentaron convencerme de que dirigiera mi vida por senderos más racionales. Sobre todo teniendo en cuenta que Franco seguía vivo y que tres meses después de mi salida de la prisión en libertad provisional ordenaba fusilar a los últimos cinco hombres asesinados por el franquismo.

Aunque Franco murió el 20 de noviembre de 1975, la situación política no cambió durante mucho tiempo, demasiado. Yo fui juzgada por uno de los procesos, el de asociación ilícita y propaganda ilegal dos años después de la muerte del dictador y en el momento de publicarse el primer número de la revista, en julio de 1976, no había conseguido el permiso definitivo de edición. Durante varios meses tuvimos renovar la petición. Sufrimos varios sumarios judiciales en razón de la ley de Prensa de Fraga que estuvo vigente hasta después de aprobarse la Constitución. Carmen Alcalde y yo fuimos procesadas por defender el aborto y por criticar el Patronato religioso que mantenía encerradas a las prostitutas.

Releyendo un artículo que publiqué en la revista de la Universidad de Yale hace unos años sobre Vindicación feminista, leo que escribí “Durante varios años los periodistas españoles vivimos en perpetuo estado de inseguridad legal y política. Varios estuvieron en prisión a causa de sus artículos. Los directores de publicaciones acumulaban proceso sobre proceso a los que la revista tenía que hacer frente económicamente. Nunca sabíamos cuándo aparecería la policía en el local de la revista y nos detendría y lo clausuraría.” Cuando a partir del 6 de diciembre de 1978 se aprobó la Constitución que garantizaba la libertad de expresión y de publicación, en junio de 1979 se celebraron las elecciones definitivas al Parlamento y al Senado, y los profesionales de la prensa empezaron a sentirse más seguros, nosotras tuvimos que cerrar Vindicación Feminista. Nuestro tiempo había concluido. Las deudas nos habían ahogado.

A mi se me planteó el gran desafío de encontrar el dinero que hiciera posible el proyecto, mientras Carmen Alcalde se dedicaba a seleccionar las periodistas, montar la maqueta con Tony Misserachs y decidir las secciones de la revista. En parte de todo ello participaba yo también, pero el problema económico consumía la mayoría de mis días y de mis noches de desvelos. Eliseo y yo pedimos dos préstamos de quinientas mil pesetas cada uno en la Caixa de Catalunya y con ese mísero capital me lancé a publicar el primer número. Primero comenzamos trabajando en mi despacho de Roger de Flor, pero al cabo de pocos meses resultó evidente que el espacio resultaba pequeño para mis pasantes y secretaria y las cinco compañeras que realizaban la revista cada mes. De modo que alquilé un piso cerca de mi despacho, en la calle Nápoles junto a Ausias March, para instalar la sede de Vindicación, compré muebles y contraté cinco personas de plantilla a jornada y sueldo completo.

Para dar una idea más exacta de la magnitud del esfuerzo, hay que tener en cuenta que publiqué el primer número de Vindicación en julio de 1976 y costó exactamente el millón de pesetas que habíamos conseguido prestado. El día que teníamos que entregar en la imprenta el segundo, no me quedaba un céntimo. Pero publicamos veintinueve más. Ese fue un milagro que me costó buena parte de mi piel. Hasta el último día se pagaron todos los sueldos y todas las colaboraciones, y eso contribuyó de forma importante a mi ruina y acabó con mis ya escasos recursos. Cuando cerramos la puerta del modesto piso donde trabajamos los dos últimos años, quedaban dieciséis millones de pesetas de deudas pendientes sobre las cuatro personas que habíamos financiado la revista, la mayoría de los cuales eran préstamos personales avalados por nosotros mismos.

Pero si bien yo era responsable de la financiación de la revista, no podía ser ni directora ni subdirectora de la misma, porque la represión franquista que tanto se había cebado en mi, me había impedido obtener el título de la carrera de Periodismo que había concluido después de tres años de estudios y de la presentación de la tesina obligatoria. Era aquella época en que se perdían los expedientes escolares de quienes no éramos afectos al régimen, y nadie daba cuenta de ello ni tenía responsabilidad alguna. Me proponía crear una publicación en tiempos en que sólo los periodistas titulados podían dirigir una publicación, por modesta que fuera. Y no sólo la directora, Carmen Alcalde, la avalaba con su carnet, era preciso también disponer de una subdirectora colegiada. Yo tuve que resignarme a mi papel de editora, que significaba buscar el dinero para publicarla y ser imputada ante los tribunales cada vez que se iniciaba un proceso contra la directora, porque aunque no se me concedían derechos no se me eximía de responsabilidades.

La subdirectora fue Marisa Híjar, y su colaboración fue decisiva para la elaboración de la revista y para su supervivencia, porque no solo la apoyó con toda la vehemencia de su generoso carácter sino que también aportó dinero innumerables veces. A la vez su marido Jaime Torras Martí nos ayudó muy eficazmente en la administración y en la obtención de recursos.

Yo quise a Marisa desde el primer momento que la vi. La recuerdo con dolorosa nostalgia, cuando vino a verme por primera vez a mi despacho de la calle Roger de Flor 96, porque todavía no teníamos local propio para la revista, tan hermosa, tan joven, tan alegre. Tengo siempre presente su menuda figura, el pelo rubio rizado como el de una muñeca, y los ojos más azules, grandes, brillantes y vivos que he visto nunca. Su rostro anguloso, de pómulos dignos de una actriz de Hollywood, y su boca de labios delineados y gruesos, que siempre sonriendo dejaba ver una blanquísima dentadura alineada y perfecta. Y la alegría y el ingenio y el sentido del humor que no la abandonaban nunca. Siempre fue hermosa y alegre y vital, y desgraciadamente también fue siempre joven, porque con cuarenta y dos años los dioses la llamaron a su lado, escogida como los elegidos.

Pero aquel septiembre de 1975 ninguna de las dos podíamos adivinar el prematuro final que la esperaba. Nos encontramos por primera vez y nos quisimos enseguida. Era imposible no quererla. Llevaba con ella la vitalidad, la ilusión, la esperanza, y las transmitía a todo el mundo. Y además se ocupaba muy sensatamente de los problemas cotidianos y les buscaba soluciones y aportaba ideas y nos ofrecía dinero para resolverlos.

Con ella trabajé ininterrumpidamente tres años en la redacción de las secciones de política nacional e internacional de la revista, y más tarde, cuando la amada tirana revista desapareció, nuestra amistad era ya tan firme que nada pudo separarnos. Ni la pérdida del proyecto común, ni la distancia que nos separó, cuando ella vivió dos años en México. Y así nuestros destinos volvieron a encontrarse en el momento en que las dos, a la vez, nos trasladamos a vivir a Madrid. Allí pude disfrutar de su generosa y enriquecedora compañía hasta que el destino me la arrebató.

En el pisito de la calle Nápoles casi esquina a Ausias March, vivimos permanentemente durante tres años, desde 1976 a 1979, las mujeres que formábamos el equipo de la revista. Allí compartimos todas la pasión por el proyecto, informamos y participamos en los acontecimientos más importantes que se estaban produciendo en el país, en una época trascendental como fue la de la transición política española.

Acudíamos a primera hora de la mañana al local de la oficina y trabajábamos febrilmente, porque éramos pocas para todas las tareas, pero muy eficaces, y a mediodía salíamos también juntas a comer en el restaurante y regresábamos inmediatamente a seguir fabricando la revista, a recibir a las colaboradoras, las visitas, conectando con las mujeres de varios países, solicitando información del Movimiento feminista de todo el mundo, hasta las nueve o las diez de la noche.

Para todas era muy grato aquel trabajo, y para mis compañeras su única fuente de ingresos, pero yo, que no percibía sueldo, y apenas de las colaboraciones, a pesar de que escribí miles de páginas, las que se pueden ver firmadas en sus números, y tantas otras sin firma, descuidaba por mi dedicación a la revista mi bufete profesional. Mis pasantes resolvían la mayoría de asuntos, pero mi entrega a Vindicación me provocó un gran declive de mis ingresos durante todo el tiempo que duró.

Es difícil describir de forma convincente, en unas pocas líneas, el sufrimiento que me ocasionaron los ingentes trabajos que me tomé a fin de conseguir el dinero que era preciso cada mes para pagar los gastos de la revista. Me levantaba cada mañana, y apenas había dormido agarrotada por la angustia, pendiente de lograr el millón de pesetas mensuales que nos costaba la maquetista, la imprenta, el grabador, el papel, la encuadernación, el mantenimiento del local, la plantilla laboral, las fotografías y las colaboraciones.

Al cabo de un par de meses de que hubiera salido a la calle el primer número, era evidente que yo sola no podía llevar adelante aquel ingente trabajo. Contraté entonces a Ana Estany, para que me ayudara, que era licenciada en Filosofía y la persona que parecía menos idónea para semejante encargo, pero lo cierto es que la escogí a ella más por el deseo de resolverle el problema laboral que sufría, que por el convencimiento de que fuese la persona adecuada para semejante menester.

