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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Categoría: General

30/08/2009 GMT -6

Inversiones y prioridades

lidiafalcon @ 03:40

elPeriódico.com
25 Ago 2009
Por Lidia Falcón

Francina Ribas, querida amiga que ha cumplido 88 años a pesar de haber sido víctima de todas las desgracias que han azotado nuestro país –y que sufre las consecuencias de todas ellas: viuda de Antonio Campos, coronel de la República, guerrillero en la Resistencia francesa, héroe de la lucha contra los nazis y encarcelado después en su patria durante 24 largos años en el pudridero de presos políticos que fue el penal de Burgos–, ya que ni la enfermedad ni la miseria ni la represión política la perdonaron, se encuentra casi inmovilizada en su casa, víctima de varios infartos, de una insuficiencia respiratoria producida por el traumático neumotórax a que la sometieron cuando era joven y otros achaques provocados por la mala alimentación y el mucho trabajo.
Vive sola, porque la dictadura no le permitió reunirse con su marido antes de que el reloj biológico la incapacitara para tener hijos y, en el aislamiento y la indiferencia en que se mantiene hoy en día a los ancianos en nuestro egoísta país, no tiene más ayuda que las pocas horas que una asistenta que acude a su domicilio le dedica.

Durante un tiempo pagó 39 euros mensuales para que la Cruz Roja le prestara el servicio de teleasistencia mediante el cual, en alguna ocasión, pudieron auxiliarla en una de sus crisis, pero ahora la Cruz Roja dice que no tiene voluntarios y ha dejado de ser abonada. La asistenta del ambulatorio de la Seguridad Social lo ha tramitado con el Ayuntamiento de Barcelona, pero le han contestado que hay muchas solicitudes y que ahora no tienen presupuesto.
Intentó hace años ir a una residencia privada, de precio nada modesto, y se encontró alojada con otra anciana ciega que gemía toda la noche sin que nadie la atendiera y comiendo una bazofia que les servían de un cátering. Solicitar una plaza en una residencia pública es esperar a que el siglo haya pasado sobre ella para, si lograra sobrevivir, acabar atada a la cama y maltratada por las empleadas eventuales de la empresa privada que gestiona los servicios públicos.
Mientras tanto, la otra noche, víctima de otro ataque de corazón y sin saber a quién pedir ayuda, llamó a la policía, que acudió pronto pero que no pudo abrir la puerta mientras ella se encontraba paralizada en la cama, y hubo que recurrir a los bomberos para que descerrajaran la cerradura de la puerta. Mi gran temor es que un día ni siquiera le lleguen las fuerzas para llamar por teléfono y solo los vecinos se aperciban de su silencio cuando lleve tiempo muerta. A veces sospecho que el ayuntamiento también espera ese final, que le resolvería el problema y que, de tanto en tanto, le acontece a un anciano en nuestra ciudad.

Estas tristes reflexiones me tenían ajena a mi realidad exterior mientras me dirigía hacia la estación de Sants cuando tropezamos –el taxista y yo– con las barreras, difícilmente salvables, de los agujeros, las vallas y las excavadoras que cubren la avenida de Roma, como si un terremoto hubiese destrozado la topografía original. Ante mi disgusto, el conductor me informó de que esas obras formaban parte del plan del Gobierno de conceder a los ayuntamientos fondos para ofrecer empleos a los parados con el fin de amenguar el paro.

A mi memoria acudieron inmediatamente las informaciones de prensa sobre los miles de niños que cada curso se ubican en barracones para que no se queden sin plaza escolar, pero mi informador no podía explicarme por qué en vez de levantar calles y aceras y avenidas, que a mí me parecían perfectamente útiles y en buen estado, no se dedicaban esos fondos a construir nuevas escuelas.
Tampoco pudo dar respuesta a mi impertinente pregunta de por qué no se dedicaban los parados de la construcción a edificar los ambulatorios que reclaman cada año los vecinos de varios barrios y que nunca reciben satisfacción.

