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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Categoría: Feminismo

01/02/2010 GMT -6

El sentido de los partidos feministas

lidiafalcon @ 13:52

Los colectivos feministas critican que los partidos tradicionales no mantengan entre sus prioridades los problemas que atañen a las mujeres. Proponen crear agrupaciones políticas alejadas del patriarcado

Público.es
25 Ene 2010
Por Magda Bandera

"La igualdad entre hombres y mujeres, aunque no lo parezca, no es una prioridad política para ninguno de los partidos que conforman el abanico parlamentario", denuncia Rosario Carracedo, cabeza de lista en las últimas elecciones europeas por Iniciativa Feminista. Su opinión es compartida por todas aquellas mujeres que defienden que los partidos feministas son imprescindibles para que la lucha por la equidad sea algo más que una mera declaración de intenciones electoralistas que, de vez en cuando, se plasma en alguna ley más o menos efectiva.

Legalizar el divorcio, en su momento, avanzar en la Ley del Aborto o en la lucha contra las agresiones machistas son "sólo pasitos", asegura Lidia Falcón, líder del movimiento feminista en España desde los años sesenta. Pero esos avances mantienen el sistema patriarcal prácticamente intacto, porque no cuestionan las bases ni las consecuencias de la dominación masculina. "Si queremos una transformación real de la sociedad y acabar con la desigualdad, debemos participar en la política y en la toma de decisiones".

El aborto, el divorcio o las leyes contra la violencia de género son "sólo pasitos"

"Por desgracia -añade Falcón- una parte del feminismo ha entendido que eso significa entrar en las cúpulas de los partidos. Pero estos están dirigidos por hombres y ellos siempre luchan por buscar cambios de tipo económico, de clase, y relegan los asuntos que afectan a la mujer a un segundo plano. Es una pena que algunas de las feministas más válidas acaben en esas formaciones, creyendo que así van a tener más poder".

Además, la mayoría de los asuntos que los partidos tradicionales incluyen en sus programas siguen centrándose básicamente en la capacidad reproductiva de la mujer, señala Falcón. Otras compañeras de batalla critican la propia estructura de las formaciones, muy jerárquica y con un lenguaje masculinizado, que invisibiliza a las mujeres, a pesar del esfuerzo por saludar a la audiencia con coletillas del tipo "vascas y vascos".

Precisamente, la lucha constante contra el machismo de sus compañeros del Partido de la Izquierda llevó a la sueca Gudrun Schyman a dejar esta formación y cofundar Iniciativa Feminista. Sólo así pudo defender un programa en el que el primer punto era la equiparación salarial entre ambos sexos. Su objetivo es hacerlo algún día en el Parlamento hasta lograr que una ley obligue a cumplirla.

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"Buscamos ser como los Verdes"

Lidia Falcón. Abogada

“Si las mujeres en España tuvieran una visión política sobre la desigualdad y sobre sus intereses, las feministas podrían tener una influencia similar a la de Los Verdes”, opina Lidia Falcón, impulsora del primer Partido Feminista de España (PFE), legalizado en 1981. Esta abogada considera imprescindible que exista un partido que se centre exclusivamente en la lucha por la equidad. Como argumento, recuerda que “el aborto no estaba en el programa electoral del PSOE, porque le interesan más las relaciones con la Iglesia que la mujer. Por eso tuvieron que ser las feministas de este partido las que después lo llevaran a la agenda legislativa”. Ahora, Falcón teme que el movimiento feminista se “atomice” en distintos partidos, como suele suceder con la izquierda.

"Hay que estar en el Parlamento"

Gudrun Schyman. Líder de Iniciativa Feminista

“Necesitamos estar en la arena parlamentaria para hacer las reformas que permitan alcanzar la equidad”. Gudrun Schyman, líder desde 2005 del partido sueco Iniciativa Feminista (IF), modera su discurso al afirmar que “los partidos tradicionales no son sexistas” intencionadamente. Sin embargo, denuncia que “no reconocen que el modelo patriarcal supone un conflicto para la sociedad “. Schyman abandonó el Partido de la Izquierda y creó sus propias siglas para luchar por la equiparación salarial, y por la mitad de la población que sigue temiendo ser agredida o amenazada. Schyman, que logró el 2,2% de los votos en las últimas elecciones europeas, considera que el principal logro de IF ha sido poner el foco en “la responsabilidad de los hombres como padres”.

"Queremos un grupo no tutelado"

Rosario Carracedo. Abogada

Además del nombre, la formación encabezada por la abogada Rosario Carracedo comparte objetivo con la Iniciativa Feminista sueca: “Dotar al movimiento feminista de una articulación política propia, autónoma independiente y no tutelada, capaz de erigir el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres al nivel de máxima prioridad política”.
Carracedo define su proyecto como “el más democrático, universal y solidario que haya sido formulado hasta ahora”, porque “incluye a toda la humanidad”. Para Carracedo, “el feminismo es una ideología de izquierdas porque pretende colocar a todas las personas en un plano de igualdad equivalente”. IF obtuvo 11.266 votos en las últimas elecciones europeas (0,07%).

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11/05/2009 GMT -6

"Ser feminista es superar el comunismo"

lidiafalcon @ 18:43

Plática con Lidia Falcón en la televisión catalana. (11/05/2009)

Haz clic aquí para ir a la fuente de este video.

13/03/2009 GMT -6

La Constitución de las mujeres

lidiafalcon @ 10:50

Público.es
9 Mar 2009
Por Lidia Falcón

La celebración del Día de la Mujer es una buena ocasión para reflexionar sobre el papel que ha jugado la Constitución –que recientemente cumplió 30 años–, en la vida de las mujeres españolas. Este olvido resulta más culpable si se tiene en cuenta que no sólo las mujeres constituyen el 52% de la población, sino que, si la Carta Magna ha producido algún efecto perceptible en la vida cotidiana de los ciudadanos, ese es fundamentalmente el que ha causado en la de las mujeres. Ellas fueron las grandes perdedoras de la Guerra Civil que yuguló sangrientamente los avances y las esperanzas de progreso que albergó la II República. El dictador y sus secuaces, con el inestimable apoyo de la Iglesia católica, se cebaron con especial sadismo en torturar a las españolas. Privadas de derechos civiles y laborales, de la patria potestad de sus hijos, condenadas por ley a la marginación de la vida pública y a la miseria económica, perseguidas penalmente por adulterio, prácticas anticonceptivas, aborto o abandono del hogar, se hundieron en la condición más penosa de toda la historia de España.

Solamente la firmeza que mostramos durante la transición en la exigencia de nuestros derechos nos situó en el escenario social del que también los organizadores de esta democracia querían apartarnos. Es bueno recordar fechas y actuaciones para que a los dirigentes políticos se les sitúe en el lugar que les corresponde. A dos meses de promulgarse la Constitución, en octubre de 1978, después de tres años de celebrar el Año Internacional de la Mujer y de los interminables casi dos años que los padres de la patria estuvieron pactando el texto –recuérdese que ninguna mujer participó en la redacción de la Carta Magna– el único avance que conseguimos fue que los diputados, incluyendo a socialistas y comunistas, eliminaran del Código Penal el delito de adulterio, que sólo cometían las mujeres, y el de prácticas anticonceptivas.