Pero la principal responsabilidad de la financiación la tenía yo, y la cumplía angustiosamente. Eliseo aportó grandes cantidades, tanto de sus ingresos, entonces más abundantes, como de préstamos y donaciones que consiguió, mientras yo buscaba que invirtieran en la revista un sin fin de personajes variopintos, que jamás tuvieron intención de realizar tal cosa. Lograba citas con banqueros, editores, comerciantes, industriales varios, y les explicaba con gran entusiasmo los objetivos de la revista, sus propósitos, sus éxitos ya indudables, la necesidad de mantenerla, de disponer de un medio de información y comunicación como el nuestro, único en España, y en muchos otros países, que no contaron nunca con una revista como ésa. Aquellos personajes me escuchaban mucho más divertidos con mi apasionamiento e ingenuidad que interesados por el proyecto que les ofrecía, que les resultaba absolutamente insólito e indiferente. Les pedí ayuda económica y préstamos a amigos y clientes, y amigos de amigos y clientes de clientes. Recuerdo la frustrante y hasta desagradable conversación que sostuve con un empresario que me había recomendado una pariente suya, la fotógrafa Marta Sala. Me citó en un restaurante a la hora de cenar, donde celebraba con unos amigos suyos una reunión alegre y jocosa en la que todo el mundo hablaba a gritos y se reía estentóreamente. Aquel personaje, distraído entre brindis y brindis, chistes verdes y alusiones machistas de sus compinches, me permitió que le explicara mi pretensión, en una breve exposición que apenas podía oír en medio de aquella baraúnda. Luego me sometió a un exhaustivo interrogatorio, con tono irónico y mirada despreciativa, sobre la revista, nuestros propósitos y las necesidades económicas que teníamos, para concluir recomendándome que pidiera el dinero en pocas cantidades a muchas personas, en vez de pretender que unos cuantos me diesen varios millones. Y sobre todo que recurriera a las feministas que, por cierto, eran las más interesadas en que se publicara. Con el estómago vacío, que aquella situación no me permitió tragar bocado, y un regusto a ceniza en la boca, la ceniza de mi proyecto prematuramente acabado, volví a casa a seguir pensando cómo salvar nuestra Vindicación.

Porque a las feministas no había manera de sacarles el dinero. La revista costaba cuando salió a la venta ochenta pesetas, ¡ochenta pesetas al mes!, y a todas les pareció cara. Cuando al año siguiente la subimos a cien, las dirigentes y afiliadas de otros grupos feministas se indignaron, y una serie de mujeres de izquierda, sindicalistas, intelectuales, me reprocharon mi poca sensibilidad para con los problemas de las pobres mujeres que no tenían dinero para pagar una revista tan cara. Solo regalándola hubiese quizá merecido su aprobación. Respecto al precio, que no al contenido, como más tarde tuve ocasión de comprobar.

Las dificultades económicas provenían de la falta de publicidad. A pesar de que para nuestro género vendimos más ejemplares que ninguna otra revista feminista que se hubiese publicado en España, ni antes ni entonces, ya que en el año 1977 poníamos a la venta treinta cuatro mil ejemplares, apenas algunas editoriales nos concedieron unos cuantos anuncios. Precisamente la que entonces era secretaria de mi bufete, hoy abogada, Montserrat Fernández Garrido, comenzó a trabajar conmigo buscando anuncios para Vindicación. Montserrat entró en contacto conmigo porque escribió a Vindicación una hermosa carta de apoyo y adhesión feminista que recibió Ana Estany, a raíz de la cual se entrevistó con ella y me la recomendó para que colaborase con nosotras. Pero a pesar de sus esfuerzos, no consiguió los preciados contratos de publicidad y fue mucho más productivo y gratificante para ella que comenzara a trabajar en mi despacho como secretaria, a que prosiguiera su estéril esfuerzo de visitar empresas que lo último que deseaban era anunciar en Vindicación. De tal modo que cuando aquella imposible empresa de conseguir publicidad se reveló imposible, la contraté en mi bufete y de allí se afilió entusiasmada a la OFR y más tarde fundó con nosotras el Partido Feminista, y durante veinticinco años estuvimos juntas, primero como ayudante y después, cuando terminó la carrera de Derecho, que estudió a instancias mías, se hizo cargo de mi gabinete de abogadas hasta que de él se fue en 2003.

Cada número de la revista costaba un millón de pesetas de los años setenta, y con la venta era imposible cubrir gastos, porque el precio, a pesar de las quejas de las “obreristas” que tanto defendían nuestras “compañeras” feministas, era político, es decir, en absoluto correspondía a lo que nos costaba de gastos de producción, personal y administración, cada ejemplar de la revista, sin pretender obtener ni un céntimo de beneficios, sobre todo porque la distribuidora percibía el cuarenta por ciento del precio de venta. Nunca se cubrían gastos, porque fuesen más o menos las ventas, siempre quedaba un déficit. Ya sabemos que la publicidad es la que mantiene los periódicos y las revistas. Tampoco vendimos lo suficiente para equilibrar las entradas y salidas. Cuantos más ejemplares poníamos a la venta, más vendíamos pero también gastábamos más, lo que originaba una sucesión ininterrumpida de pérdidas. En los meses en que distribuimos treinta y cuatro mil ejemplares, vendimos veinticinco, lo que supuso que nos devolvieran nueve mil cada mes. Cuando fueron veinte, y hasta quince mil, en los estertores ya de la vida de la revista, nos devolvían de cinco a tres mil. Cada primero de mes la distribuidora nos comunicaba los que se hallaban en su almacén a nuestra disposición. Y todos esos miles de ejemplares que contenían sesenta y cuatro páginas interiores, impresos en papel offset de ochenta gramos, con portada de doscientos cincuenta, en cuatricolor, y que había costado el trabajo de muchas horas de un mes de varias docenas de personas, ¡todos ! ¡todos! ¡ había que destruirlos! No se si alguien, ajeno o perteneciente a esa profesión, puede imaginar el sufrimiento que significaba ver como un operario del almacén pintaba en rojo los paquetes atados con bramante y después con una carretilla los llevaban hasta una guillotina inmensa que los cercenaba por la mitad. El final era la recicladora que los convertiría en papel de embalaje o cartón o bolsas.

Y nunca fueron tantas las compradoras incondicionales que hubiesen permitido hacer tiradas mucho más grandes y abaratar costes. El equilibrio únicamente lo hubiéramos podido encontrar con cincuenta mil ejemplares de venta, cifra imposible dados los hábitos de lectura de los españoles, y de las españolas en particular.

En los últimos meses, cuando entre Eliseo, Marisa, Jaime, Carmen y yo habíamos agotado todas las fuentes de financiación que estaban a nuestro alcance, intenté diversos acuerdos con otras revistas no mayoritarias para llegar a algún acuerdo de edición conjunta, pensando que una colaboración de medios de comunicación alternativos, como eran los nuestros, sería interesante también para ellos. Ninguno atendió mi oferta. Me recibían con una actitud de condescendencia tanto hacia mi como hacia Vindicación, a la que consideraban despreciativamente como una revista de mujeres. Nosotras tuvimos que cerrarla al cabo de unos meses, los otros concluyeron muy poco después.

Los dos intentos que siguieron a éste para obtener la ayuda solidaria de aquellos que estuvieran interesados en que Vindicación sobreviviera, fueron, primero, lanzar una campaña de suscripciones en la que explicábamos la extrema situación económica en que nos hallábamos. Solo precisábamos cinco mil para salir adelante, y no parecían muchas si teníamos en cuenta que en los momentos peores editamos veinte mil ejemplares. Recibimos en total de toda España ciento veinte, ochenta sólo de Barcelona. Por eso, todavía hoy, tengo que reprimir la respuesta que desearía dar cuando alguna mujer se me acerca para preguntarme por qué cerramos Vindicación, asegurándome que ella sintió mucho su desaparición, ya que le parecía una revista estupenda y absolutamente necesaria para las mujeres, que ella la compraba cada mes y la comentaba con varias amigas, que la había prestado a un sinfín de compañeras del trabajo, que todavía tenía ejemplares que guardaba para dárselos a su hija y recomendarle que la leyera y se la aprendiera de memoria. Y en el desarrollo de su discurso hasta algunas lágrimas se asoman a sus ojos, emocionada al recordar aquellos tiempos en que existía una revista tan estupenda que sin saber por qué, de pronto, desapareció, cuando tantas mujeres estaban dispuestas a seguir comprándola y leyéndola como si fuera las Tablas de la Ley feminista.

En el último intento de salvarla, cuando no tenía más dinero personal que invertir en ella ni a quien pedírselo, hicimos un llamamiento a los grupos feministas, a los partidos de izquierda, y a los sindicatos.

En definitiva, podría decir que esta es la historia de una tonta que soy yo, que quiso impulsar el movimiento revolucionario más novedoso de la historia de España, crear la revista más avanzada del feminismo y confiar en las mujeres valientes y luchadoras dispuestas a cambiar la opresión milenaria patriarcal. No recibimos ninguna ayuda de las dirigentes y representantes del Movimiento Feminista ni del Movimiento Sindical y sí multitud de insultos, de envidias y de zancadillas. Quejosos los partidos y los sindicatos por las críticas que de ellos habíamos publicado, envidiosos los grupos feministas que nunca tuvieron valor suficiente para llevar a cabo una aventura semejante, todos prefirieron que desapareciéramos. Nuestra existencia resultaba demasiado provocadora, demasiado exigente, demasiado lúcida.

Vindicación tenía el tiempo contado desde el momento en que no se alineó con ningún partido, en que no se situó al amparo de ningún poder, en que no obtuvo la financiación necesaria adulando a un grupo financiero o mercantil, repitiendo las consignas de moda y apoyando las medidas represivas del gobierno u ocultando los sucesos escandalosos y hasta sangrientos que todos los días protagonizan diversas instituciones del Estado.

