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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Categoría: Franquismo

01/05/2009 GMT -6

Historia de una alienación

lidiafalcon @ 21:22

elPeriódico.com
1 Mayo 2009
Por Lidia Falcón

Imagen de Martín TognolaLos elogios procedentes de diversos ámbitos dedicados a Corín Tellado con motivo de su reciente muerte me han sumido en la perplejidad y, no lo niego, me han provocado bastante irritación. Para quien, como yo, ganó algunas pesetas en la juventud --casi adolescencia, puesto que publiqué mi primer cuento a los 18 años-- escribiendo a destajo cuentos y novelas rosa --también fui capaz de pergeñar algunas historias del Oeste y de Hazañas Bélicas--, que me pagaban a tanto la página o la obra, bajo diversos y olvidados pseudónimos, resulta ridículo que dicha labor sea calificada de literatura. Solamente el dato de que Corín escribía dos novelas por semana --por más que no tuvieran más de 100 páginas-- describe definitivamente en que consistía ese trabajo: ir enlazando palabras a toda prisa para contar una historia elemental sobre los amores de una hermosa, joven y pura, y un galán mayor y más alto que ella, guapo, elegante y rico, con un final inevitablemente concluido en boda.

Balzac estuvo dedicado a esta misma labor en sus años de juventud y la recordaba con verdadera pena, como otros escritores que llenaron los quioscos de producciones perfectamente olvidables, obligados por la pobreza y la avaricia de las editoriales, incapaces de reconocerles el talento de que años más tarde dieron cumplida muestra. Estas producciones nos permitieron, a todos los que con el oficio de escribidores sobrevivíamos, comer, y a mi, mantener también a mis hijos, aunque fuese precariamente, durante los años de plomo de la dictadura, pero cuando ya con enorme esfuerzo pudimos abrir el cerco de hierro que nos separaba de las editoriales que publicaban literatura, nunca las habríamos exhibido como nuestras. Desde luego en mi currículo no cuentan. Alguna excepción, como Víctor Mora con su Zorro y su Capitán Trueno, ha sido puesta de modelo de una forma de difundir subliminalmente la ideología de izquierdas que profesaba, pero esta artimaña podía ser utilizada en los tebeos para niños y muchachos, en los que se tenían que ensalzar los valores de la fraternidad, la defensa de los débiles, el valor, la entrega a una causa épica. Los hombres tenían que ser héroes según los principios de Falange Española, pero las mujeres, no. Las mujeres esperaban en casa que regresaran los héroes de sus hazañas bélicas. Ellas debían ser el reposo del guerrero. Bien hubiera querido yo transmitir un poquito de ideología feminista a través de las novelas rosa que elaboraba mes tras mes, pero precisamente los editores de esta clase de producto prohibían todo relato no ya progresista, sino mínimamente sensato. Las mujeres, bajo aquella infame dictadura, estaban destinadas a la reproducción y el mantenimiento de la familia bajo la indiscutible autoridad del marido, después de la del padre, y su papel de sumisión a los hombres --también el hijo varón mayor tenía prioridad-- debían cumplirlo con dulzura y alegría. Cualquier otro modelo femenino era inmediatamente censurado por el director literario con la severa admonición de no encargarte más libros. Ese modelo de mujer fue el que defendió Corín Tellado durante 40 años.

Por su capacidad de trabajo, sobradamente demostrada, se le concedió el título de hija predilecta de Oviedo y alguna prebenda más. ¿Y qué es lo que premiaron: que con su empecinada prolijidad ganara una bonita fortuna inundando el mercado de habla española con novelas deleznables que contribuyeron a alienar más a las pobres féminas a las que iban destinadas? ¿Qué méritos ciudadanos o de valor solidario poseía la señora Tellado? ¿O el dinero lo justifica todo? Con sus historias de un amor, siempre heterosexual y siempre irreal e indeseable, apoyó la ideología oficial del régimen franquista que con tanta eficacia impuso la Sección Femenina de Falange a través de la hermanísima Pilar Primo de Rivera, defendiendo el modelo de mujer sometida a los dictados masculinos, conquistada, a veces casi manu militari, por el arquetipo de galán fascista, y que se realiza plenamente en servir al marido, parir hijos y cuidar la familia, y que jamás alimentaba la nefasta fantasía de ejercer alguna profesión reservada únicamente a los varones.