En los programas electorales del PSOE y del PCE de 1977 y de 1979 no constaban ni el divorcio ni el aborto. Nos costó cinco años de luchas heroicas –asambleas, manifestaciones, encierros, cierre de revistas, procesamientos y una buena paliza que recibí yo en la calle en la última manifestación en Barcelona– conseguir el divorcio. Un divorcio condicionado a la separación –han tenido que transcurrir 25 años para permitirnos divorciarnos de primeras, como en cualquier país civilizado–. Aún hubimos de sufrir cuatro años más de penalidades para lograr el permiso de abortar por grave peligro para la salud de la mujer, violación y malformación del feto, que no se ha vuelto a modificar. Mientras se discute la estúpida norma, implantada por los tan progresistas diputados, que impuso la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono, en un país que, para derogar la Ley Sálica, libró tres guerras y para proclamar dos Repúblicas, otras dos, ninguno ha planteado la derogación del precepto que obliga a preservar la vida de “todos”.

La Constitución es la jaula de hierro que nos encarcela en las tiranías de nuestra fisiología y nos impide alcanzar el derecho a disponer de nuestro propio cuerpo, con esa disposición del artículo 15, estableciendo que “todos” tienen derecho a la vida, que los franquistas y cristianos metieron complacidamente, ante la indiferencia de socialistas y comunistas. Así, el Tribunal Constitucional, ante el que la Alianza Popular de la época, comandada por el franquista Fraga Iribarne, presentó recurso de constitucionalidad contra la Ley del Aborto, con una interpretación torticera ante un término tan vago como el de “todos”, pudo pronunciarse exigiendo más limitaciones en la práctica. Y esto ha permitido una feroz ofensiva de la derecha, que ha llevado al cierre de varias clínicas de abortos y al encarcelamiento de siete médicos en Barcelona. El Gobierno ha nombrado una comisión de estudio –estupendo sistema inventado por esta democracia para enterrar cualquier proyecto–, en la que han entrado asociaciones del Opus, con las que asegura la vicepresidenta que hay que ponerse de acuerdo, mientras las mujeres siguen teniendo que pagar los 600 euros que cuesta un aborto en una clínica privada, porque sólo el 3% de los abortos se practica en la Sanidad pública. La limitación de derechos a las mujeres de nuestra Constitución ha sido hábilmente ignorada por los partidos políticos y sus líderes, que tanto se están alabando hoy de las componendas con que llegaron a redactarla.

Las mujeres no conseguimos los avances que la Constitución de la II República nos reconocía 50 años antes, porque naturalmente esta tampoco es una Constitución republicana y la monarquía –tan arteramente introducida sin consulta popular, con ayuda de la Iglesia Católica y la derecha, y protegida por el Ejército– impone esas limitaciones. Lo que también se oculta es que, si el movimiento feminista, enfurecidas al fin las mujeres después de casi medio siglo de esclavitudes y vejaciones, no hubiese exigido sin componendas ni rebajas las reivindicaciones que planteábamos, los ilustres constitucionalistas no hubieran introducido el carismático artículo 14, que impone la no discriminación por razón de sexo y que, en teoría, permite a las mujeres exigir igualdad de salario, de oportunidades y de trato con los hombres.

Derechos que no se cumplen, y a esto las mujeres unen la enorme carga de ser las que deben seguir trayendo los hijos al mundo, sin que el pomposo derecho constitucional a la vida exija a los gobiernos a facilitarles la obligación de darle realidad. Ni tampoco la democrática Constitución las protege contra la violencia machista, pero eso es motivo de otro artículo.

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10/03/2009 GMT -6

Los distintos feminismos - Reflexión en el día internacional de la mujer trabajadora

lidiafalcon @ 03:23

" ... todas las instituciones del patriarcado están siendo mantenidas y afianzadas, con mucho respeto, por la izquierda"

elPeriódico.com
8 Mar 2009
Por Lidia Falcón

Mi deseo para este nuevo 8 de marzo sería que no se tomara el nombre del feminismo en vano. Desde hace más de una década, los ideólogos de la modernidad pretenden que las tendencias del pensamiento se vayan unificando, perdiendo los perfiles que las identificaban como de izquierdas y de derechas, y se acerquen hasta encontrarse en ese magma sin identificación que es el centro. Esta actuación en el terreno de la política ya es conocida por todos, pero apenas se ha informado de como ha influido en el feminismo. Habiendo casi desaparecido el movimiento feminista crítico con el poder, y ninguneadas las teorías feministas revolucionarias que se difundieron largamente en los años setenta y ochenta, convertidas en funcionarias muchas de las militantes que dirigieron en su juventud opciones contestatarias, lo que se identifica hoy mayoritariamente como feminismo es una suma de lugares comunes, más propios de los consejos de un consultorio sentimental radiofónico.

A esta confusión se ha sumado el oportunismo de la derecha, que, después de haber perseguido sañudamente cualquier pequeño atisbo de protesta de las mujeres, se sube ahora al carro del feminismo queriendo hacerse con los rendimientos que espera obtener de ello. La derecha pretende defender que sus políticas de inclusión de mujeres en las listas electorales y en puestos de responsabilidad corresponde a su propósito de igualar a la mujer y al hombre en todos los estamentos de la sociedad. Mientras tanto, allí donde gobierna reduce las inversiones en políticas sociales, elimina las medidas de protección de las mujeres, persigue todas las opciones sexuales que no sean la heterosexual y el matrimonio indisoluble y se muestra agresivamente contraria a la libertad de aborto. Así, ha sido posible incluso que se calificara de feminista a Sarah Palin, aquella señora --candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos con el senador John McCain, desaparecida tras la victoria de Barack Obama--, que constituye la encarnación más genuina del ideal reaccionario, o que las mujeres del PP aseguren que ellas son más feministas que nadie porque han alcanzado escaños en los parlamentos.

Pero estas falsificaciones son posibles cuando desde la izquierda ya no se defienden los principios transformadores de la sociedad que fueron la bandera del feminismo desde el siglo XVIII. Abandonada la crítica de las instituciones patriarcales como la familia y el matrimonio --uno de los grandes triunfos ha sido alcanzar el matrimonio de los homosexuales--, el feminismo dominante en los partidos de izquierda está manteniendo lo privado frente a lo público, lo individual frente a lo colectivo. Nuevamente, la derecha ha triunfado. Y no solo en lo económico, sino que lo ha hecho también, y siempre va unido, en lo ideológico. Los anhelos de los años setenta de construir una sociedad solidaria y altruista --la tercera enseña de la Revolución Francesa: la fraternidad, tan ignorada-- se han abandonado con desprecio para defender el más viejo individualismo.