Los tiempos de Vindicación feminista fueron tiempos de trastornos y conmociones múltiples en España. Cambiaba el sistema político y aunque dicho cambio estuviera dirigido por la burguesía y la oligarquía política del régimen franquista, los partidos de izquierda, cuyos militantes habían luchado bravamente contra la dictadura, pretendían tener alguna participación en el reparto de puestos de poder. Los sindicatos, los movimientos sociales, estudiantiles, de vecinos, surgidos en los tiempos represivos esperaban ver acrecentada su influencia en tiempos de libertad, y las mujeres que acababan de salir a la escena pública exigían, por primera vez, la legalización de sus derechos y su cuota de protagonismo.

Pero en el seno del Movimiento feminista no sólo se discutía de política, de elecciones, de reparto de poder, de la situación económica; los colectivos más progresistas querían debatir hasta la raíz todos los problemas humanos. Fue un tiempo vivido con pasión y enormes esperanzas, en el que unos cuantos colectivos- supongo que no muy numerosos a la vista de lo acontecido más tarde- invirtieron todos sus esfuerzos y entusiasmo en llevar adelante ambiciosos e irrealizables proyectos de cambio social.

Y en aquellos años todas las periodistas y escritoras que hoy son números unos colaboraron en Vindicación y aseguraron estar de acuerdo con nuestro ideario. Ningún nombre de las que tienen hoy entre cincuenta y sesenta años, o más, dejaron de escribir para nuestra Revista. Desde Ana María Moix que fue la secretaria de redacción hasta una infantil Rosa Montero, que comenzó su carrera periodística con las colaboraciones que le publicamos nosotras, todo el espectro profesional estuvo en Vindicación. Carmen Alcalde, Marisa Híjar, Ana Estany, Carmen Sarmiento, Empar Pineda, Cristina Garaizabal, Cristina Alberdi, Consuelo Abril, María José Ragué, Carmen Riera, Maruja Torres, Montserrat Roig, Soledad Balaguer, Nativel Preciado, Esther Tusquets, Beatriz de Moura, Marta Pessarrodona, Isabel Clara Simó, Antonina Rodrigo, Magda Oranich, Nuria Beltrán, Dolors Calvet, Trinidad Sánchez Pacheco, las fotógrafas Colita y Pilar Aymerich, la diseñadora Tony Misserachs, (y perdónenme las que olvide) no tuvieron empacho entonces en ser consideradas miembros de pleno derecho del staff de Vindicación. Que por otro lado no había ninguna revista más semejante en todo el Estado. Ni la hubo ni la habrá.

Por todo ello, resulta de una mezquindad inigualable que cuando el jueves 17 de abril se inauguró una exposición titulada “Dones: Camins de llibertad” en el Museu d’Historia de Catalunya en Barcelona, comisariada por Mary Nash y otras cómplices, Vindicación Feminista tuviese un único ejemplar, el dedicado a la Educación, en una vitrina, casi tapado por una decena de panfletitos y revistitas que duraron dos meses, impresas en papel de periódico. Y que Mary Nash me dijera, con el gesto despectivo que me dedicó, que estaba ahí, señalando con una mano, sin dignarse atenderme más. El Partido Feminista de España y el Partit Feminista de Catalunya no existen, ni la OFR, ni la candidatura al Parlamento Europeo, ni la COFEM, mientras La Sal tiene un espacio entero, llenas las paredes de sus pancartas.

Por eso, y porque lo que más les gustaría a las comisarias y al Conseller de Cultura y a la Consellera de Bienestar Social de la Generalitat y a la Directora del Institut Catalá de les Dones, que inauguraron a bombo y platillo la exposición, es que me estuviera callada, no sé si contenta también, y no las molestara, me he tomado el tiempo y la molestia de escribir este resumen, y sólo resumen y muy incompleto, de lo que fue la batalla de Vindicación, y la mía propia, y por eso, os lo envío y os pido la solidaridad que tanto me falta.

Lidia Falcón
Feminista y Abogada

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13/11/2008 GMT -6

Lo que no me ha pasado a mí

lidiafalcon @ 12:50

Público.es
11 Nov 2008
Por Lidia Falcón

Ilustración de Iker AyestaranCuando César Falcón, mi padre –escritor, periodista, director del periódico del Partido Comunista Mundo Obrero y de la emisora de radio que retransmitía las crónicas de la guerra, Altavoz del Frente–, salió de España en marzo de 1939 huyendo de la persecución de las tropas franquistas para exiliarse en Francia y posteriormente en México, nunca creyó que jamás podría regresar a aquel país que había sido su patria durante 20 años y por cuyo progreso había luchado hasta el último minuto.

Cuando Carlota O’Neill de Lamo –hermana de mi madre, Enriqueta O’Neill–, esposa del capitán de aviación Virgilio Leret Ruiz, fue detenida en Melilla dos días después de que su marido fuese fusilado por las tropas facciosas que se habían alzado en armas contra el Gobierno de la República, nunca pudo imaginar que 72 años después, y en plena democracia española, no se habrían investigado y juzgado todavía los crímenes cometidos por los responsables de la dictadura que encabezaba Franco. Tampoco hubiera podido imaginarlo cinco años más tarde, cuando salió de la prisión melillense, viuda, sin conocer siquiera la tumba de su marido, y recogió a sus dos hijas, María Gabriela y Carlota, de ocho y diez años, en el asilo de huérfanos de militares de Aranjuez.

Ni cuando tuvieron que exiliarse en Venezuela, ocho años más tarde, ni ella ni mi madre ni mi abuela, Regina de Lamo, pudieron imaginar, terminada la II Guerra Mundial y abandonada España por las potencias democráticas a los horrores de la dictadura, que en 2008 la Audiencia Nacional española, ya en democracia, impidiese que los descendientes de las víctimas buscasen los restos de sus antepasados, tirados en las cunetas de las carreteras y en las peñas de los montes, como si de perros abandonados se tratase.

Las décadas han transcurrido, indiferentes al sufrimiento de las víctimas de la represión franquista: 200.000 desaparecidos, 250.000 fusilados, 600.000 encarcelados, un millón de exilados (en proporción a su población, 22 millones de habitantes, España es el país con más pérdidas humanas derivadas de una guerra civil). Durante los interminables años de la dictadura, luchábamos por sobrevivir y acabar con aquel infame régimen que se prolongó más que ningún otro régimen fascista europeo, pero al fin conquistamos toda la democracia que nos dejaron, y desde entonces, otros 30 años más, estamos exigiendo que se reconozca la injusticia de los juicios espúreos que se celebraron manu militari y que acabaron con el fusilamiento o la prisión de miles de personas, por sus actividades políticas o sindicales. Que se investigue el paradero de los miles de desaparecidos, que se indemnice a las víctimas o a sus herederos.

Nada de esto se ha producido todavía, a pesar de la esforzada labor que durante 20 años han realizado particulares y asociaciones en reclamación de la verdad, de la justicia, de la dignidad. En este año 2008, el auto del juez Baltasar Garzón iniciando diligencias para investigar los crímenes del franquismo había dado un poco de esperanza a los solicitantes, pero los ilustres magistrados de la Audiencia Nacional, tan parecidos a aquellos que juzgaron la represión desde el Tribunal de Orden Público, se la han quitado. Los franquistas siguen rigiendo la justicia española.

En España, los franquistas, que siguen detentando los bienes de los que se apropiaron, continúan inundándonos con los mismos gritos destemplados de siempre, con su inaudita falsificación de la realidad, con sus burlas del genocidio que perpetraron, con su desprecio por los sufrimientos de un país que perdió en tres años el más consciente movimiento obrero, las mejores cabezas de la intelectualidad, la magistratura, el profesorado, la universidad, la investigación, los dirigentes sindicales y políticos, que fue sepultado en la miseria económica y moral durante medio siglo. Perdida la Guerra Civil, perdimos también la II Guerra Mundial, y por tanto nuestro destino no fue el de las potencias aliadas, pero tampoco el de la Italia fascista. Aquí quedamos los españoles hundidos en el pantano de corrupción y crimen de la dictadura, y después, cuando se celebró el nacimiento de una democracia modélica, y durante otros 30 años más, ni siquiera nos permitieron recordarlo. Por ello, la mayoría de los descendientes de las generaciones que la soportaron ignora la verdadera horrible realidad de aquella etapa.

Lo más demoledor de la historia española es que no solamente los herederos de los franquistas niegan la represión que ejerció su apreciado régimen, sino que los que no la vivieron directamente la minimizan. Las obras que se han publicado, las películas que se han filmado, los reportajes que se han realizado, no reflejan en todo su horror lo que fue la vida cotidiana, la lucha de los resistentes antifranquistas, la brutalidad y sordidez de las prisiones, la miseria del pueblo, los actos de tortura que se producían constantemente en las comisarías y cuarteles contra todo disidente o simplemente sospechoso. Porque los muertos no hablan, los exiliados lo hicieron allende los mares, los que quedaron aquí silenciados no pudieron dar testimonio de la profundidad de la destrucción de nuestra condición humana.

Por eso es posible que los que no se enteraron de la verdadera miseria de nuestra vida consideren que no vale la pena remover las historias del pasado, porque piensan que lo que no me ha pasado a mí no le ha pasado a nadie. Por eso es posible que sigan oyéndose todavía más altos los gritos fascistas que los de las víctimas.

Lidia Falcón es abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España

Ilustración de Iker Ayestaran

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06/08/2008 GMT -6

"El terror del qué dirán sigue vigente en la calle"

lidiafalcon @ 11:34

Conserva la misma rebeldía que heredó en sus genes, un aire que le lleva a hablar de manera huracanada, vehemente. Con franca sinceridad y un punto de nostalgia, revisa los dos amores de su vida: el feminismo y el comunismo por los que ha luchado toda su vida

Lidia Falcón - Foto de Zigor Alkorta

DEIA.com
22 Abril 2007
Por Jon Mujika/Bilbao

Hija de un líder comunista -César Falcón- y nieta de anarquistas, antecesores fusilados, por sus manos pasaron los ladrillos de la fundación del Partido Feminista de España y los grilletes de la cárcel, debido a su febril actividad antifranquista. De aquella mujer rebelde que renegó de la falda hasta el tobillo y la pata quebrada, aún queda mucho. El paso del tiempo apenas le ha robado vigencia.