Pero ni siquiera por su coherencia en defender sus ideales puede ser admirada la señora Tellado, porque, cuando concluida la dictadura, las exigencias feministas desprestigiaron ese tipo de mujer, su producción cambió y, siguiendo la moda del momento, las escenas eróticas inundaron sus páginas y los divorcios y los adulterios se hicieron habituales. Por supuesto, con la misma deleznable escritura, y tampoco entraron en sus obras modelos de mujeres y hombres entregados a otras causas que las de satisfacer sus deseos amorosos y sexuales.

Ya sabemos que todos los países tienen esa línea de publicaciones, destinada, fundamental y desdichadamente, a las mujeres, pero permanecen en el lugar que le corresponde: al lado de las revistas del corazón y de sociedad, y no se les concede más interés que a los fascículos de costura. ¿Cómo se puede elevar al podio de la literatura a Corín Tellado? ¿O es la involución que está viviendo el feminismo la que pretende prestigiar nuevamente los modelos de mujer de sus obras?

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12/04/2009 GMT -6

¿Porqué las mujeres? - Entrevista a Lidia Falcón

lidiafalcon @ 21:57

Entrevista realizada en diciembre de 2007 en el canal de televisión por internet e-noticies.tv de Cataluña.

13/03/2009 GMT -6

La Constitución de las mujeres

lidiafalcon @ 10:50

Público.es
9 Mar 2009
Por Lidia Falcón

La celebración del Día de la Mujer es una buena ocasión para reflexionar sobre el papel que ha jugado la Constitución –que recientemente cumplió 30 años–, en la vida de las mujeres españolas. Este olvido resulta más culpable si se tiene en cuenta que no sólo las mujeres constituyen el 52% de la población, sino que, si la Carta Magna ha producido algún efecto perceptible en la vida cotidiana de los ciudadanos, ese es fundamentalmente el que ha causado en la de las mujeres. Ellas fueron las grandes perdedoras de la Guerra Civil que yuguló sangrientamente los avances y las esperanzas de progreso que albergó la II República. El dictador y sus secuaces, con el inestimable apoyo de la Iglesia católica, se cebaron con especial sadismo en torturar a las españolas. Privadas de derechos civiles y laborales, de la patria potestad de sus hijos, condenadas por ley a la marginación de la vida pública y a la miseria económica, perseguidas penalmente por adulterio, prácticas anticonceptivas, aborto o abandono del hogar, se hundieron en la condición más penosa de toda la historia de España.

Solamente la firmeza que mostramos durante la transición en la exigencia de nuestros derechos nos situó en el escenario social del que también los organizadores de esta democracia querían apartarnos. Es bueno recordar fechas y actuaciones para que a los dirigentes políticos se les sitúe en el lugar que les corresponde. A dos meses de promulgarse la Constitución, en octubre de 1978, después de tres años de celebrar el Año Internacional de la Mujer y de los interminables casi dos años que los padres de la patria estuvieron pactando el texto –recuérdese que ninguna mujer participó en la redacción de la Carta Magna– el único avance que conseguimos fue que los diputados, incluyendo a socialistas y comunistas, eliminaran del Código Penal el delito de adulterio, que sólo cometían las mujeres, y el de prácticas anticonceptivas.

En los programas electorales del PSOE y del PCE de 1977 y de 1979 no constaban ni el divorcio ni el aborto. Nos costó cinco años de luchas heroicas –asambleas, manifestaciones, encierros, cierre de revistas, procesamientos y una buena paliza que recibí yo en la calle en la última manifestación en Barcelona– conseguir el divorcio. Un divorcio condicionado a la separación –han tenido que transcurrir 25 años para permitirnos divorciarnos de primeras, como en cualquier país civilizado–. Aún hubimos de sufrir cuatro años más de penalidades para lograr el permiso de abortar por grave peligro para la salud de la mujer, violación y malformación del feto, que no se ha vuelto a modificar. Mientras se discute la estúpida norma, implantada por los tan progresistas diputados, que impuso la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono, en un país que, para derogar la Ley Sálica, libró tres guerras y para proclamar dos Repúblicas, otras dos, ninguno ha planteado la derogación del precepto que obliga a preservar la vida de “todos”.