Olvidadas las demandas clásicas del amor libre --la enseña de Alejandra Kollöntai que, en 1905, reclamaba la sustitución del matrimonio y de la familia por "la unión libre de libres individuos"--, la socialización del trabajo doméstico, la responsabilidad colectiva en la educación y cuidado de los hijos incluso son anatemizadas por los que se proclaman "modernos". Modernidad que lleva a afianzar las más viejas y caducas instituciones: matrimonio --mayoritariamente religioso--, familia nuclear, educación privada o religiosa a través de la omnipresente cadena de centros religiosos de enseñanza concertada, responsabilidad individual en el cuidado de los niños: todas las instituciones del patriarcado están siendo mantenidas y afianzadas, con mucho respeto, por la izquierda. Y ¡ay de aquellos que pretendan escaparse de la férula del Estado patriarcal y capitalista! Serán castigados con los enormes recursos de que este dispone: penalizaciones económicas, marginaciones sociales y laborales... Al final, todos se someterán a las normas dominantes: homosexuales que se casan; familias unidas obligadas a procurarse subsistencia y vivienda por sus propios medios, sin apenas ayudas; pocos niños, pero embarazados y paridos según los obligados dictados de la naturaleza. El triunfo de la consigna más grata a la derecha: sálvese el que pueda, con un Estado que se inhibe de sus funciones protectoras, lo que, en definitiva, perjudica siempre al más débil.

Resumiendo: la preeminencia de lo privado sobre lo público. Incluso una de las reivindicaciones más emblemáticas del feminismo, el pacifismo, se ha retorcido hasta el punto de que las feministas acepten, algunas incluso entusiasmadas, la cada vez mayor participación de mujeres en el Ejército, la Guardia Civil y la Legión. Se aceptan las imitaciones, por parte de las mujeres, de las conductas más agresivas masculinas --boxeo, lucha libre, agresividad, acoso sexual--, considerando, según las normas del patriarcado, que el modelo masculino es el universal y, por tanto, el que hay que imitar. En definitiva, es imprescindible volver a establecer cuáles son los principios del feminismo.

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08/03/2009 GMT -6

Lidia Falcón y el feminismo marxista español

lidiafalcon @ 01:36

Lidia Falcón, líder del feminismo español internacionalmente reconocida por su labor de defensa de los derechos de la mujer, y escritora de obras como Mitos del feminismo español, Postmodernos o Camino sin retorno, presenta en esta ocasión la novela “Al final estaba sola”. Una obra íntima y política con la que Falcón rinde homenaje a toda una generación de mujeres y hombres, perseguidos políticos por el fascismo, a través del conmovedor retrato de la vida de la protagonista. Un análisis de los avatares que condicionan la vida de las mujeres, donde nuevamente la autora nos empuja a proclamar: “lo personal es político”.

“Al final estaba sola”, una novela de exilios, cambios políticos y la vida de una mujer luchadora.

Al final estaba sola, es la vida de Ruth, una mujer casada prematuramente, divorciada en una época donde todavía no existe el divorcio que pasa dificultades económicas pero que al mismo tiempo ha heredado de sus padres y abuelos,- masones, liberales y socialistas-, cierta conciencia social y política. En plena dictadura franquista se inscribe en un pequeño partido de izquierdas considerando que otros partidos son colaboracionistas del poder. El partido en el cual milita la protagonista decide declarar la lucha armada y la protagonista se ve obligada a exiliarse. Esta es la parte política que enlaza cuando ella vuelve a España y ve los cambios que se produce con la transición política y el asentamiento de la democracia. Muchos de sus camaradas de partido se han convertido en funcionarios de partidos más moderados y conservadores, llevan coches oficiales y detentan puestos de poder. Esto esta entrelazado con la historia personal de ella. La protagonista se decide a ejercer la prostitución esporádicamente en momentos de fuertes dificultades económicas. La mujer cuando está en una situación económica aguda puede alquilar su cuerpo para las manipulaciones masculinas, lo que debe dar lugar a un debate sobre la prostitución entendida libre, voluntaria, y no sé si gratificante.

A través de Ruth, que es la protagonista de su novela, se plantea la famosa división entre esfera pública y esfera privada tan criticada por el feminismo. ¿Tenemos que seguir insistiendo en “lo personal es político”?

No hay tema humano que no sea político. La sexualidad, el amor, los sentimientos, las emociones o las relaciones materno y paterno-filiales son una cuestión política, como los hombres saben muy bien aunque lo disimulen o lo oculten. Los hombres manipulan la sexualidad, manipulan el amor, y manipulan los sentimientos. Con eso consiguen la dependencia extrema de las mujeres y por otro lado una lealtad y fidelidad enorme a los padres y la familia. Y lo mismo ocurre con la educación de los niños, la cual debe ser un asunto social y un asunto público. No me refiero tan solo a la escolaridad, sino a la plena socialización y educación del individuo que debe ser un asunto colectivo, es decir, un asunto basado en unos principios y valores morales conjuntos. No podemos dejar estos asuntos en la privacidad y bajo la responsabilidad de unas familias donde acaba siendo la madre la última responsable. Por lo tanto debemos insistir en que el matrimonio, el amor, la sexualidad o las emociones, son un asunto público. Esto es fundamental para que el feminismo pueda avanzar, y como consecuencia la sociedad, permitiendo a la mujer liberarse de esas dependencias.

“No hay tema humano que no sea político... como los hombres saben muy bien aunque lo disimulen o lo oculten.”

¿Cuándo el feminismo de la diferencia y el feminismo de la igualdad se van a poner de acuerdo?

Yo lamento esta división pero no me escandaliza porque los hombres no sólo se dividen, sino que se matan y eso nosotras no lo hemos hecho nunca. Los campos de concentración, las matanzas, las guerras organizadas por hombres no tienen ni punto de comparación con los excesos del feminismo que podríamos calificarlos de travesuras. Es lógico que existan diferentes tendencias dentro del feminismo porque hay diferentes clases económicas, y las mujeres también están divididas por esas clases. Las feministas de la diferencia hablan desde una ideología pequeño-burguesa, idealista y superficial que no tiene en cuenta las condiciones materiales de existencia, tanto la división en clases de las mujeres como su adscripción a la división sexual del trabajo, lo que significa tener hijos y cuidarlos y tener sobre sí la carga familiar. Cuando esto se obvia y tan solo se habla de sentimientos, del papel simbólico de la madre o del tabú del incesto el resultado es alejarse de la realidad y de las condiciones más penosas que soportan las mujeres.

“Al final estaba sola” es sin duda un homenaje a dos generaciones de mujeres: la de la guerra y la de la posguerra española.

Es un homenaje a la generación de la guerra y a la generación de la posguerra a la cual pertenece la madre de la protagonista, pero también a los hombres de aquella época. El padre y la madre son maestros y representan aquella generación de maestros de la República idealistas y románticos, que defendían los valores republicanos de la lealtad, la austeridad, la solidaridad, y que consideraron que la educación cambiaría este país con una ingenuidad extraordinaria. A estas personas no se les ha reconocido su heroísmo, y son injustamente olvidados. Además se ha vertido toda una serie de infamias por parte del fascismo sobre ellos que nos debes escandalizar. El otro homenaje es a toda aquella generación que lucho contra la dictadura franquista, y que tampoco se les recuerda.