A los 16 años era madre casada y a los 20 años se puso a estudiar tres carreras...¿La vida al revés?

Es verdad, hice lo contrario. Pero en aquellos días no había más futuro ni más presente para una mujer que casarse y tener hijos. Yo lo hice buscando salir de casa y vivir una vida adulta que no podía.

¡Fuga fracasada!

Me casé embarazada. Yo follé cuando estaba prohibido hacerlo con 16 años. Si hubiese sido convencional, hubiese paseado con mi novio del brazo y hubiese esperado, como cualquier otra. Pero estaba enamorada hasta las cachas. Hoy no hubiese vivido aquel drama de la clandestinidad del amor. Para mí aquello era una tentación terrible.

Un cuento demasiado clásico, siendo tan revolucionaria...

Era tonta porque a esa edad sólo se puede ser eso, pero una tonta rebelde. No podía soportar el ambiente cerrado y opresor al que estábamos condenadas las chicas. El terror máximo era el qué diran los vecinos. Ese miedo a la opinión del otro sigue vigente, con algunos matices.

El activismo le despertó en la Universidad...

¡Qué va! Mi activismo es algo genético y aprendido, lo heredé de mi familia y desde que abrí un ojo vi en primera persona la represión. Desde pequeña tuve ese acervo cultural y político. La universidad de la época apenas me dio nada. Era una universidad fascista. Trabajaba por el día y estudiaba por la noche. Fue la parte de mi vida más dura y en la que tomé mayor conciencia aún...

¿Quién mató aquel feminismo?

Nada ni nadie. Sigue activo.

Hay quien acusa al dinero y a la sociedad del bienestar...

Pongamos que se ha amoldado a los tiempos de hoy y se ha hecho más moderado porque hemos conseguido mucho. Hubo avances espectaculares en muy pocos años, pero partíamos de la situación más desigual de toda Europa. Todo eso supuso una larga lucha y quizás hoy haya menos activismo. Hay un relajarse del movimiento pero la igualdad legal no se ha aplicado en la calle. Si la violencia de género ha desaparecido, qué venga Dios y lo vea.

Hoy se maltrata igual que ayer...

No había tantos asesinatos de mujeres; era una violencia más sistemática, más aceptada socialmente. El marido pegaba a la mujer y algunos jueces llegaban a decir que dos no discuten si uno no quiere.

¿Cree que la aparición de estos casos en los medios provocan un efecto dominó?

De eso nada. Si nos aparean y nos violan y nadie se entera, apaga y vámonos. Los medios han hecho mucho por esta causa.

¿Cómo contempla al comunismo de hoy en día con respecto al que vivió?

En España está, si no muerto, sí adocenado. El capitalismo ganó la mano con un póquer consumista increíble: la gente compra con aparente necesidad una serie de tonterías inútiles y se cree la utopía del estado del bienestar.

¿Qué enemigo le mató?

De dentro y de fuera. Carrillo, por el deseo de ser ministro, hizo mucho daño. Nos vendió a una bandera, un himno y una monarquía que no eran los nuestros.

¿No se vive mejor?

¿Quién; los inmigrantes, los que viven de una hipócrita Ley de Dependencia? Parte de este progreso es falsa ilusión.

LA PROTAGONISTA

EFECTOS PERSONALES

· Edad. 71 años

· Lugar de nacimiento. Madrid.

· Familia. Se casó con 16 años y a los 20 estaba divorciada y con dos hijos.

· Carrera profesional. Fue fundadora del Partido Feminista de España y la Confederación de Organizaciones Feministas del Estado español. Es autora de más de 40 obras.

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12/07/2008 GMT -6

Ninguneo del PSOE - Breve comentario sobre las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno

lidiafalcon @ 22:16

elPeriódico.com
10 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno con motivo del 30° aniversario de la creación de la Secretaría de Igualdad del PSOE constituyen un inaceptable agravio comparativo del movimiento feminista. Hace más de 30 años que las españolas se organizaron para enfrentarse al patriarcado en numerosos grupos y lucharon contra la reacción que en España se oponía a todo avance. En aquel momento ni María Teresa Fernández de la Vega ni muchas de las socialistas que citó en su discurso se encontraron en las jornadas, manifestaciones, asambleas ni encierros que tuvimos que organizar para defender nuestros derechos. No ha sido ni el PSOE ni su Secretaría de Igualdad ni el Instituto de la Mujer los que difundieron el feminismo en España. Por el contrario, gracias al movimiento feminista, y al Partido Feminista, es como se ha logrado que ese partido se haya decantado por un tibio feminismo y se hayan creado esas instituciones que tan timoratamente trabajan por las mujeres, y que sin nuestra lucha no hubieran existido. Hora sería que tanto De la Vega como el PSOE nos dieran las gracias, en vez de ningunear con prepotencia nuestra lucha.

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09/06/2008 GMT -6

Cuando los hombres juegan

lidiafalcon @ 23:30

ELPAÍS.com
14 Jun 1985
Por Lidia Falcón

La catástrofe de Bruselas, en la que perdieron la vida varias decenas de hinchas de fútbol, sólo se explica, según la autora de este artículo, como un resultado del machismo internacional y de la cultura machista, fomentada por los Gobiernos de todo tipo.

Nunca sabrá Margaret Thatcher el favor que ha hecho -sólo existiendo- al machismo internacional. Entre las muchas interpretaciones que he leído y oído sobre la masacre de Bruselas, la de un amigo inglés, según él de ideología anarquista, me parece la más curiosa. Para él, la causa de la causa es Margaret Thatcher, con su política derechista, que ha llevado al país al paro, a la frustración y a la pobreza, impulsando a la violencia a los jóvenes desesperados que sólo pueden ejercerla en los estadios de fútbol. De nada sirvieron mis intentos de recordarle que la pasión futbolística impulsó a los hinchas de diversas nacionalidades a cometer desmanes varios -con sus secuelas de muertos y heridos- en Brasil, México, Italia, Barcelona y muchos otros países, antes de que se vislumbrara en el horizonte histórico el reinado de la Thatcher. Tampoco le sirvió de reflexión el evidente hecho de que Margaret Thatcher ocupa el sillón del primer ministro gracias a la voluntad popular, mayoritariamente volcada en entusiástica elección por dos veces consecutivas, sobre todo después de la victoriosa guerra de las Malvinas. Y que parece bastante demostrado que los autores materiales de los vandálicos hechos pertenecen precisamente a la línea ideológica más derechista del país, que no manifestaban en Bélgica precisamente su frustración izquierdista. Esta extraña polémica se desarrollaba a partir de mi comentario de que los sucesos de Bruselas constituían la más clara manifestación del machismo. Mi interlocutor, a pesar de ser inglés, reaccionó con, el mismo orgullo herido que otros españoles ante mis palabras. Y encontró la más feliz respuesta: si la responsable máxima del país es una mujer, y en consecuencia de los actos de sus súbditos -y podía haber añadido que dos, puesto que la Reina de Inglaterra, de Escocia, del País de Gales y del Ulster es la cabeza máxima del Estado-, ¿dónde situamos el machismo?

Ninguno de mis opositores -ni otros tantos que han escrito sesudos artículos sobre la tragedia- ha querido entrar en mayores honduras. Ninguno de los comentaristas que he leído, amén de criticar a los grupos fascistas que organizaron el ataque, quiere recordar que ellos mismos han sido transmisores de la corriente intelectual que ha decretado hace tiempo la muerte de las ideologías de izquierdas. Pragmáticos de toda la vida, liberales decimonónicos, arrepentidos comunistas y aguados socialistas, están todos de acuerdo en rezar el último responso por las declaraciones de principios, por la ética y la educación revolucionarias. La revolución ha muerto, ¡viva la adaptación!- La adaptación al medio en vez de la lucha contra la caduca pero inmensa fuerza de la inercia. De la inercia de la ignorancia, de la superstición y del atraso. ¡Vivan las cadenas! vuelve a ser un grito popular, pero hoy, ¡helás!, apoyado por los intelectuales de todo el arco de la izquierda.

Hasta hace algunos años, las exigencias morales, la educación social, el sacrificio individual por la revolución, constituían un ideario considerado ejemplar, y los individuos que lo seguían y lo defendían merecían el respeto de los demás. Hace 45 años se perdió una guerra en España y se ganaron otras en diversos países, por intentar sustituir el viejo y sangriento orden del ancienne régime por el progreso, "esa palabra buena y dulce", como la definía Victor Hugo. Después triunfó el éxito capitalista, la competitividad, la iniciativa privada, la televisión, las hamburguesas, los coches deportivos, el vídeo, la novela negra, la pornografía, el elogio de la prostitución y el fútbol. Todo ello para los hombres, por supuesto. Para las mujeres el triunfo se mide en razón de los kilos de peso, los maquillajes, la estatura y el dinero del marido y el número de hijos.