Los fondos dedicados a planes paliativos del desempleo, que nos azota con especial gravedad este año –aunque siempre ha sido endémico en nuestro país, que no tiene estructura económica para asumir el empleo de toda la gente útil para el trabajo–, se han invertido en obras públicas. Pero solo en la reforma de calles, aceras, plazas y avenidas, muchas de las cuales no necesitaban ningún arreglo, mas no en la construcción de escuelas, de hospitales, de ambulatorios, de residencias de ancianos, de centros de acogida para mujeres maltratadas, drogadictos, menores conflictivos...
La obra pública en España desde Primo de Rivera –con el efímero paréntesis de la República– se ha centrado en carreteras y calles. La escuela y la asistencia social son las cenicientas de la atención de nuestros gobernantes. Según la información de hoy mismo, se necesitan en este momento 350.000 enfermeras en todo el país, mientras los maestros están desbordados de trabajo, son trasladados continuamente de un colegio a otro y las guarderías infantiles, que fueron la principal reivindicación de las madres durante la dictadura, siguen siendo un servicio inalcanzable setenta años más tarde, al igual que los campamentos de verano y la asistencia a los mayores. Como mi amiga Francina Ribas, que morirá sola en casa sin que ninguna sensibilidad pública se sienta concernida.
Menos mal que tendremos unas preciosas aceras en la avenida de Roma.

11/07/2009 GMT -6

¿Qué nos está pasando?

lidiafalcon @ 10:42

elPeriódico.com
26 Junio 2009
Por Lidia Falcón

Tenía 23 años cuando me licencié en Derecho. Pi i Sunyer era en aquel momento el decano del Colegio de Abogados, y Federico de Valenciano, Condomines, Roda Ventura y Octavio Pérez Vitoria eran, entre otros, los más señalados e ilustres representantes de la abogacía de Barcelona. Los más jóvenes tenían 20 años más que yo, y los veteranos como Pi i Sunyer, superviviente de la persecución franquista y el exilio, más de 30. Eran expertos reconocidos internacionalmente por su dedicación al estudio y el ejercicio del derecho, llevaban décadas de trabajo en sus prestigiosos bufetes y constituían la flor y nata de la abogacía española.
Pues bien, a una ignorante y aturdida abogada como era yo, apenas conocedora de la profunda ciencia jurídica que ellos dominaban, me trataban de compañera, me hablaban con toda la cortesía que exigían las normas de las relaciones entre letrados, se ponían al teléfono cuando les llamaba, me contestaban las cartas, me recibían en su despacho cuando se lo pedía, y el decano estaba siempre disponible cuando acudía a hacerle alguna consulta sin haberle solicitado cita previa. La elegancia era la más notable de sus virtudes. Y, por supuesto, yo correspondía mostrándome educada y agradecida por su deferencia, aprendiendo de ellos el sutil arte de saber defender al cliente sin perder la buena relación con el adversario.

Hoy, en que he alcanzado más edad que la que tenían aquellas figuras de la abogacía cuando comencé, los letrados y, ¡ay!, también las letradas, recién colegiadas, me tratan con desdén e incluso con agresividad incomprensibles. Desde hace unos años, siete concretamente en que he regresado a Barcelona para reincorporarme al despacho que mantengo desde hace 49, he podido constatar que las relaciones entre abogados están marcadas por la desconsideración, cuando no por la grosería, con excelentes excepciones, por supuesto, que por serlo son más extraordinarias. En general, no es sorprendente que la llamada sea contestada con impaciencia o antipatía, que sea imposible comenzar las conversaciones precisas para intentar alcanzar un acuerdo porque las negativas y a veces la agresividad se imponen sobre la comprensión y la simpatía. Y es más desagradable el trato cuanto más joven es el abogado.