¿Seguimos luchando solas?

Mi generación, la generación de mujeres de la transición fuimos escandalosas y valientes, en este sentido a los medios no les quedo más remedio que contemplarnos dentro de una España que cambiaba a pasos agigantados, pero hoy en día no estamos muy acompañadas. Ha habido una involución muy grave. Me parece gravísimo que haya siete médicos en Barcelona en la cárcel por practicar el aborto, que haya una ofensiva de la extrema derecha gravísima con todo el cortejo mediático que ha tenido y que la Iglesia pretenda que volvamos a los años del Concilio de Trento. No veo la respuesta adecuada por parte del movimiento. El movimiento feminista está desarticulado porque una parte importantísima de las dirigentes han pasado de ser activistas a ser funcionarias que gestionan fondos del Estado. Esto lo vamos a pagar muy caro. Como decía Brecht, un día vendrán a por nosotras y no sabremos por qué.

Medio mundo está pendiente de las elecciones a la presidencia norteamericana ¿En qué medida la visión política de una mujer como Clinton puede ayudar a cambiar las cosas?

Yo sin duda votaría antes a demócratas que a Republicanos, por supuesto. Puedo aceptar que Clinton será emblemática, la primera mujer que alcance la presidencia de los EEUU, pero tampoco apoyo fanáticamente a esta mujer porque me parece mucho más conservadora de lo que debería ser. Apoyó la guerra de Irak, lo que me parce infame. Tampoco me pareció correcta, hablando de lo personal es político, cuando el escándalo de su marido. En este caso, trató de agarrarse al poder, humillándose y sigue apoyando a este sin vergüenza. Obama me parece más a la izquierda que Clinton, pero como colofón añadiré que si cualquiera de los dos es el candidato final de los demócratas, ganaran los Republicanos, porque no veo que la sociedad occidental esté preparada para que una mujer presida los EEUU.

Publicado en Cartelera Turia por Nuria Escudero (2008).

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19/01/2009 GMT -6

VINDICACIÓN FEMINISTA

lidiafalcon @ 13:56

VINDICACIÓN FEMINISTA
Memorias Feministas

El pasado jueves, 17 de abril se inauguró en el Museu d'Historia de Catalunya una exposición titulada Dones: Les Camins de la Llibertat. Desde los griegos hasta la actualidad repasa las luchas feministas. Dedica un gran espacio a las sufragistas norteamericanas e inglesas. Y desde los años 70 a Catalunya. Un espacio completo a la librería La Sal de Barcelona. Por el contrario, tan sólo dedica a la histórica revista Vindicación Feminista un único ejemplar -el de la educación- colocado en una vitrina y medio tapado por panfletos y revistitas varias. Lidia Falcón, narra la historia de esta mítica revista feminista.

LAOTRAPÁGINA.COM
Julio de 2008
Por Lidia Falcón

Al salir de la prisión el reencuentro con Carmen Alcalde cuando ya había recorrido la primera mitad de la vida, andados los caminos de las luchas políticas y del ejercicio profesional nos planteó un nuevo desafío. Nos hallábamos ante la etapa más decisiva de la historia de España de los últimos cuarenta años, porque Franco se moría y algunas cosas cambiarían en la España postfranquista. Era por tanto el momento de participar en aquellos cambios con la mayor decisión y audacia posibles, si queríamos influir en la construcción del nuevo Estado que claramente se adivinaba. Si nos quedábamos inmóviles a la espera de que otros tomaran todas las decisiones, incluso aquellas que nos concernían, las mujeres serían relegadas a un segundo término en todos los aspectos de la vida política y social. Muchas eran las luchas y tareas que se podían realizar en aquella sociedad civil que comenzaba a poder expresarse y organizarse en libertad: participar en los grupos o partidos políticos que estaban creándose o aflorando nuevamente, dirigir e impulsar el Colectivo Feminista que entonces comenzaba con la exclusiva actividad feminista, organizar el Congreso Internacional Feminista tan bruscamente abortado, crear órganos de difusión y opinión como revistas o periódicos.

El feminismo crecía en fuerza y entusiasmo entre los grupos que se formaban con mujeres salidas de todos los ambientes sociales y de todas las edades. Por ello el Colectivo Feminista tenía cada día más asociadas y su existencia era imprescindible para participar en el Movimiento Feminista desde la postura del feminismo político que debía alcanzar su madurez, años después, en la creación del Partido Feminista. Y como todo movimiento que necesita expanderse y llevar a cabo una labor de convencimiento de un sector de la población, constituía una necesidad la constitución de medios de comunicación para difundir el feminismo. Imposible como era para nosotras montar una emisora de radio o un canal de televisión, la única opción era disponer de una revista. La decisión de crear Vindicación Feminista, que consideramos la tarea más importante que debíamos afrontar ante la que se preveía inminente implantación de la democracia, la tomamos Carmen Alcalde y yo después de renunciar al Congreso feminista que habíamos intentado antes de mi detención. Reflexionamos sobre la importancia que tendría publicar una revista feminista, por primera vez en España desde la guerra civil, y del impacto que ésta ocasionaría en un país ayuno de tales publicaciones. Era preciso disponer de la revista que fuera el núcleo de unión de todas las mujeres que quisieran compartir el ideal feminista. Una revista que significara para el feminismo lo que tantas otras fueron en la historia para el movimiento obrero o los diferentes aspectos de la cultura de vanguardia. Era una decisión mucho más arriesgada que la del congreso, implicaba una inversión enorme de dinero y la coordinación de un equipo de profesionales que no existía. Pero Carmen Alcalde y yo nos atrevíamos entonces a todo. De modo que nos pusimos a la tarea en julio de 1975, cuando todavía no me había quitado de encima el olor de la prisión de Yeserías.

La sacamos de la nada. Cuando comenzamos las primeras reuniones con Tony Misserachs para que se encargara del diseño, y convocamos a las periodistas que pudieran colaborar en ella, no teníamos ningún capital para invertir en el proyecto. Y no sólo nuestra insolvencia era manifiesta y permanente desde siempre, sino que hacía un mes que yo había salido de la prisión y me hallaba en libertad provisional de dos procesos políticos, de los que debía temer fundadamente que algún día tendría que dar cuentas en alguno de aquellos infames juicios que celebraba el Tribunal de Orden Público. No había podido recuperar la normalidad en mi despacho profesional, que había estado cerrado durante casi un año, aunque mi querido compañero y amigo Rodolfo Guerra se hizo cargo de los asuntos pendientes, y no disponía apenas de recursos económicos para mantenernos las cuatro personas de la familia, porque tampoco Eliseo Bayo, que era entonces mi compañero de vida, había vuelto a trabajar en su profesión de periodista, purgado como se hallaba en todos los medios de comunicación. Incluso las fianzas penales que por valor de 200.000 pesetas habíamos depositado para salir en libertad, y que en aquel año de 1975 constituían una cantidad considerable, habíamos tenido que pedirlas prestadas. Debía nueve meses de alquiler de mi despacho, mis hijos no habían terminado sus estudios y entre Regina, Eliseo y yo teníamos cuatro procesos políticos pendientes.