Ideales nazis

Y resulta que, después de tanta guerra, los ideales nazifascistas fueron muy similares. Cocina, hijos e iglesia para las mujeres, y militarismo, heroísmo y deporte para los hombres. Elevado el fútbol a categoría de religión nacional, alentados los jóvenes y los adultos varones a entusiasmarse, a participar y hasta a matar y morir por el triunfo de los colores patrios, en vez de dedicarse a la funesta manía de pensar o a la peligrosa participación política en los asuntos del país, no comprendo cómo los Gobiernos se escandalizan y asombran de lo acaecido en el estadio de Bruselas.

Ninguno de esos Gobiernos -ni los anteriores durante varias generaciones- ha aportado un céntimo para que los jóvenes se olvidasen de los nombres de los delanteros y guardametas y aprendiesen los de los filósofos, los dirigentes sindicales y los escritores que predican la solídaridad humana, la igualdad entre el hombre y la mujer, la lucha contra el racismo y la igualdad entre las clases. Franco, Mussolini y Hitler elevaron el deporte a la más noble -después de la guerra- de las actividades masculinas; bien pocas mujeres han destacado en deporte alguno durante los imperios fascistas. Aceptando la máxima de que el pueblo está contento con pan y circo, dieron algo de pan y mucho de circo. Se equiparó el triunfo de un equipo de fútbol a la victoria sobre el ejército enemigo, y la derrota debía convertirse en motivo de luto nacional.

Años más tarde, nadie se atreverá a corregir tan sabias disposiciones para mantener entretenidos a los hombres, sin más riesgo que para ellos mismos. Dirigentes socialistas y comunistas hay que acudieron a recibir en loor de multitudes a los vencedores de un campeonato de fútbol desatendiendo las entrevistas programadas con los vecinos de la ciudad, que llevaban años intentando exponer sus quejas a alguna autoridad competente. Socialistas hay que exhiben como una demostración de su fidelidad nacionalista el carné del club de fútbol que hace patria. Intelectuales conozco que se avergonzarían de hacer profesión de fe anarquista, comunista o feminista, que se burlan de la militancia, que sonríen con desprecio a los pocos que quedamos en esta solitaria lucha por un mundo mejor y que, en cambio, hacen gala de sus conocimientos en materia futbolística.

Ningún padre intentará contrarrestar la afición a la pelota de su hijo, ninguna madre se atreverá a oponerse a la semanal asistencia al partido en la que el padre de familia, a veces con los hijos varones, gasta lo que ella necesita para comprar la comida de todo el mes. Ninguna escuela se atreve a difundir un discurso menospreciativo sobre el deporte nacional. Ningún párroco predicará contra la absurda competitividad y el gasto de los clubes futbolísticos, la brutalidad del boxeo, la crueldad de los toros, o la violencia del rugby, mientras se desgañita clamando contra la inmoralidad del divorcio y del aborto. Ningún Gobierno presupuestará más dinero para ayuda a bibliotecas, a museos, a teatros, a editoriales y a universidades que al deporte. Miles de millones pagamos todos los ciudadanos a los clubes privados de fútbol por sus pérdidas anuales, incluso los que como yo lo detestamos, miles de millones que jamás irán a parar a las exhaustas arcas de la asistencia social. En todos los países democráticos se ha dispuesto instalar vallas metálicas -y pronto serán electrificadas para mayor eficacia-, rejas, alambradas y jaulas para separar a los hinchas de los jugadores y de los contrarios, como si de leones se tratase. Todos han sido unánimes en achacar la matanza a "las pocas medidas de seguridad" de que disponía el campo de Bruselas, y a la escasez de policías que actuaran contundentemente. Todo hubiese quedado resuelto si los policías hubiesen apaleado, pateado y disparado contra los hinchas. Y como todo el mundo está de acuerdo en este punto, ahora pagaremos más dinero para instalar vallas metálicas y fosos acuáticos en los estadios y situar cada día de partido milicia especial con equipamientos modernos, botes de humo, mangueras de agua, pelotas de goma, cascos, botas y fusiles. Dinero y más dinero para controlar la violencia que previamente han desatado, desde la cuna, los rectores de la sociedad, que han criado complacientemente los maestros, los padres, que han difundido los sacerdotes y que han aprobado todos los poderes: el político, el religioso, el cultural. Cultura machista, en una palabra, que, como la violencia contra la mujer, la guerra y el deporte, conforman la tríada de valores masculinos que un hombre que si estime debe desarrollar, potenciar, defender y exaltar.

Valores morales

Cuando los valores universales de la moral cotidiana exigen que una mujer sea femenina y un hombre macho -y todavía muchas mujeres repiten con orgullo esta distinción entre sus evidentes cualidades como mujer y la execrable opción feminista-, cuando la educación se basa en la distinción entre las cualidades de la paciencia, la dulzura y la sumisión que las mujeres deben desarrollar -puesto que son "innatas" en ellas- desde la cuna, y el valor, la agresividad y la defensa del honor propio y patrio que son distintivas del varón; cuando el entusiasmo de los hombres, desde la niñez, se encamina hacia la obsesión futbolística, desviándolos de tentaciones tan peligrosas como la militancia revolucionaria, el estudio de la filosofía, la lectura de los autores clásicos, el cuidado de los animales, la defensa de la ecología, la lucha sindical o el movimiento por la paz; cuando hasta los partidos comunistas organizan festivales rock y punk para atraer a los jovencitos, hastiados de los rollos morales que los carrozas de siempre prodigaron años atrás; cuando el honor nacional exije que los aficionados se reúnan para animar a su equipo a lograr la victoria contra su rival, con la misma pasión que los defensores de la patria frente al invasor, ¿a qué viene tanto asombro, tanto duelo, tanta hipócrita plaftidez ante los sucesos de Bruselas? Y si después de todo se jugó en el máximo campo todavía húmedo de sangre, estoy segura de que en Italia muchos habrán pensado que al fin y al cabo valía la pena, porque ¿qué importan 41 muertos y cientos de heridos, si se gana el partido?

 

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06/06/2008 GMT -6

Simone de Beauvoir y su época

lidiafalcon @ 02:04

elPeriódico.com
25 Mayo 2008
Por Lidia Falcón

Francia exhibe, con su conocida pomposidad, su reconocimiento a Simone de Beauvoir, de cuyo nacimiento se cumplen 100 años, en una serie de actos de homenaje que ocuparán todo el 2008. No cabe duda de que se lo merece. Simone fue una magnífica escritora, y este mérito se suele esconder al destacar sus ideas feministas, que se consideraron rompedoras dada la época en que ella escribió. Nos hallábamos en la posguerra europea y con el viento de muerte de la segunda guerra mundial se habían enterrado las grandes teorías feministas y liberadoras de la última mitad del siglo XIX y la primera del XX. Si no hubiera sido por el cataclismo que supuso la contienda, Simone y su obra no hubiesen podido ser consideradas tan revolucionarias. La Europa de los años 40 y 50 había olvidado las teorías de Saint-Simon y Fourier y los experimentos de Owen, con sus falansterios y sus fábricas cooperativas, y, por supuesto, la sacrificada labor de Flora Tristán, y en plena guerra fría no quería ni oír hablar de la obra de Alejandra Kollöntai, con su hermosa defensa del amor libre y del amor juego, en la construcción de una sociedad soviética igualitaria y feminista. Pero no solo en los países que habían llevado a cabo sus revoluciones floreció un pensamiento rebelde a las convenciones burguesas que asfixiaban a las mujeres, que pervertían el amor y que consignaban la propiedad privada de los hijos a favor del padre.

España, desde Concepción Arenal, en el siglo XIX, ve la eclosión de escritores y políticos que tratan con liberalidad el grave problema de la sujeción de la mujer a las normas religiosas y conservadoras más asfixiantes. Y en esta hermosa labor de denuncia y de rebeldía contamos con muchas mujeres que se atrevieron en la España retrógrada heredada del infausto reinado de Fernando VII a opinar, a escribir y a defender públicamente las ideas liberales, anarquistas, feministas y comunistas que exigían la igualdad entre el hombre y la mujer, y que denunciaban, con enorme valor, las terribles injusticias que se cometían en nuestro país contra la mitad de la población. Desde Regina de Lamo, mi abuela, que nació en 1870 y cuya labor cooperativista y feminista quedó olvidada bajo el terror fascista, hasta Margarita Nelken, el plantel de políticas y escritoras que en España teorizaron con buen sentido y visión vanguardista sobre los retos del feminismo es enormemente abundante para un país que a finales del siglo XIX tenía un índice de analfabetismo del 80%. Emilia Pardo Bazán, Victoria Kent, Clara Campoamor, Carlota O'Neill, María Telo son algunos de los muchos nombres que deberían ser motivo de homenajes y reconocimientos en nuestro país, por su obra literaria y ensayística y por su dedicación a una de las tareas más justas en beneficio de toda la humanidad: la igualdad entre todos los seres humanos. Carmen Karr y su revista Feminal plantearon en Barcelona todos los temas del feminismo que se desarrollaron después, y mucho más avanzadas que Simone de Beauvoir, en su formulación de las ideas feministas, fueron Federica Montseny, Regina de Lamo y Carlota O'Neill.

Pero España no les rendirá el homenaje que Francia está brindando a Simone. Porque España se caracteriza por su cainismo, tan dolientemente denunciado por Unamuno. Aquí antes reconoceremos el mérito de un extranjero que el de un español, y mucho menos el de una española. Así ha sido posible que en la exposición que se ha organizado en el Museo de Historia de Catalunya, sobre Dones: camins de llibertat, aparezcan Christine de Pisan y Olimpia de Gouges y las sufragistas inglesas y americanas, y no se dedique ni un párrafo a la revista Vindicación Feminista ni al Colectivo Feminista y el equipo de heroínas que la llevamos a cabo con bastante más peligro y esfuerzo que el que hubo de invertir Simone de Beauvoir en la elaboración de su obra. Por supuesto, las teorías feministas que se formularon en España entre los años 60 y 90 del siglo XX superan con mucho los tímidos intentos de El segundo sexo, pero no han tenido acogida en esa exposición, en la que tanto el Colectivo Feminista como el Partido Feminista y la Organización Feminista Revolucionaria, como mi obra La razón feminista, han desaparecido de la historia de Catalunya, allí donde nacieron y se desarrollaron con el ímpetu y la riqueza de pensamientos y contenidos que en esa época contuvo el feminismo.