Al mismo tiempo, las trabas burocráticas se han impuesto en nuestro colegio de forma incomprensible y absolutamente innecesaria y perturbadora de la vida colegial. Para ver a la decana o a algún diputado es preciso enviar e-mails, pedir citas, esperar largos días. Mejor no pretender tener una conversación directa con ninguno de ellos, el correo electrónico es ahora casi el único medio de comunicación, y la cordialidad, el deseo de resolver el problema del compañero, de, incluso, departir tranquilamente sobre las cuestiones de actualidad que nos afectaban que regían las entrevistas que sostenía habitualmente con los decanos y los diputados que conocí durante más de tres décadas, han desaparecido. Como si se encontrara uno ante el muro de la Administración de justicia –y bueno será hablar de ella– que establece las rígidas normas y las distancias siderales en el trato con los ciudadanos, la relación con los directivos del colegio está ahora organizada por estrictas reglas que hay que cumplir. Escritos, ratificaciones, peticiones formales, ningún contacto personal, alguna llamada que atiende una secretaria y esperar a veces hasta meses para resolver cualquier consulta que se formaliza en una resolución escrita con todos los requisitos de una sentencia.
Pero no escribiría este artículo si se tratara de un fenómeno restringido al ámbito de la abogacía para no parecer que estoy hablando únicamente del círculo selecto y minoritario de mi profesión. En todos los aspectos de la vida cotidiana se ha impuesto la hosquedad, la antipatía, la falta de acercamiento al otro, la arrogancia que lleva a tratar con desdén a todos los demás. Sobre todo cuando el uno tiene menos de 30 años.
Desde la dependienta de un comercio a la telefonista de una empresa, desde el camarero de un restaurante al conductor de un autobús, hasta la funcionaria de Hacienda que se atreve a gritar al contribuyente que le paga su sueldo, sobre todo si es inmigrante –y en este sector de trabajadores no se ha notado el cambio de la dictadura a la democracia–, se ha construido una sociedad agresiva que ve al compañero, al vecino, al otro, en definitiva, si no como su enemigo –en el caso de los inmigrantes, muy cerca de eso– como una molestia. ¿Qué nos está pasando?

El individualismo, la competencia feroz triunfante en todos los órdenes de la vida que han impuesto las doctrinas liberales a ultranza, no solo nos han conducido a esa suicida escalada por la fabricación de cosas, el consumo, el gasto, el despilfarro y la estafa monumental de los grandes consorcios, que perversamente se considera desarrollo, sino también a disolver el sentido de lo colectivo, de lo solidario, de la convivencia agradable entre todos. Es la lucha de cada uno contra todos los demás para salvarse de lo más temido: el fracaso. Y, además, hemos maleducado a nuestros niños, por eso de jóvenes no saben comportarse con elegancia.

Enlace a la fuente

06/12/2008 GMT -6

Siempre en la brecha - Entrevista a Lidia Falcón

lidiafalcon @ 16:46

Entrevista a Lidia Falcón publicada en la revista El Viejo Topo No. 241 en febrero de 2008.

(Haz clic en la imagen para descargar la entrevista)

17/01/2008 GMT -6

Entrevista a Lidia Falcón: "Mujeres para un cambio de siglo"

lidiafalcon @ 23:41
Lidia

EL MUNDO (Magazine)

Lidia Falcón que para muchos es simplemente la feminista (porque feministas hay muchas, pero la feminista, en singular, sólo puede ser ella), tiene una vida desbordante y llena de sorpresas que asoma espontáneamente a la conversación. No lo puede reprimir, y el interlocutor, o la interlocutora (qué difícil resulta el manejo gramatical de los géneros estando frente a Lidia), lo agradece. Con ella se empieza hablando de su obra y se termina hablando de su vida. Contundente, huracanada, lista, lo que más llama la atención de esta mujer es su constante ejercicio de la sinceridad. No lo digo por decir. A los 65 años es difícil mantener la franqueza de una adolescente y no sentirse rehén de nada ni de nadie. Se trata de una actitud tan inusual como envidiable. Y es que Lidia no se muerde la lengua ni contiene ningún gesto. Así, de la misma manera que frunce el ceño cuando le preguntas por Almodóvar, también dispara libremente el verbo para hablar de los hombres de su vida.