En condiciones tales, montar una revista de sesenta y cuatro páginas, tamaño 32 por 21, editada en papel offset satinado de ochenta gramos, con multitud de fotografías y portada en color, con una tirada inicial de 20.000 ejemplares, que se convirtió pronto en 34.000, ¡cada mes!, parecía una locura. Pero eso es exactamente lo que hicimos. Y duró tres años.

La historia de Vindicación es la historia de grandes ambiciones y grandes frustraciones, a la vez, y requeriría un tomo entero de la historia del Movimiento Feminista. Fueron tres años plenos de ilusiones, de pasión, de esperanzas, muchas de las cuales se realizaron, y otras concluyeron en una decepción. Para crear una revista feminista, después de cuarenta años de ausencia de tal clase de publicaciones, sin dinero, sin estabilidad económica ni profesional, sin garantía de libertad personal, sin equipo, y con la ambición de que alcanzase las más altas cotas de perfección en todos los aspectos, no tenía más caudal que mi optimismo y mi firmeza ideológica. Estaba segura de la necesidad de publicar la realidad cotidiana de las mujeres, analizarla a la luz de la teoría de la mujer como clase social, que en aquel tiempo estaba yo elaborando; que la relacionase dialécticamente con la lucha de las restantes clases sociales de nuestro país, y que, a la vez, partiendo de ese mismo punto de vista, ofreciese una visión feminista de la política nacional e internacional. Porque todos los temas fueron analizados por nuestra revista. No nos limitamos a defender las grandes reivindicaciones de las mujeres, yo escribí cada mes sobre política nacional e internacional, y desde las huelgas obreras a la situación de los negros en Sudáfrica o a las masacres de Sabra y Chatila, no hubo ningún caso que mereciese denuncia y atención de la sociedad al que no le dedicara mi crónica y mi comentario. Ninguno de mis amigos y compañeros de diversas batallas, excepto Eliseo, creyó que tal propósito era posible y varios intentaron convencerme de que dirigiera mi vida por senderos más racionales. Sobre todo teniendo en cuenta que Franco seguía vivo y que tres meses después de mi salida de la prisión en libertad provisional ordenaba fusilar a los últimos cinco hombres asesinados por el franquismo.

Aunque Franco murió el 20 de noviembre de 1975, la situación política no cambió durante mucho tiempo, demasiado. Yo fui juzgada por uno de los procesos, el de asociación ilícita y propaganda ilegal dos años después de la muerte del dictador y en el momento de publicarse el primer número de la revista, en julio de 1976, no había conseguido el permiso definitivo de edición. Durante varios meses tuvimos renovar la petición. Sufrimos varios sumarios judiciales en razón de la ley de Prensa de Fraga que estuvo vigente hasta después de aprobarse la Constitución. Carmen Alcalde y yo fuimos procesadas por defender el aborto y por criticar el Patronato religioso que mantenía encerradas a las prostitutas.

Releyendo un artículo que publiqué en la revista de la Universidad de Yale hace unos años sobre Vindicación feminista, leo que escribí “Durante varios años los periodistas españoles vivimos en perpetuo estado de inseguridad legal y política. Varios estuvieron en prisión a causa de sus artículos. Los directores de publicaciones acumulaban proceso sobre proceso a los que la revista tenía que hacer frente económicamente. Nunca sabíamos cuándo aparecería la policía en el local de la revista y nos detendría y lo clausuraría.” Cuando a partir del 6 de diciembre de 1978 se aprobó la Constitución que garantizaba la libertad de expresión y de publicación, en junio de 1979 se celebraron las elecciones definitivas al Parlamento y al Senado, y los profesionales de la prensa empezaron a sentirse más seguros, nosotras tuvimos que cerrar Vindicación Feminista. Nuestro tiempo había concluido. Las deudas nos habían ahogado.

A mi se me planteó el gran desafío de encontrar el dinero que hiciera posible el proyecto, mientras Carmen Alcalde se dedicaba a seleccionar las periodistas, montar la maqueta con Tony Misserachs y decidir las secciones de la revista. En parte de todo ello participaba yo también, pero el problema económico consumía la mayoría de mis días y de mis noches de desvelos. Eliseo y yo pedimos dos préstamos de quinientas mil pesetas cada uno en la Caixa de Catalunya y con ese mísero capital me lancé a publicar el primer número. Primero comenzamos trabajando en mi despacho de Roger de Flor, pero al cabo de pocos meses resultó evidente que el espacio resultaba pequeño para mis pasantes y secretaria y las cinco compañeras que realizaban la revista cada mes. De modo que alquilé un piso cerca de mi despacho, en la calle Nápoles junto a Ausias March, para instalar la sede de Vindicación, compré muebles y contraté cinco personas de plantilla a jornada y sueldo completo.

Para dar una idea más exacta de la magnitud del esfuerzo, hay que tener en cuenta que publiqué el primer número de Vindicación en julio de 1976 y costó exactamente el millón de pesetas que habíamos conseguido prestado. El día que teníamos que entregar en la imprenta el segundo, no me quedaba un céntimo. Pero publicamos veintinueve más. Ese fue un milagro que me costó buena parte de mi piel. Hasta el último día se pagaron todos los sueldos y todas las colaboraciones, y eso contribuyó de forma importante a mi ruina y acabó con mis ya escasos recursos. Cuando cerramos la puerta del modesto piso donde trabajamos los dos últimos años, quedaban dieciséis millones de pesetas de deudas pendientes sobre las cuatro personas que habíamos financiado la revista, la mayoría de los cuales eran préstamos personales avalados por nosotros mismos.

Pero si bien yo era responsable de la financiación de la revista, no podía ser ni directora ni subdirectora de la misma, porque la represión franquista que tanto se había cebado en mi, me había impedido obtener el título de la carrera de Periodismo que había concluido después de tres años de estudios y de la presentación de la tesina obligatoria. Era aquella época en que se perdían los expedientes escolares de quienes no éramos afectos al régimen, y nadie daba cuenta de ello ni tenía responsabilidad alguna. Me proponía crear una publicación en tiempos en que sólo los periodistas titulados podían dirigir una publicación, por modesta que fuera. Y no sólo la directora, Carmen Alcalde, la avalaba con su carnet, era preciso también disponer de una subdirectora colegiada. Yo tuve que resignarme a mi papel de editora, que significaba buscar el dinero para publicarla y ser imputada ante los tribunales cada vez que se iniciaba un proceso contra la directora, porque aunque no se me concedían derechos no se me eximía de responsabilidades.