La Constitución es la jaula de hierro que nos encarcela en las tiranías de nuestra fisiología y nos impide alcanzar el derecho a disponer de nuestro propio cuerpo, con esa disposición del artículo 15, estableciendo que “todos” tienen derecho a la vida, que los franquistas y cristianos metieron complacidamente, ante la indiferencia de socialistas y comunistas. Así, el Tribunal Constitucional, ante el que la Alianza Popular de la época, comandada por el franquista Fraga Iribarne, presentó recurso de constitucionalidad contra la Ley del Aborto, con una interpretación torticera ante un término tan vago como el de “todos”, pudo pronunciarse exigiendo más limitaciones en la práctica. Y esto ha permitido una feroz ofensiva de la derecha, que ha llevado al cierre de varias clínicas de abortos y al encarcelamiento de siete médicos en Barcelona. El Gobierno ha nombrado una comisión de estudio –estupendo sistema inventado por esta democracia para enterrar cualquier proyecto–, en la que han entrado asociaciones del Opus, con las que asegura la vicepresidenta que hay que ponerse de acuerdo, mientras las mujeres siguen teniendo que pagar los 600 euros que cuesta un aborto en una clínica privada, porque sólo el 3% de los abortos se practica en la Sanidad pública. La limitación de derechos a las mujeres de nuestra Constitución ha sido hábilmente ignorada por los partidos políticos y sus líderes, que tanto se están alabando hoy de las componendas con que llegaron a redactarla.

Las mujeres no conseguimos los avances que la Constitución de la II República nos reconocía 50 años antes, porque naturalmente esta tampoco es una Constitución republicana y la monarquía –tan arteramente introducida sin consulta popular, con ayuda de la Iglesia Católica y la derecha, y protegida por el Ejército– impone esas limitaciones. Lo que también se oculta es que, si el movimiento feminista, enfurecidas al fin las mujeres después de casi medio siglo de esclavitudes y vejaciones, no hubiese exigido sin componendas ni rebajas las reivindicaciones que planteábamos, los ilustres constitucionalistas no hubieran introducido el carismático artículo 14, que impone la no discriminación por razón de sexo y que, en teoría, permite a las mujeres exigir igualdad de salario, de oportunidades y de trato con los hombres.

Derechos que no se cumplen, y a esto las mujeres unen la enorme carga de ser las que deben seguir trayendo los hijos al mundo, sin que el pomposo derecho constitucional a la vida exija a los gobiernos a facilitarles la obligación de darle realidad. Ni tampoco la democrática Constitución las protege contra la violencia machista, pero eso es motivo de otro artículo.

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01/03/2009 GMT -6

El libro sexual de dos "negros"

lidiafalcon @ 02:40

REVELACIÓN | LA VERDAD SOBRE UN LIBRO

En pleno franquismo, el afamado psiquiatra Juan José Lopez Ibor publico "el libro de la vida sexual", auténtico manual de consulta de los españoles de la dictadura. Lidia Falcón revela que Eliseo Bayo y ella fueron los "negros" de aquel superventas

El libro sexual de dos "negros"

EL MUNDO
6 Mayo 2001
Por Lidia Falcón

En aquel año de 1966 corrían malos tiempos para nosotros, aunque unos años atrás todavía hubiese sido peor: en 1962 Eliseo Bayo, que compartía mi vida, mi amor y mis ilusiones, fue detenido, juzgado y encarcelado por aquel siniestro Tribunal de Represión de Actividades Extremistas que dirigía el conocido fascista coronel Eymar. Pero ya Eliseo había salido en libertad hacía unos meses, después de haber estado encarcelado en el sórdido y helado penal de Burgos, y se había reunido conmigo en el minúsculo y desamueblado piso que tenía alquilado en Barcelona.

Yo había terminado la carrera de Derecho y ejercía la profesión libremente, lo que significaba ingresos precarios y total inseguridad. Ni sueldo fijo ni seguridad social. Ni para mí ni para mis dos hijos, de 10 y 12 años, que desde mi traumática separación matrimonial, acaecida una década atrás, dependían exclusivamente de mis recursos.

Todos, Eliseo, mis dos hijos, una mecanógrafa que me ayudaba y yo, compartíamos sesenta metros cuadrados. La minúscula habitación de la entrada servía de sala de espera y dormitorio, y mi despacho nos albergaba de noche a los dos adultos y contenía una mesa plegable para servir las parcas comidas que nos permitían mis ingresos, los únicos que entraban en nuestra casa, ya que Eliseo apenas podía aportar ayuda económica.