Hija de un líder comunista, nieta de anarquistas, fundó el Partido Feminista de España y conoció la cárcel por sus actividades contra el régimen de Franco. Hoy sigue en la brecha, repitiendo lo que tantas veces ha proclamado en los foros del mundo. Tiene un rostro exuberante, abultado, una melena pelirroja que suele acompañar con salcillos largos, y una manifiesta querencia por los sombreros. Parece como si de un momento a otro fuera a arrancarse con una copla. Realmente da el tipo de rompe y rasga.

Pregunta.-¿Cuántas veces le han dicho eso de que "el feminismo ya no es lo que era"?

Respuesta.-Muchas. Esta mañana, sin ir más lejos.

P.-¿Y tiene una frase manufacturada para responder?

R.-No, pero es de cajón. El feminismo es un movimiento de liberación y de lucha contra las injusticias, y yo digo: si se han acabado las injusticias, que venga Dios y lo vea.

P.-Las cosas han mejorado mucho en estos últimos 20 años, eso no puede negarlo...

R.-Hemos avanzado, indudablemente. El movimiento feminista tuvo en nuestro país un gran vigor durante los años 70 y principios de los 80 porque había que luchar contra la legislación fascista y sacar de la nada los cimientos del Estado de bienestar. Hemos pasado 40 años sin subsidio de paro, sin protección para las mujeres maltratadas, sin anticonceptivos y sin aborto. En un principio fuimos nosotras las que prestamos esos servicios: teníamos abogadas, psicólogas, asistentes sociales y hasta tramitábamos viajes a Londres y a Amsterdam para abortar. Con el tiempo se ha conseguido que esto lo asuma en parte el Estado, las autonomías y los ayuntamientos. Así que un plantel importante de esas mujeres que prestaban servicios en el movimiento feminista se han convertido en funcionarias, y ya sabemos que el funcionariado es la antítesis del movimiento subversivo.

P.-Pare un momento, no se embale: ¿está diciendo que las feministas se han adocenado?

R.-Muchas sí. Otras se han instalado en los partidos políticos. En los 70 las mujeres luchadoras estaban en el feminismo, y en los 80 dieron el paso a los partidos, con lo cual el movimiento quedó bastante descapitalizado. Eso por lo que respecta a las mujeres políticas, pero podría hablarle también de las escritoras. En aquellos años todas las escritoras empezaron en la revista Vindicación Feminista, y poco a poco fueron entrando en los grandes medios de comunicación. Antes eran chicas rabiosas contra el sistema, pero ahora ya no rabian porque se han situado.

P.-O sea, que sólo queda usted.

R.-Soy una testaruda única. En efecto, de mi edad ya no hay casi nadie.

P.-Los partidos no arriman el hombro al feminismo.

R.-Nosotras hemos conseguido llevar el feminismo a la política, que es un salto cualitativo importante. Hemos unido diversas maneras de entender el feminismo en un proyecto para llegar a las instituciones a través de elecciones. Esto no se había hecho nunca, y el primer paso ha sido Europa. Pero los partidos políticos, efectivamente, viven de espaldas al feminismo. Recuerdo que en un Congreso invitamos a muchas mujeres de partidos políticos y todas contaron la misma historia: que habían sido marginadas, que dentro les habían impedido promocionarse y que incluso habían sido acosadas sexualmente.

P.-También existe cierta involución en la sociedad. Ahora, más que en décadas anteriores, la prioridad de muchas chicas jóvenes es tener novio y casarse.