La subdirectora fue Marisa Híjar, y su colaboración fue decisiva para la elaboración de la revista y para su supervivencia, porque no solo la apoyó con toda la vehemencia de su generoso carácter sino que también aportó dinero innumerables veces. A la vez su marido Jaime Torras Martí nos ayudó muy eficazmente en la administración y en la obtención de recursos.

Yo quise a Marisa desde el primer momento que la vi. La recuerdo con dolorosa nostalgia, cuando vino a verme por primera vez a mi despacho de la calle Roger de Flor 96, porque todavía no teníamos local propio para la revista, tan hermosa, tan joven, tan alegre. Tengo siempre presente su menuda figura, el pelo rubio rizado como el de una muñeca, y los ojos más azules, grandes, brillantes y vivos que he visto nunca. Su rostro anguloso, de pómulos dignos de una actriz de Hollywood, y su boca de labios delineados y gruesos, que siempre sonriendo dejaba ver una blanquísima dentadura alineada y perfecta. Y la alegría y el ingenio y el sentido del humor que no la abandonaban nunca. Siempre fue hermosa y alegre y vital, y desgraciadamente también fue siempre joven, porque con cuarenta y dos años los dioses la llamaron a su lado, escogida como los elegidos.

Pero aquel septiembre de 1975 ninguna de las dos podíamos adivinar el prematuro final que la esperaba. Nos encontramos por primera vez y nos quisimos enseguida. Era imposible no quererla. Llevaba con ella la vitalidad, la ilusión, la esperanza, y las transmitía a todo el mundo. Y además se ocupaba muy sensatamente de los problemas cotidianos y les buscaba soluciones y aportaba ideas y nos ofrecía dinero para resolverlos.

Con ella trabajé ininterrumpidamente tres años en la redacción de las secciones de política nacional e internacional de la revista, y más tarde, cuando la amada tirana revista desapareció, nuestra amistad era ya tan firme que nada pudo separarnos. Ni la pérdida del proyecto común, ni la distancia que nos separó, cuando ella vivió dos años en México. Y así nuestros destinos volvieron a encontrarse en el momento en que las dos, a la vez, nos trasladamos a vivir a Madrid. Allí pude disfrutar de su generosa y enriquecedora compañía hasta que el destino me la arrebató.

En el pisito de la calle Nápoles casi esquina a Ausias March, vivimos permanentemente durante tres años, desde 1976 a 1979, las mujeres que formábamos el equipo de la revista. Allí compartimos todas la pasión por el proyecto, informamos y participamos en los acontecimientos más importantes que se estaban produciendo en el país, en una época trascendental como fue la de la transición política española.

Acudíamos a primera hora de la mañana al local de la oficina y trabajábamos febrilmente, porque éramos pocas para todas las tareas, pero muy eficaces, y a mediodía salíamos también juntas a comer en el restaurante y regresábamos inmediatamente a seguir fabricando la revista, a recibir a las colaboradoras, las visitas, conectando con las mujeres de varios países, solicitando información del Movimiento feminista de todo el mundo, hasta las nueve o las diez de la noche.

Para todas era muy grato aquel trabajo, y para mis compañeras su única fuente de ingresos, pero yo, que no percibía sueldo, y apenas de las colaboraciones, a pesar de que escribí miles de páginas, las que se pueden ver firmadas en sus números, y tantas otras sin firma, descuidaba por mi dedicación a la revista mi bufete profesional. Mis pasantes resolvían la mayoría de asuntos, pero mi entrega a Vindicación me provocó un gran declive de mis ingresos durante todo el tiempo que duró.

Es difícil describir de forma convincente, en unas pocas líneas, el sufrimiento que me ocasionaron los ingentes trabajos que me tomé a fin de conseguir el dinero que era preciso cada mes para pagar los gastos de la revista. Me levantaba cada mañana, y apenas había dormido agarrotada por la angustia, pendiente de lograr el millón de pesetas mensuales que nos costaba la maquetista, la imprenta, el grabador, el papel, la encuadernación, el mantenimiento del local, la plantilla laboral, las fotografías y las colaboraciones.

Al cabo de un par de meses de que hubiera salido a la calle el primer número, era evidente que yo sola no podía llevar adelante aquel ingente trabajo. Contraté entonces a Ana Estany, para que me ayudara, que era licenciada en Filosofía y la persona que parecía menos idónea para semejante encargo, pero lo cierto es que la escogí a ella más por el deseo de resolverle el problema laboral que sufría, que por el convencimiento de que fuese la persona adecuada para semejante menester.

Pero la principal responsabilidad de la financiación la tenía yo, y la cumplía angustiosamente. Eliseo aportó grandes cantidades, tanto de sus ingresos, entonces más abundantes, como de préstamos y donaciones que consiguió, mientras yo buscaba que invirtieran en la revista un sin fin de personajes variopintos, que jamás tuvieron intención de realizar tal cosa. Lograba citas con banqueros, editores, comerciantes, industriales varios, y les explicaba con gran entusiasmo los objetivos de la revista, sus propósitos, sus éxitos ya indudables, la necesidad de mantenerla, de disponer de un medio de información y comunicación como el nuestro, único en España, y en muchos otros países, que no contaron nunca con una revista como ésa. Aquellos personajes me escuchaban mucho más divertidos con mi apasionamiento e ingenuidad que interesados por el proyecto que les ofrecía, que les resultaba absolutamente insólito e indiferente. Les pedí ayuda económica y préstamos a amigos y clientes, y amigos de amigos y clientes de clientes. Recuerdo la frustrante y hasta desagradable conversación que sostuve con un empresario que me había recomendado una pariente suya, la fotógrafa Marta Sala. Me citó en un restaurante a la hora de cenar, donde celebraba con unos amigos suyos una reunión alegre y jocosa en la que todo el mundo hablaba a gritos y se reía estentóreamente. Aquel personaje, distraído entre brindis y brindis, chistes verdes y alusiones machistas de sus compinches, me permitió que le explicara mi pretensión, en una breve exposición que apenas podía oír en medio de aquella baraúnda. Luego me sometió a un exhaustivo interrogatorio, con tono irónico y mirada despreciativa, sobre la revista, nuestros propósitos y las necesidades económicas que teníamos, para concluir recomendándome que pidiera el dinero en pocas cantidades a muchas personas, en vez de pretender que unos cuantos me diesen varios millones. Y sobre todo que recurriera a las feministas que, por cierto, eran las más interesadas en que se publicara. Con el estómago vacío, que aquella situación no me permitió tragar bocado, y un regusto a ceniza en la boca, la ceniza de mi proyecto prematuramente acabado, volví a casa a seguir pensando cómo salvar nuestra Vindicación.

Porque a las feministas no había manera de sacarles el dinero. La revista costaba cuando salió a la venta ochenta pesetas, ¡ochenta pesetas al mes!, y a todas les pareció cara. Cuando al año siguiente la subimos a cien, las dirigentes y afiliadas de otros grupos feministas se indignaron, y una serie de mujeres de izquierda, sindicalistas, intelectuales, me reprocharon mi poca sensibilidad para con los problemas de las pobres mujeres que no tenían dinero para pagar una revista tan cara. Solo regalándola hubiese quizá merecido su aprobación. Respecto al precio, que no al contenido, como más tarde tuve ocasión de comprobar.