Hay que añadir que en España las ideólogas y escritoras no solo escribían, sino que se arriesgaban a llevar a la práctica sus teorías. Y, así, fundaban revistas que se ocupaban de todos los temas de la actualidad del momento, con una riqueza de información escrita y gráfica que otras muchas no poseían, y creaban grupos y partidos y se presentaban a elecciones, contra toda posibilidad, invirtiendo en tales propósitos sus escasos recursos económicos, su tiempo, su energía y su pasión. Experiencias que nunca llevó a cabo Simone de Beauvoir, siempre protegida por el entorno familiar y clasista y la inmensa presencia de Jean-Paul Sartre. Pero ni Carmen Alcalde, ni Marisa Híjar, ni yo, ni Vindicación Feminista, ni el Colectivo Feminista ni el Partido Feminista, recibiremos nunca los homenajes que se le tributan a Simone. Para eso tendríamos que ser francesas.

 
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01/06/2008 GMT -6

Entrevista a Lidia Falcón O'Neill: “Cada paso progresista que hemos dado ha supuesto una renuncia para las mujeres”

lidiafalcon @ 23:53

Revista Pueblos
7 Mayo 2008
Por Aloia Álvarez Feáns*

Nieta de anarquistas e hija de una feminista y un líder comunista, esta mujer lleva el inconformismo en los genes. Militó en el Partido Comunista, del que salió más que defraudada para fundar el Partido Feminista de España, hoy integrado en la Confederación de Organizaciones Feministas del Estado. Es licenciada en Derecho, Periodismo y Arte Dramático, doctora en filosofía y autora de 36 libros entre novelas, ensayos y obras teatrales. De personalidad arrolladora, valiente en sus posicionamientos, vehemente en la defensa de sus ideas, pero sobre todo de izquierdas y revolucionaria, una especie en extinción. Conversamos con Lidia Falcón, la última feminista.

Al fin estaba sola es el título de tu última novela, la historia de una mujer que en la Barcelona de los años 70 se debate entre la lucha por unos ideales revolucionarios y su propia “batalla” familiar. ¿Qué te ha llevado a escribirla?

Mi objetivo era recordar nuestra historia, sacar a la luz las penalidades que han sufrido las generaciones anteriores a la nuestra, la lucha clandestina en la dictadura y los penosos cambios que se han sucedido en el país desde la Transición y la supuesta llegada de la democracia. La protagonista, que no soy yo, puesto que no es una novela autobiográfica, vive este periodo sintiéndose marginada en el partido, en la sociedad, en la familia...

¿Y qué sentiría ahora? ¿Cuáles son los avances que se han dado en la situación de las mujeres desde la Transición?

Los avances han sido enormes en comparación con la situación durante la dictadura, por supuesto. La lucha feminista de la Transición fue definitiva para lograr la igualdad jurídica (hay países supuestamente democráticos que no la tienen, como Estados Unidos), que luego hemos avanzado en todos los cuerpos legales: civil, penal y laboral. La participación de la mujer en el mercado de trabajo ha subido 70 puntos: en el año 1967 el porcentaje de mujeres en la llamada población activa era del 13 por ciento, el mismo que en Turquía. Cuarenta años después (aunque las cifras de ahora tampoco son fiables) esa cifra alcanza el 63 por ciento. Teniendo en cuenta que hemos subido 50 puntos, claro que éste es un cambio extraordinario. Además, los sueldos de las mujeres eran una basura, y las diferencias salariales eran enormes entonces, por ley se podía pagar menos a una mujer. En el 1960-61 aprueban la Ley de Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la Mujer, que establecía la igualdad de salario para el mismo puesto de trabajo pero con igual rendimiento, lo que permitía volver a aprobar convenios colectivos en los por la misma categoría profesional las mujeres cobraban un 20 por ciento menos. Y eso estaba regulado legalmente, hoy eso es ilegal. También es evidente que la vida de la mujeres de hoy ha cambiado mucho, la presencia en la calle, en la sociedad, antes estábamos ahogadas por las convenciones sociales, los prejuicios... Ahora bien, ¿nos vamos a conformar con esto? Siempre hay algo peor, y si nos comparamos con Afganistán, claro, no hay nada que decir. Aquí estamos presumiendo de que España es la octava potencia industrial del mundo, pero si comparamos nuestras cifras con las del resto de Europa, estamos a la cola. Tenemos el colectivo de amas de casa más grande de toda Europa (5 millones y medio). Además, los trabajos peor pagados, el temporal, el contrato a tiempo parcial y el trabajo a domicilio son trabajos femeninos en el 80 por ciento, con sueldos misérrimos, sin seguridad... Si contamos que las diferencias salariales se estancan en el 30 por ciento de media y que el paro femenino dobla al masculino, la posición de España en este ranking de los países industrializados es penosa. Y además no vamos a salir de ella, porque la estructura económica de nuestro país no admite a más mujeres en el mercado de trabajo. La estructura económica internacional es patriarcal y bascula sobre la familia y el trabajo de la mujer en ella: hay que cuidar a los niños, a los ancianos, y aquí no hay estructura social para hacer esto, nadie va a sustituir a las mujeres. Por eso tenemos la natalidad más baja del mundo.

Parece, sin embargo, que el movimiento feminista ha perdido fuerza. ¿Cómo ves a las mujeres de hoy?

Muertas, drogadas, anestesiadas... lo que es consecuencia también del avance del feminismo. Avanzamos 50 años en 5 ó 10, desde que muere Franco en el 75, fecha emblemática por el Año Internacional de la Mujer, hasta el 85, que es cuando se aprueba la Ley de Despenalización del Aborto. Son 10 años capitales para que consigamos la igualdad legal y la entrada de las mujeres en el mercado de trabajo en una proporción muchísimo mayor. Todo esto cambia el panorama de la situación social y laboral de la mujer, cultural, y en menor medida familiar. En los capítulos de amor, sexualidad y familia es en el que menos ha cambiado, aunque lo parezca. Pero sí, socialmente hablando, la entrada de las mujeres en el mercado de trabajo, la visibilidad de ciertas mujeres en puestos de relativa importancia... se hace a partir de entonces. Y eso lleva a la desmovilización del movimiento. Por un lado, organizaciones que reclamaban reformas concretas, al conseguirlas se disuelven. Y luego sucede un efecto perverso a través de la estructura política de partidos, porque aquellas otras, sobre todo las dirigentes con capacidad que quieren hacer carrera política, saben que en el movimiento feminista no la van a hacer y rápidamente se integran en los partidos políticos. Muchas, algunas de buena fe, creen que quizás puedan hacer mas por el colectivo desde los partidos políticos. Después está la estrategia política y social de los gobiernos y los partidos dominantes, especialmente la socialdemocracia, en toda Europa, que crea artificialmente una serie de asociaciones supuestamente de mujeres que en realidad son la correa de transmisión del partido para la captación de voto y la implantación social de sus programas. A estas asociaciones les derivan cientos de millones de los fondos del Estado a través de la Ley de Subvenciones. Con eso tienes garantizadas dos o tres cosas: la inmediata es que se presta un servicio social mucho más barato que el que tendría que prestar el Estado, exige un trabajo y un rendimiento que no se puede dar, y así se ha destruido el ímpetu que las asociaciones de mujeres tenían al principio, estas asociaciones se convierten en nichos de empleo, miserable, mal pagado, pero se finge que así están cubiertos unos servicios sociales. Luego están los objetivos ocultos, estas asociaciones son correas de transmisión del partido que las paga, se convierten en las venas por las que circula la propaganda del partido y naturalmente así se margina a todo el movimiento feminista. El trabajo dominante es el que hacen estas asociaciones, que son del Partido Socialista y alguna del PP. En lo que se han convertido las militantes feministas es en meras funcionarias, que plantean que mas allá de ellas no hay nada. Si el movimiento no se opone al poder no es movimiento. Entonces quedamos las del movimiento feminista, marginadas, sin dinero... El movimiento feminista se ha vendido. Sobre todo desde que Zapatero ganó las elecciones y aprobó algunas leyes, el movimiento feminista considera que no se puede reclamar nada más y que lo que hay que hacer es alabarlo.

Supongo que te refieres a la Ley de Dependencia, la Ley de Igualdad, la Ley Integral contra la Violencia de Género... Háblanos de ellas.

Son puro maquillaje, promesas huecas, un soufflé que cuando lo pinchas se deshace y sólo queda un charquito de agua. La Ley de Igualdad..., ¿pero no tienen que hacer las guarderías aún? Y entonces, ¿qué van a hacer los hombres? ¿Dejar su trabajo, cuando cobran un 20 o un 30 por ciento más? ¿Esto es sensato? ¿La Ley de Igualdad consiste en dar 15 días de vacaciones al padre? Parece mentira la falta de criterio, el cinismo de la gente, porque las dirigentes socialistas avanzan esto como los grandes logros de nuestro país. ¡Si es lo más barato! Hacer una ley es lo más barato: tienes un comité que redacta un proyecto, pasteleas con un partido y con otro y luego lo publicas en el BOE, la inversión es mínima. ¿Y después que? Nada, porque a la gente de este país parece que le ponen anestesia en vena cada mañana...