R.-Por la iglesia, sí, y luego dar un banquete monstruoso, de tres millones de pesetas. Ha habido una involución de valores y de objetivos en la sociedad durante los horribles 80, como yo les llamo. Somos el país de Europa que menos ahorra. La gente se compra un piso y lo llena enseguida de oros, aunque sean falsos. Y compra también coches que gastan espantosamente, y horteradas enormes, pero luego no consume libros, ni ópera, ni nada constructivo. Todo esto va acompañado por una fuerte ofensiva de la ideología dominante para que haya cosas que no se derrumben. La familia, por ejemplo. Quieren afianzar la familia, refugio de los parados, de la drogadicción, de la falta de objetivos y de ideales. Hoy la gente se aferra al pisito y a la familia, pero no tiene hijos. Nuestra tasa de natalidad es la más baja de Europa. Desde que les dimos anticonceptivos y aborto, las mujeres decidieron que los niños, para su padre. Pero los padres tampoco quieren, claro. El mensaje que más ha calado en la sociedad es el dinero. Hay que ganar dinero. Eso se repite desde que cayó el muro de Berlín. Mire, hay un momento que para mí es muy significativo: cuando los Reyes se vistieron de guapos para respaldar a Mario Conde el día que lo invistieron doctor honoris causa. Nunca se me olvidará aquel horrible discurso.

P.-No sé dónde quiere llegar, Lidia...

R.-Resúmalo así: tengo una repugnancia espantosa por esta etapa de la vida que me ha tocado vivir.

P.-Hablemos de los hombres, si no le importa.

R.-Hablando de las mujeres estamos hablando de los hombres.

P.-¿Qué le sugieren esas parejas asimétricas compuestas por señor mayor-chica joven?

R.-Es curioso lo que les sucede a los hombres: algunos hasta llegan a creer que las prostitutas se acuestan con ellos por placer. Cosas de la mitología masculina. Piensan que siendo viejos, tontos y feos, pueden enamorar a cualquier jovencita. Lo de Rodríguez Menéndez es un caso ejemplar.

P.-A la vuelta del otoño publica usted sus memorias políticas. ¿No ha terminado el tiempo de pasar factura?

R.-Hace un montón de años publiqué la primera parte de mis memorias, y me apetecía seguir con ellas y contar mi etapa matrimonial, pero ya sabe usted cómo son las editoriales: prefieren cosas más comerciales, con nombres propios, así que he escrito las memorias políticas. Mi asignatura pendiente, sin embargo, sigue siendo mi confesión matrimonial.

P.-Hágala ahora.

R.-Sería muy largo... Me casé a los 16 años, y a los 20 ya estaba separada y con dos hijos. Imagínese el panorama. Fue entonces cuando me puse a estudiar.

P.-¿Ahí nació la genuina Lidia Falcón?

R.-No. Yo nací cuando vine al mundo. Mi madre y mi abuela eran feministas, y mi padre, comunista. Estaba llamada a estudiar y desarrollarme políticamente, pero se me ocurrió enamorarme de una manera loca y se fastidió todo. Supongo que en el fondo pensé que casándome obtendría mayores cotas de libertad... Mi padre se había exiliado, salió en el último avión, con Dolores Ibárruri, y fue a Francia, luego a la Unión Soviética, México y Perú, donde había nacido y donde también murió. Todos los hombres de la familia murieron o se exiliaron, y yo me crié rodeada de mujeres: mi madre, mi abuela, mi tía y mis dos primos. Mi madre aguantó en España, nos sacó adelante a todos y sostuvo los restos del naufragio hasta que también se exilió: marchó a América cuando salió de la cárcel.