Las dificultades económicas provenían de la falta de publicidad. A pesar de que para nuestro género vendimos más ejemplares que ninguna otra revista feminista que se hubiese publicado en España, ni antes ni entonces, ya que en el año 1977 poníamos a la venta treinta cuatro mil ejemplares, apenas algunas editoriales nos concedieron unos cuantos anuncios. Precisamente la que entonces era secretaria de mi bufete, hoy abogada, Montserrat Fernández Garrido, comenzó a trabajar conmigo buscando anuncios para Vindicación. Montserrat entró en contacto conmigo porque escribió a Vindicación una hermosa carta de apoyo y adhesión feminista que recibió Ana Estany, a raíz de la cual se entrevistó con ella y me la recomendó para que colaborase con nosotras. Pero a pesar de sus esfuerzos, no consiguió los preciados contratos de publicidad y fue mucho más productivo y gratificante para ella que comenzara a trabajar en mi despacho como secretaria, a que prosiguiera su estéril esfuerzo de visitar empresas que lo último que deseaban era anunciar en Vindicación. De tal modo que cuando aquella imposible empresa de conseguir publicidad se reveló imposible, la contraté en mi bufete y de allí se afilió entusiasmada a la OFR y más tarde fundó con nosotras el Partido Feminista, y durante veinticinco años estuvimos juntas, primero como ayudante y después, cuando terminó la carrera de Derecho, que estudió a instancias mías, se hizo cargo de mi gabinete de abogadas hasta que de él se fue en 2003.

Cada número de la revista costaba un millón de pesetas de los años setenta, y con la venta era imposible cubrir gastos, porque el precio, a pesar de las quejas de las “obreristas” que tanto defendían nuestras “compañeras” feministas, era político, es decir, en absoluto correspondía a lo que nos costaba de gastos de producción, personal y administración, cada ejemplar de la revista, sin pretender obtener ni un céntimo de beneficios, sobre todo porque la distribuidora percibía el cuarenta por ciento del precio de venta. Nunca se cubrían gastos, porque fuesen más o menos las ventas, siempre quedaba un déficit. Ya sabemos que la publicidad es la que mantiene los periódicos y las revistas. Tampoco vendimos lo suficiente para equilibrar las entradas y salidas. Cuantos más ejemplares poníamos a la venta, más vendíamos pero también gastábamos más, lo que originaba una sucesión ininterrumpida de pérdidas. En los meses en que distribuimos treinta y cuatro mil ejemplares, vendimos veinticinco, lo que supuso que nos devolvieran nueve mil cada mes. Cuando fueron veinte, y hasta quince mil, en los estertores ya de la vida de la revista, nos devolvían de cinco a tres mil. Cada primero de mes la distribuidora nos comunicaba los que se hallaban en su almacén a nuestra disposición. Y todos esos miles de ejemplares que contenían sesenta y cuatro páginas interiores, impresos en papel offset de ochenta gramos, con portada de doscientos cincuenta, en cuatricolor, y que había costado el trabajo de muchas horas de un mes de varias docenas de personas, ¡todos ! ¡todos! ¡ había que destruirlos! No se si alguien, ajeno o perteneciente a esa profesión, puede imaginar el sufrimiento que significaba ver como un operario del almacén pintaba en rojo los paquetes atados con bramante y después con una carretilla los llevaban hasta una guillotina inmensa que los cercenaba por la mitad. El final era la recicladora que los convertiría en papel de embalaje o cartón o bolsas.

Y nunca fueron tantas las compradoras incondicionales que hubiesen permitido hacer tiradas mucho más grandes y abaratar costes. El equilibrio únicamente lo hubiéramos podido encontrar con cincuenta mil ejemplares de venta, cifra imposible dados los hábitos de lectura de los españoles, y de las españolas en particular.

En los últimos meses, cuando entre Eliseo, Marisa, Jaime, Carmen y yo habíamos agotado todas las fuentes de financiación que estaban a nuestro alcance, intenté diversos acuerdos con otras revistas no mayoritarias para llegar a algún acuerdo de edición conjunta, pensando que una colaboración de medios de comunicación alternativos, como eran los nuestros, sería interesante también para ellos. Ninguno atendió mi oferta. Me recibían con una actitud de condescendencia tanto hacia mi como hacia Vindicación, a la que consideraban despreciativamente como una revista de mujeres. Nosotras tuvimos que cerrarla al cabo de unos meses, los otros concluyeron muy poco después.

Los dos intentos que siguieron a éste para obtener la ayuda solidaria de aquellos que estuvieran interesados en que Vindicación sobreviviera, fueron, primero, lanzar una campaña de suscripciones en la que explicábamos la extrema situación económica en que nos hallábamos. Solo precisábamos cinco mil para salir adelante, y no parecían muchas si teníamos en cuenta que en los momentos peores editamos veinte mil ejemplares. Recibimos en total de toda España ciento veinte, ochenta sólo de Barcelona. Por eso, todavía hoy, tengo que reprimir la respuesta que desearía dar cuando alguna mujer se me acerca para preguntarme por qué cerramos Vindicación, asegurándome que ella sintió mucho su desaparición, ya que le parecía una revista estupenda y absolutamente necesaria para las mujeres, que ella la compraba cada mes y la comentaba con varias amigas, que la había prestado a un sinfín de compañeras del trabajo, que todavía tenía ejemplares que guardaba para dárselos a su hija y recomendarle que la leyera y se la aprendiera de memoria. Y en el desarrollo de su discurso hasta algunas lágrimas se asoman a sus ojos, emocionada al recordar aquellos tiempos en que existía una revista tan estupenda que sin saber por qué, de pronto, desapareció, cuando tantas mujeres estaban dispuestas a seguir comprándola y leyéndola como si fuera las Tablas de la Ley feminista.

En el último intento de salvarla, cuando no tenía más dinero personal que invertir en ella ni a quien pedírselo, hicimos un llamamiento a los grupos feministas, a los partidos de izquierda, y a los sindicatos.

En definitiva, podría decir que esta es la historia de una tonta que soy yo, que quiso impulsar el movimiento revolucionario más novedoso de la historia de España, crear la revista más avanzada del feminismo y confiar en las mujeres valientes y luchadoras dispuestas a cambiar la opresión milenaria patriarcal. No recibimos ninguna ayuda de las dirigentes y representantes del Movimiento Feminista ni del Movimiento Sindical y sí multitud de insultos, de envidias y de zancadillas. Quejosos los partidos y los sindicatos por las críticas que de ellos habíamos publicado, envidiosos los grupos feministas que nunca tuvieron valor suficiente para llevar a cabo una aventura semejante, todos prefirieron que desapareciéramos. Nuestra existencia resultaba demasiado provocadora, demasiado exigente, demasiado lúcida.