El número de muertes por violencia machista no deja de aumentar en nuestro país. ¿Cuáles son los factores que explican esta progresión?

El fenómeno del aumento de la violencia contra las mujeres es también producto directo de los avances, aunque sean pequeños, del feminismo. Es la guerra. En los últimos 10 años 850 mujeres han sido asesinadas, pero nunca se cuentan todas juntas. Lo vergonzoso es que cada 1 de enero se pone el contador a 0. Cuando se habla de las víctimas de ETA siempre se suman, en 40 años: 800 muertos... Nosotras tenemos 850 (y seguro que nos quedamos cortas) en 10 años. Ésta es la reacción exacta contra el feminismo. La mayoría de las asesinadas han intentado separarse, se han divorciado, o han querido dejar al “personaje”. En el momento en el que el feminismo avanzó y consiguió el divorcio y fue dándoles la conciencia a las mujeres de que podían romper esas cadenas, un sector de hombres no lo puede consentir y así la violencia llega al extremo. Y se habla del asesinato porque es lo más terrible pero de los 2 millones de mujeres sistemáticamente apaleadas que hay en este país se habla muy poco. De hecho, los cálculos oficiales son detestables, el número real de las asesinadas es también mucho mayor. Una compañera feminista sueca se sorprendió hace poco de que el número de muertas en España fuese proporcionalmente mucho menor que en Suecia. A nosotras nos dejó muy desconcertadas así que lo comprobamos y vimos que la manera de contar no es la misma. Nosotros no contamos a las que mueren meses después de la agresión por las heridas sufridas, ni a las suicidadas, ni a las que mueren por causas naturales a consecuencia de un maltrato prolongado...

¿Y la violencia psicológica?

Esas, todas. Mira, tuve una bronca con unas compañeras porque me dijeron: “2 millones, eso es mucho, tú cuentas también el maltrato psicológico, ¿no?”. Todas nosotras hemos sido maltratadas psicológicamente en el algún momento de nuestra vida, y la que diga lo contrario, miente. Por el marido, por el novio, el amante, el hermano, el vecino, el jefe de la empresa, el compañero de trabajo y por cualquiera en el metro. ¡Pero hombre! Son unas inconscientes... Y ahora salir a la calle quizás es menos arriesgado, no en cuestiones de seguridad, pero sí en el soportar el chiste, el piropo, el tocamiento...

¿Y si hablamos de inmigración? Los datos sobre violencia machista entre la población inmigrante son destacados por los medios de comunicación constantemente. ¿No crees que la prensa está contribuyendo a estigmatizar a todo el colectivo? En la prensa no dejan de destacar que de las mujeres asesinadas por violencia machista una gran proporción (el último año un 40 por ciento) corresponde a población inmigrante...

Sí, pero no todos los asesinos lo eran! Creo que de ese 40 el 20 o el 30 eran españoles. ¿Estigmatizar? Ya sabemos que la situación de la mujer en esos países todavía es peor, esta más aplastada, más sometida. Por otro lado, no se hace nada para que los valores universales de respeto a los Derechos Humanos penetren en esas comunidades, al contrario, les interesa mantenerlas en guetos. Además, ahora, bajo la defensa, que me indigna, del multiculturalismo van a permitir el velo en todos los colegios, y están contratando imanes para que den clase de religión islámica en las escuelas. Y ahora María Teresa Fernández de la Vega se está poniendo de acuerdo con el Consejo Islámico Nacional para ver cómo se paga a los profesores. ¡No teníamos suficiente con pagarle a los curas! Es el disimulo del falso respeto a las culturas y las religiones. Y esto les va muy bien, porque la religión es uno de los instrumentos de dominación de la gente y de opresión de la mujer... Mira, cada paso progresista que hemos dado ha supuesto una renuncia para las mujeres... Estamos luchando porque no se haga la ablación del clítoris de las niñas, ahora hemos conseguido que sea delito practicarla incluso fuera de España, lo que pretendemos es que se ponga en práctica... Por no hablar de que el maltrato en estas comunidades, sobre todo de religión islámica, a la mujer es horroroso. Las casan a los 14 años, y los gitanos también, y nadie lo impide. La última muchacha gitana asesinada tenía 18 años y 5 hijos...

De todos modos a nosotras nadie vino a decirnos desde ninguna sociedad presuntamente “superior” que teníamos que emanciparnos y cómo debíamos hacerlo....

Eso son complejos que te han metido en la cabeza. Mira, las estadounidenses ya nos lo dijeron, y en la época de nuestras abuelas sufragistas, las inglesas y antes las francesas. Además, a mi esta división en nacionalidades no me causa ningún tipo de emoción, yo no me siento de ninguna y si el mundo no es mi patria no es ninguna. Entonces a mi qué me importa que fuesen las inglesas, claro que me importa, se lo agradezco. Si pensamos en como están las mujeres en países espantosos como Afganistán, Irán o Nigeria, ¿qué van a hacer aquellas pobres mujeres en esas condiciones? Sus demandas deben ser mínimas. Pero es que las que tenemos aquí, que salen a la calle con el velo, viviendo tres o cuatro con el mismo hombre, dispuestas a hacerle la ablación a sus hijas y a casarlas a las 12 años con un tío de 60... éstas no tienen tampoco ninguna posibilidad, porque no hay posibilidad de que se les despierten las conciencias, es imposible en estas condiciones. Y qué clase de respuesta han dado vuestras madres y abuelas en la situación que vivieron. Pues agradecidas, primero, por lo que escribieron las feministas del mundo entero y por otro, de que en 1948 se aprobase la Declaración de Derechos del Hombre, como se llamaba entonces, y que se creara el Comité de no discriminación contra la mujer en el 75. A eso contribuyeron definitivamente las estadounidenses, que en esa época estaban más avanzadas en la lucha. En cuanto a respetar culturas... ninguna, porque todas son patriarcales, y esta es una discusión eterna. Cuando estuvimos con las compañeras mexicanas y bolivianas en Huelva, Marcela Lagarde me dijo, “bueno, es que todas las culturas son respetables”. A mi me entró un ataque de ira: ¿Cómo que todas las culturas son respetables? Yo me eduqué en una cultura fascista, ¿me quieres decir que aquella era respetable? Además, no hay ninguna que no sea patriarcal. De qué estamos hablando, ¿de monumentos y de libros, o de lo que se hace con los seres humanos, con las mujeres y los niños? Conviene que esto nos entre en la cabeza. Bajo la apariencia de que somos tan tolerantes, tan liberales y respetuosos con las culturas tenemos a mujeres y a niños y a esclavos en las mismas condiciones de opresión y explotación que hace mil años pero encima respetados por las gentes que estamos en la lucha por los Derechos Humanos. No hay nada que sea respetable per se, por designio divino. Desde el momento en que nos hemos dotado de una Declaración Universal de los Derechos Humanos, que nos ha costado 7 millones de años... todo lo que vaya por debajo no se pueda respetar. Pero no creas que es inocente, es algo que está orquestado por la potencias occidentales, porque al final van a sacar el petróleo de Arabia Saudita, por tanto si las mujeres no pueden ni hablar ni salir, ni nada, bueno, es que hay que respetar su cultura... Me ha costado 20 años que haya una campaña contra la ablación, ya lo adelanté en mi libro Mujer y sociedad en el 69 y causó espanto. Aquí todavía no teníamos inmigrantes de países donde se practicase. Y entonces fui a Estados Unidos y ellas mismas, las marroquíes, se mostraron indignadas de que me atreviese a meterme así con su cultura.

Mira, una cosa que me da pena es que en Kenya, Jomo Kennyata, el líder de la independencia, que fue uno de mis símbolos, cuando consigue la independencia del Reino Unido, en el primer discurso dice que se va a echar a los invasores, que se va a recuperar la cultura y que, por lo tanto, hay que volver a instaurar la clitiridectomia, que los ingleses habían prohibido. De esto me enteré tardíamente... En Egipto que no es la África profunda, se ha practicado desde la época de los faraones... Ahora, empezamos a cuestionarlo, pero fundamentalmente para nosotras, claro, a nosotras que no nos hagan esto pero si son marroquíes y ellas quieren... Yo me pregunto: ¿Ellas quieren?

Ellas no pueden elegir...

Claro, es que hay cosas que no se pueden elegir, porque tú puedes elegir venderte como esclava pero no te vamos a dejar, o casarte con un señor que tiene otra mujer, pero no te vamos a dejar porque ese matrimonio va a ser inválido. Así que no puedes elegir y el día que la cabeza se te abra, comprenderás por qué, pero de momento no te lo vamos a permitir.

¿Qué opinas de la campaña moralista que se ha emprendido contra el aborto?

Es espantoso, y yo llevo 20 años prediciéndolo. En el mismo momento en que se aprobó la despenalización de los tres supuestos (que no significan darle un derecho a la mujer, que no es ni siquiera una ley de aborto, simplemente son tres supuestos de exención de responsabilidad penal) se desmovilizó el movimiento feminista. A partir de entonces cada una se buscó la vida y desde entonces no se ha reclamado más, los intentos han sido sólo comedias. Ahora, ha pasado lo que tenía que pasar, la derecha, el enemigo, que no se cansa nunca, se ha organizado, ha presentado querellas y han estado en prisión 7 médicos durante 2 meses, han cerrado 4 clínicas en Madrid y Barcelona, se han llevado los historiales de las mujeres, han citado a declarar a 25 de ellas en Barcelona... Pero además de esto, que es sangrante, las consecuencias van a ser terribles, como se está viendo ya. Los médicos se van a negar a practicar abortos, los que lo hagan cobrarán más y sólo las que tengan dinero podrán pagarlo, y los más baratos lo harán en condiciones clínicas fatales. Muchas acabarán metiéndose una aguja de hacer media como se hacía antes...