Su pasado que era presente subversivo, la condena de 11 años de prisión por su adscripción a las juventudes libertarias, su situación en libertad condicional, sometido a las inspecciones de la Junta de Libertad Vigilada, le situaron en la lista negra de los escritores. Ningún medio de comunicación le empleó, ningún periódico le publicaba, ninguna editorial estaba dispuesta a contratarle un libro.

Sin apoyos económicos familiares, sin fortunas personales, dependíamos de únicamente de solas fuerzas para mantener y educar a mis hijos y sobrevivir nosotros. Eliseo no tenía otras titulaciones ni conocía profesión diferente que la de periodista. Y mi bufete no podía rendir mucho cuando, llevada de los ideales que han regido mi vida, me dedicaba fundamentalmente a defender obreros, mujeres maltratadas y presos políticos.

En estas circunstancias llegó una oferta que nos pareció estupenda. La editorial Danae nos proponía escribir El libro de la vida sexual, que ocuparía varios cientos de páginas y alcanzó más de mil mecanografiadas, pagándonos a treinta y cinco pesetas el folio. Según el tiempo que empleáramos en tal tarea, podríamos recibir una ayudita salvadora durante bastantes meses. La propuesta nos pareció digna de aceptarse inmediatamente.

La oferta poseía un único inconveniente, que aunque parezca mentira no era el precio, tan miserables eran entonces los estipendios habituales que proporcionaba la literatura: la obra la firmaría el ya afamado psiquiatra Juan José López Ibor, porque el nombre de Eliseo no debía aparecer impreso en ningún lado. El mío, por lo visto, tampoco podía publicarse, y en este caso nadie nos dijo la razón. Pero nos pareció un insignificante inconveniente. En nuestra situación no podíamos poner condiciones. Más importante era comer cada día, pagar el piso y el colegio de los niños, que defender nuestro orgullo de autores. De tal modo nos pusimos a la tarea.

Con afán sin igual, para reunir el mayor número de páginas, consultamos multitud de obras de los más famosos entendidos en la materia. Comenzamos por la vida sexual de los pueblos primitivos, cuyas peculiaridades aprendimos de varias obras sobre la materia, especialmente de Margaret Mead y de Malinowski; seguimos por las peculiaridades de la vida amorosa en otros países, estudiamos la Edad Media y la Moderna y llegamos entusiasmados a las obras de Freud, de Wilhelm Reich, de Foucault, de Beauvoir. Era la ocasión de difundir las teorías ocultas hasta entonces por la demente censura del franquismo, y ofrecer un tratado, aunque fuese elemental, sobre sexualidad, especialmente a los jóvenes, tan necesitados de él para superar la represiva educación sexual que habían recibido sus mayores.

Eliseo trabajaba todo el día en el libro, y yo lo hacía de noche, cuando ya concluidas las gestiones en los juzgados, despedidos mis clientes y cenados y acostados mis hijos, podía tener unas horas de libertad, que se restaban sin misericordia al sueño. Leíamos y escribíamos a la vez. Cada uno se ocupaba de un tema, y luego nos lo comentábamos y corregíamos al unísono. Las máquinas de escribir a veces hacían tanto ruido que algunos vecinos vinieron a quejarse a media noche.

Cada semana entregábamos un capítulo, o casi, y cobrábamos con gran alegría lo estipulado. Debo reconocer que en ningún momento nos sentimos humillados ni ofendidos por el anonimato en que nos había sumido la empresa. Sabíamos que pertenecíamos al submundo de los perseguidos, de los anatemizados, de los vencidos. Éramos supervivientes de la generación derrotada por la Guerra Civil, estábamos sometidos por el fascismo a todas las torturas, muchas de las cuales ya habíamos sufrido en la propia piel, y no íbamos a sentirnos indignados por aquella que nos permitía comer. Como decía mi padre, César Falcón, el periodista y escritor peruano, para mantener la lucha y oponerse a la hipócrita moral burguesa, «los comunistas no tenemos honor».