Lo que quiero decir es que a mí todo me llegó por vía genética: la abuela, hija de un liberal masón, era anarquista y luchó por el cooperativismo, el sindicalismo, el amor libre, la eugenesia, la eutanasia, los anticonceptivos... Mi madre también fue una gran luchadora. Pero a lo que iba, yo me enamoré, quería acostarme con mi novio y me casé. Aquellos años de matrimonio me causaron un problema gravísimo. El marido se fue, no dio un duro y sólo volvió para fastidiar. Me quedé pues sola, estudiando y trabajando. Y por si fuera poco todo aquello, me metí en el Partido Comunista.

P.-¿Hay revelaciones jugosas en sus memorias políticas?

R.-Hay sinceridad, pero a estas alturas no creo que levanten ampollas. A la gente no le importa nada si me fui con Lister o me peleé con Carrillo. ¡Queda tan lejos todo eso!

"Ahora ser comunista es de carcamales, pero hasta hace poco representábamos el bastión de la honradez, la sinceridad y la lucha"

P.-¿Qué cuenta de Carrillo?

R.-Él tenía la consigna de aliarse con la Democracia Cristiana si quería ser un día ministro, con lo cual los militantes del partido tomaban copas con los fiscales del Tribunal de Orden Público y compadreaban con ellos...

P.-¿Se la tiene jurada a sus viejos colegas del PCE?

R.-La mayoría han muerto o han pasado al PSOE. Mantengo pocos amigos. Con Carrillo no me equivoqué nunca. Siempre supe qué clase de personaje era aquel tipejo. Desde mi juventud fui una anticarrillista furibunda. Carrillo era un estúpido y un traidor que arrastraba el nombre del Partido Comunista y con él la fidelidad de sus militantes.

P.-¿Vive la nostalgia con rabia?

R.-No. Pero no puedo evitar cierta tristeza al ver en qué ha terminado todo. Claro que no hay más que mirar hacia Italia para consolarse. El caudal del PC era arrollador. Cuando empezó la transición todos los que pintaban eran del PC: catedráticos, cineastas, escritores, médicos... Ahora, ser comunistas es de carcamales, pero entonces representábamos el bastión de la honradez, la sinceridad y la lucha. Las normas éticas comunistas tenían que ponerse como ejemplo. El muro de Berlín, sin embargo, se les cayó a la cabeza a los dirigentes españoles. Adiós normas de referencia, adiós todo. Ahora llevan 15 años pidiendo perdón por ser comunistas. Bueno, pues yo no estoy dispuesta a pedir perdón por haber sido comunista ni por ser feminista.

P.-Un amigo suyo me ha dicho: "Lidia azuza a la tropa contra los hombres, pero ella siempre ha tenido un buen hombre al lado".

R.-Si no lo tuviera sería tonta. Alguno me ha salido mal, es verdad, como mi marido, del que me tuve que desprender. O, el segundo, a quien también tuve que frenar...

P.-¿Eliseo Bayo?

R.-Sí. Y es que hasta los hombres buenos cojean. Ahora estoy con Carlos París y espero que dure. Además, ninguno de los dos tenemos ya edad para hacer tonterías.

P.-¿Qué le inspira el conde Lecquio?

R.-No he perdido un segundo pensando en ese individuo.

P.-¿Pedro Almodóvar?

R.-Fue un chico bueno, quería hacer un cine nuevo y algunas de sus obras valieron la pena, pero hoy es un oportunista.

P.-¿Garzón?

R.-Quiero creer que es honrado.

P.-¿Julio Iglesias?

R.-Detestable.

P.-¿Gil?

R.-Es más mal educado que los mafiosos típicos.

P.-¿Javier Marías?

R.-Pss. Mediocre.

P.-¿Camilo José Cela?

R.-Aquel año no había nadie mejor para darle el Nobel.

P.-¿Jesulín de Ubrique?

R.-Odio los toros. Arranco las páginas de los periódicos para no verlos.

P.-¿A quién le tiraría huevos?

R.-Tirar huevos no vale la pena. Me parece un gesto blando. Mi ira es profunda, pero hace muchos años decidí contenerme y administrar mis impulsos.

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