En esa línea, ¿qué te parece la actitud de beligerancia progresiva que ha tenido en los últimos tiempos la Iglesia Católica en contra de los avances sociales logrados?

A mi lo que me indigna es la reacción del Gobierno, yo de la Iglesia no he esperado nunca nada. La Iglesia ha regido los destinos de las mujeres españolas durante medio siglo, y como se quedaron sin tanta influencia social están rabiando y queriendo recuperarla. Esto a mi no me importaría si no fuera por la cobardía de este Gobierno al cederles dinero y prestigio. El otro día Zapatero se fue a ver al nuncio de su santidad. Yo no he visto nunca a un presidente de gobierno cenar en la embajada de otros países dentro de su propio Estado. ¡Es el colmo! Hemos visto a de la Vega vestida con mantilla de Semana Santa besándole las manos al cardenal en Roma. Si nos portamos de esta manera, no entiendo cómo no piden mas. Hemos pasado de darles el 0,52 al 0,7 en el IRPF, mantenemos el 50 por ciento de todas las plazas escolares en sus manos, todo el patrimonio artístico del país, se lo limpiamos, se lo pagamos, y sigue siendo de su propiedad. Si estas son las relaciones que tiene que tener un Estado laico con la Iglesia...

Con un gobierno de supuesta izquierda...

Aquí no hay más que una derecha civilizada, democrática, que es el PSOE, y los fascistas del PP.

¿Y qué pasa con la Memoria? Hablemos de la Ley de Memoria Histórica.

Lo penoso de esta Ley de Memoria Histórica es que hemos tenido que pedirle permiso a la derecha para aprobarla porque el Gobierno insistía en que tenía que haber el mayor consenso y teníamos que estar de acuerdo con todos los partidos, también con los hijos de los que nos asesinaron. Es realmente lamentable, para eso más valía no haber aprobado ninguna ley. En Chile, Argentina, Grecia, Portugal, y no digamos en la Alemania nazi, no sólo han pedido perdón a las víctimas de la dictadura sino que las han indemnizado, en cantidades enormes, al punto de que muchos de mis camaradas republicanos de la resistencia francesa, que fueron condecorados por el Estado francés recibieron una pensión del Estado alemán por su lucha contra el nazismo. Esto no lo conseguimos en España, lo que conseguimos fue la tortura y la cárcel.

¿Por qué?

¿Por qué? Qué desgraciado país el nuestro, mira, nuestro país es único. El único país que se resistió al fascismo fue España, en Alemania escogieron a Hitler, en Italia aquel fantasmón se subió al podio, y los italianos tardaron un montón de tiempo en organizar una resistencia. En Portugal tuvieron una dictadura larguísima pero no vivieron una guerra civil. La única desgraciada, Grecia, vivió una guerra civil, que no fue tan larga y exterminadora como la nuestra, pero bien la sufrieron. La dictadura nuestra duró más que ninguna, arrasó con todo lo que podía, los que no estaban asesinados en las cunetas morían asesinados en los paredones, los que no estaban en la cárcel o en el exilio. Y tardamos mucho más de cuarenta años en empezar a recuperar aquello que teníamos con la República. Y esto no le ha pasado a ningún país. Cuando pasan 17 años en Chile o 15 en Argentina mismos (que además, no fue un exterminio como el de aquí, a pesar del horror), los que lucharon están vivos, jóvenes, dispuestos a dar la batalla. Nuestros padres, y hasta nuestros abuelos, ¿dónde están? Muertos y enterrados y ni siquiera sabemos dónde, los hijos sobrevivieron con muchas dificultades y a los nietos ya no les importa nada.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo explicas esa desmemoria?

Bueno, porque hemos pasado 40 ó 50 años arrasando los valores republicanos. Cuando se acepta la monarquía echamos miles de toneladas de infamias sobre nuestros muertos, encarcelados, resistentes y torturados, nuestra memoria y nuestros valores; porque los valores republicanos no se han recuperado nunca más. Y aquí hay unos actores con nombres y apellidos. El señor Santiago Carrillo acepta la bandera nacional y el himno aquel, y se va a besarle el culo al rey... es la traición más grande que se podía haber cometido. Y esto es lo que nos ha pasado. Tanto sufrimiento y tanta lucha por acabar con esa monarquía corrupta, que era la síntesis y el compendio de todos los delitos y todos los crímenes... La monarquía hasta el 31 lo reunía todo, y hemos enlazado directamente con esto, porque este rey sigue haciendo cosas muy parecidas. No tenemos guerra en Marruecos, sería lo único que nos diferenciaría... pero los negocios fraudulentos del rey... Esto, que es la cúpula de la pirámide, se transmite como un diluvio a toda la sociedad. El 50 por ciento de las plazas escolares están en manos de la Iglesia, los medios de comunicación convertidos en grandes holdings... En Madrid entre el 31 y el 39 se publicaban 17 periódicos diarios, de todas las tendencias, lo que ilustraba la vitalidad de una sociedad en expresar sus ideas, una sociedad que vivía apasionadamente las transformaciones sociales del momento. Los medios de comunicación hoy se han convertido en grandes holdings que sólo transmiten la ideología dominante y a las nuevas generaciones, además, no les interesa nada la información, están agarrados a una consola o viendo pornografía. Esta es la transformación moral de nuestro país, que es verdaderamente penosa (lo cuento en la novela). El medio siglo en el que han sido imperantes las fuerzas reaccionarias: la derecha más negra, la Iglesia, el ejército y el gran capital, los valores que han transmitido son los que sabemos, los que les interesan para mantener esa gran alianza que gobierna en España, el ejército, la Iglesia y los grandes capitalistas. Y esta Triple Alianza, esta sí que es la Triple A, gobierna en España sin mermarle nada la influencia moral e ideológica. Ahora, ¿quién pone en cuestión la monarquía? Un articulito por allá, con un lenguaje de lo más suave, bien temeroso (hay que ver lo que le pasó al Jueves)... Y ésta es una monarquía capitalista, patriarcal y beata. Las resistentes somos como los primeros cristianos, sólo nos queda reunirnos en las catacumbas...

La diferencia con la dictadura es que ahora puedo contarte las cosas que te estoy contando y no vamos a la cárcel. Pero el capitalismo, aquí como en todas partes, ha conseguido un efecto enormemente eficaz. Mientras puede mantener la paz social (y a esta paz social en España fueron con absoluta conciencia los sindicatos y los partidos de izquierda con los malditos Pactos de la Moncloa) lo que hace es influir ideológicamente y, además, vende también de manera muy eficaz la idea de que estamos en el mejor de los mundos posibles: libertad de expresión, de reunión, de asociación, de sindicación, de partidos políticos... ¿Qué más quieres? Te pueden decir con todo el cinismo del mundo: “bueno, pues si no te gustan los partidos que hay, monta uno”, esto a mi me los han dicho las compañeritas de varios partidos. “No te gusta lo que dice la televisión, monta una”. Y esto es un absoluto cinismo, porque se sabe perfectamente cómo sólo el gran capital puede disponer de partidos, de campaña electoral y de medios de comunicación. Con los partidos feministas nos presentamos a las elecciones europeas en el año 1999, y reunimos 30-40 millones de pesetas. En aquella campaña los dos partidos mayoritarios presentaron por primera vez a dos mujeres como cabezas de lista, y sabemos que lo hicieron precisamente por la campaña que habíamos llevado nosotras adelante... Se presenta Rosa Díez por el PSOE y María San Gil por el PP. En aquel momento cada partido gastó 3.000 millones de pesetas en la campaña, aparte del peso y prestigio que ya tenían. La Ley electoral bascula...

Y en este escenario de conformismo generalizado, ¿dónde está la izquierda?

Pues en el Partido Feminista, porque la izquierda se ha suicidado. Se suicidó el Partido Comunista, el panorama de IU lo puede ver cualquiera, sí, un poquito más a la izquierda, socialdemócrata... Carlos [París, filósofo y actual pareja de Lidia Falcón] dice que la izquierda padece el síndrome de Estocolmo, porque los derrotados están asumiendo la ideología del vencedor y se trata de ver quién reparte mejor en esta subasta asquerosa. Hace falta una izquierda consciente, que tenga sentido crítico, que tenga el valor de organizarse. No se trata de escribir artículos sino de organizarse con racionalidad. Hay muchos grupos antiglobalización, movimientos estudiantiles, pacifistas, lo que queda del movimiento feminista, atomizado, pero con capacidad de volver a organizarse... Hay que elaborar un programa realista pero transformador y plantear 4 ó 5 cosas.

¿Cuáles?

Primero: acabar con la Iglesia Católica (bueno, con las donaciones, por lo menos...). Segundo: la República, que nos la devuelvan y que los Borbones se vayan al exilio que allí viven muy bien. Tercero: un Estado laico. Cuarto: una República federal, que es la única manera de resolver el problema territorial, y quinto: la nacionalización de los sectores fundamentales de producción. Y no digo que con esto se vaya a hacer la revolución pero por lo menos es avanzar unas mínimas reivindicaciones que un país socialista tiene que tener.


* Aloia Álvarez Feáns pertenece al Consejo de Redacción de Pueblos. Un extracto de esta entrevista ha sido publicado en el nº 31 de la Revista Pueblos, marzo de 2008

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