El honor era un lujo que no podíamos permitirnos. El que debía haber reivindicado el suyo era López Ibor. Su nombre y su firma debían haber sido más valorados por él mismo, para no ser depositados ciegamente en un texto que no conocía, y que había sido escrito por dos jóvenes amanuenses desconocidos. Mucho más pecador era el supuesto autor que nosotros, porque según afirma Sor Juana Inés de la Cruz, menos culpable es «el que peca por la paga/ que el que paga por pecar». Y más habría debido ser el ilustre López Ibor, que con toda seguridad ni leyó el original antes de publicarse, porque como tenía que suceder, nos salió un libro desenfadado, progresista, rompedor de tabúes, prejuicios y estúpidos bulos como aquel que aseguraba que la masturbación producía impotencias varias, ceguera y locura, que tan difundido era entonces entre los jóvenes educandos de colegios religiosos. Un libro, que recopilaba historias y leyendas de pueblos primitivos donde los adolescentes se dedicaban alegremente a la coyunda sin limitaciones, prohibiciones ni castigos; que reivindicaba el amor libre, el divorcio, la separación de la reproducción de la sexualidad y en consecuencia el control de natalidad, y que estoy segura que poco de acuerdo se hallaba con los principios defendidos por Ibor.

Pero lo que no hicimos, porque los nuestros incluían mucha mayor integridad y honradez que los del famoso médico, fue vengarnos del mal trato que nos daban la editorial y el ilustre autor. Cuando hace poco, el escándalo de un plagio ha saltado debido a que el negro se precavió contra ciertos abusos copiando episodios enteros de obras de otros autores, me admiré de su astucia.

En nuestra ingenuidad nunca hubiéramos imaginado una argucia semejante. Utilizamos fuentes diversas, estudiamos con afán las obras importantes de los mejores especialistas en la materia y realizamos un resumen de varias de ellas, pero nunca copiamos párrafos enteros. Quizá porque desconocíamos, dada nuestra juventud e ignorancia, la estrategia de la «intertextualidad», que acabamos de conocer. Término que, por cierto, como sugería de forma tan original Carlos París, podría también aplicarse a los ladrones de otra clase de bienes y se formularía como «interpropiedad», por ejemplo.

Orgullosos del trabajo

El trabajo nos duró varios meses y nos permitió saciar hambres varias: de comida, de ropa y de libros. También, ¡qué buenos y qué ingenuos éramos!, nos alegramos cuando vimos el libro publicado. Nos gustó la edición y nos sentimos orgullosos de las muchas páginas que habíamos escrito. Lo que más nos llamó la atención fue que, debajo del nombre del ínclito Juan José López Ibor, como autor y director de la obra, aparecían una serie de colaboradores, profesionales de diversas materias, que nunca habíamos visto ni conocido, como equipo autor de diversos capítulos. Nuestros nombres brillaban por su ausencia. Y nos dimos cuenta de que había más

personajes, además de Ibor, capaces de atribuirse el trabajo de los demás.

Y ya no volvimos a percibir ni una peseta más por la obra. Se hablaba de que se habían vendido miles de ejemplares, porque los lectores, especialmente los jóvenes, habían recibido el libro con entusiasmo.

Menos mal que a nosotros no nos quitó más que horas de trabajo y descanso, y que nuestra propia vitalidad y optimismo nos hicieron superar sin trauma alguno aquella peripecia, que tomamos con mucho sentido del

humor. Años más tarde, cuando se lo contábamos a nuestros amigos, que reaccionaban con incredulidad primero e indignación más tarde, sus sentimientos nos sorprendían y hasta emocionaban. Tan buenos y agradecidos éramos.

 

 

El siguiente video es un extracto del reportaje "1968: Yo viví el mayo español" en el que sale Lidia hablando del libro.

Puedes ver el reportaje completo haciendo clic aquí.

13/11/2008 GMT -6

Lo que no me ha pasado a mí

lidiafalcon @ 12:50

Público.es
11 Nov 2008
Por Lidia Falcón

Ilustración de Iker AyestaranCuando César Falcón, mi padre –escritor, periodista, director del periódico del Partido Comunista Mundo Obrero y de la emisora de radio que retransmitía las crónicas de la guerra, Altavoz del Frente–, salió de España en marzo de 1939 huyendo de la persecución de las tropas franquistas para exiliarse en Francia y posteriormente en México, nunca creyó que jamás podría regresar a aquel país que había sido su patria durante 20 años y por cuyo progreso había luchado hasta el último minuto.

Cuando Carlota O’Neill de Lamo –hermana de mi madre, Enriqueta O’Neill–, esposa del capitán de aviación Virgilio Leret Ruiz, fue detenida en Melilla dos días después de que su marido fuese fusilado por las tropas facciosas que se habían alzado en armas contra el Gobierno de la República, nunca pudo imaginar que 72 años después, y en plena democracia española, no se habrían investigado y juzgado todavía los crímenes cometidos por los responsables de la dictadura que encabezaba Franco. Tampoco hubiera podido imaginarlo cinco años más tarde, cuando salió de la prisión melillense, viuda, sin conocer siquiera la tumba de su marido, y recogió a sus dos hijas, María Gabriela y Carlota, de ocho y diez años, en el asilo de huérfanos de militares de Aranjuez.

Ni cuando tuvieron que exiliarse en Venezuela, ocho años más tarde, ni ella ni mi madre ni mi abuela, Regina de Lamo, pudieron imaginar, terminada la II Guerra Mundial y abandonada España por las potencias democráticas a los horrores de la dictadura, que en 2008 la Audiencia Nacional española, ya en democracia, impidiese que los descendientes de las víctimas buscasen los restos de sus antepasados, tirados en las cunetas de las carreteras y en las peñas de los montes, como si de perros abandonados se tratase.

Las décadas han transcurrido, indiferentes al sufrimiento de las víctimas de la represión franquista: 200.000 desaparecidos, 250.000 fusilados, 600.000 encarcelados, un millón de exilados (en proporción a su población, 22 millones de habitantes, España es el país con más pérdidas humanas derivadas de una guerra civil). Durante los interminables años de la dictadura, luchábamos por sobrevivir y acabar con aquel infame régimen que se prolongó más que ningún otro régimen fascista europeo, pero al fin conquistamos toda la democracia que nos dejaron, y desde entonces, otros 30 años más, estamos exigiendo que se reconozca la injusticia de los juicios espúreos que se celebraron manu militari y que acabaron con el fusilamiento o la prisión de miles de personas, por sus actividades políticas o sindicales. Que se investigue el paradero de los miles de desaparecidos, que se indemnice a las víctimas o a sus herederos.

Nada de esto se ha producido todavía, a pesar de la esforzada labor que durante 20 años han realizado particulares y asociaciones en reclamación de la verdad, de la justicia, de la dignidad. En este año 2008, el auto del juez Baltasar Garzón iniciando diligencias para investigar los crímenes del franquismo había dado un poco de esperanza a los solicitantes, pero los ilustres magistrados de la Audiencia Nacional, tan parecidos a aquellos que juzgaron la represión desde el Tribunal de Orden Público, se la han quitado. Los franquistas siguen rigiendo la justicia española.

En España, los franquistas, que siguen detentando los bienes de los que se apropiaron, continúan inundándonos con los mismos gritos destemplados de siempre, con su inaudita falsificación de la realidad, con sus burlas del genocidio que perpetraron, con su desprecio por los sufrimientos de un país que perdió en tres años el más consciente movimiento obrero, las mejores cabezas de la intelectualidad, la magistratura, el profesorado, la universidad, la investigación, los dirigentes sindicales y políticos, que fue sepultado en la miseria económica y moral durante medio siglo. Perdida la Guerra Civil, perdimos también la II Guerra Mundial, y por tanto nuestro destino no fue el de las potencias aliadas, pero tampoco el de la Italia fascista. Aquí quedamos los españoles hundidos en el pantano de corrupción y crimen de la dictadura, y después, cuando se celebró el nacimiento de una democracia modélica, y durante otros 30 años más, ni siquiera nos permitieron recordarlo. Por ello, la mayoría de los descendientes de las generaciones que la soportaron ignora la verdadera horrible realidad de aquella etapa.

Lo más demoledor de la historia española es que no solamente los herederos de los franquistas niegan la represión que ejerció su apreciado régimen, sino que los que no la vivieron directamente la minimizan. Las obras que se han publicado, las películas que se han filmado, los reportajes que se han realizado, no reflejan en todo su horror lo que fue la vida cotidiana, la lucha de los resistentes antifranquistas, la brutalidad y sordidez de las prisiones, la miseria del pueblo, los actos de tortura que se producían constantemente en las comisarías y cuarteles contra todo disidente o simplemente sospechoso. Porque los muertos no hablan, los exiliados lo hicieron allende los mares, los que quedaron aquí silenciados no pudieron dar testimonio de la profundidad de la destrucción de nuestra condición humana.

Por eso es posible que los que no se enteraron de la verdadera miseria de nuestra vida consideren que no vale la pena remover las historias del pasado, porque piensan que lo que no me ha pasado a mí no le ha pasado a nadie. Por eso es posible que sigan oyéndose todavía más altos los gritos fascistas que los de las víctimas.

Lidia Falcón es abogada y escritora. Presidenta del Partido Feminista de España

Ilustración de Iker Ayestaran

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