Vindicación tenía el tiempo contado desde el momento en que no se alineó con ningún partido, en que no se situó al amparo de ningún poder, en que no obtuvo la financiación necesaria adulando a un grupo financiero o mercantil, repitiendo las consignas de moda y apoyando las medidas represivas del gobierno u ocultando los sucesos escandalosos y hasta sangrientos que todos los días protagonizan diversas instituciones del Estado.

Los tiempos de Vindicación feminista fueron tiempos de trastornos y conmociones múltiples en España. Cambiaba el sistema político y aunque dicho cambio estuviera dirigido por la burguesía y la oligarquía política del régimen franquista, los partidos de izquierda, cuyos militantes habían luchado bravamente contra la dictadura, pretendían tener alguna participación en el reparto de puestos de poder. Los sindicatos, los movimientos sociales, estudiantiles, de vecinos, surgidos en los tiempos represivos esperaban ver acrecentada su influencia en tiempos de libertad, y las mujeres que acababan de salir a la escena pública exigían, por primera vez, la legalización de sus derechos y su cuota de protagonismo.

Pero en el seno del Movimiento feminista no sólo se discutía de política, de elecciones, de reparto de poder, de la situación económica; los colectivos más progresistas querían debatir hasta la raíz todos los problemas humanos. Fue un tiempo vivido con pasión y enormes esperanzas, en el que unos cuantos colectivos- supongo que no muy numerosos a la vista de lo acontecido más tarde- invirtieron todos sus esfuerzos y entusiasmo en llevar adelante ambiciosos e irrealizables proyectos de cambio social.

Y en aquellos años todas las periodistas y escritoras que hoy son números unos colaboraron en Vindicación y aseguraron estar de acuerdo con nuestro ideario. Ningún nombre de las que tienen hoy entre cincuenta y sesenta años, o más, dejaron de escribir para nuestra Revista. Desde Ana María Moix que fue la secretaria de redacción hasta una infantil Rosa Montero, que comenzó su carrera periodística con las colaboraciones que le publicamos nosotras, todo el espectro profesional estuvo en Vindicación. Carmen Alcalde, Marisa Híjar, Ana Estany, Carmen Sarmiento, Empar Pineda, Cristina Garaizabal, Cristina Alberdi, Consuelo Abril, María José Ragué, Carmen Riera, Maruja Torres, Montserrat Roig, Soledad Balaguer, Nativel Preciado, Esther Tusquets, Beatriz de Moura, Marta Pessarrodona, Isabel Clara Simó, Antonina Rodrigo, Magda Oranich, Nuria Beltrán, Dolors Calvet, Trinidad Sánchez Pacheco, las fotógrafas Colita y Pilar Aymerich, la diseñadora Tony Misserachs, (y perdónenme las que olvide) no tuvieron empacho entonces en ser consideradas miembros de pleno derecho del staff de Vindicación. Que por otro lado no había ninguna revista más semejante en todo el Estado. Ni la hubo ni la habrá.

Por todo ello, resulta de una mezquindad inigualable que cuando el jueves 17 de abril se inauguró una exposición titulada “Dones: Camins de llibertad” en el Museu d’Historia de Catalunya en Barcelona, comisariada por Mary Nash y otras cómplices, Vindicación Feminista tuviese un único ejemplar, el dedicado a la Educación, en una vitrina, casi tapado por una decena de panfletitos y revistitas que duraron dos meses, impresas en papel de periódico. Y que Mary Nash me dijera, con el gesto despectivo que me dedicó, que estaba ahí, señalando con una mano, sin dignarse atenderme más. El Partido Feminista de España y el Partit Feminista de Catalunya no existen, ni la OFR, ni la candidatura al Parlamento Europeo, ni la COFEM, mientras La Sal tiene un espacio entero, llenas las paredes de sus pancartas.

Por eso, y porque lo que más les gustaría a las comisarias y al Conseller de Cultura y a la Consellera de Bienestar Social de la Generalitat y a la Directora del Institut Catalá de les Dones, que inauguraron a bombo y platillo la exposición, es que me estuviera callada, no sé si contenta también, y no las molestara, me he tomado el tiempo y la molestia de escribir este resumen, y sólo resumen y muy incompleto, de lo que fue la batalla de Vindicación, y la mía propia, y por eso, os lo envío y os pido la solidaridad que tanto me falta.

Lidia Falcón
Feminista y Abogada

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24/11/2008 GMT -6

"Mujeres cómplices de los hombres las ha habido siempre"

lidiafalcon @ 13:22

"Hemos avanzado, indudablemente con respecto a la época de la dictadura franquista y, mucho más, si nos comparamos a la Edad Media. Sin embargo, no hemos llegado ni al 20% de lo que teníamos que haber avanzado. Sólo hay que echar un vistazo a los datos"

DEIA.com
25 Nov 2007
Por Nekane Lauzirika

BILBAO. "El hecho de ser mujer no significa ser feminista. Lo que hace falta es que el feminismo ocupe el poder. Mujeres cómplices de los hombres, de derechas, beatas, fascistas, indiferentes... las hay y las ha habido siempre. Es como si todos los obreros por serlo fueran comunistas. Hay mujeres que son indiferentes por falta de preparación. Ser socialista es tener un carné y pagar la cuota. Ser feminista es estar en la batalla", remata.

Los partidos políticos no arriman el hombro al feminismo

Nosotras hemos conseguido llevar el feminismo a la política, que es un salto cualitativo importante. Hemos unido diversas maneras de entender el feminismo en un proyecto para llevar a las instituciones a través de las elecciones. Los partidos políticos viven de espaldas al feminismo. Si el feminismo no llega al Parlamento, a los ayuntamientos, no hemos hecho nada. Porque esas mujeres lo que hacen es votar lo que vota su partido y cumplir lo que les dicen sus cúpulas masculinas, duplican el voto.

El que nace niño o niña, ¿tiene la misma igualdad de oportunidades?

El sistema está basado en el trabajo doméstico de las mujeres. Cuando tenemos menos niños no hay más que lamentos; la supervivencia de los seres humanos recae sobre las mujeres. El trabajo de las mujeres es sedundario. Se supone que pueden estudiar -por supuesto se amontonan en carreras de humanidades- pero cuando son madres llegan los problemas y quien deja de trabajar es la mujer; son ellas las que solicitan las medias jornadas porque son las que tienen los peores puestos, las que cobran menos. Las diferencias salariales del 30% al 50% son las mismas que al principio del siglo XX.

¿Las leyes de igualdad de oportunidades se cumplen?

El sistema económico es el que está manteniendo la estructura por la cual la mujer está en una situación de inferioridad con respecto al varón. Si el Estado tuviera que aportar el dinero para cuidar a los niños, ancianos, discapacitados, dependientes... quebraría. No están dispuestos a defender a las mujeres de un sistema patriarcal que ellos mismos están sustentando.

¿Son un brindis al sol?

Son leyes muy incompletas. Además, hay una serie de grupos activos, machistas que hacen campañas muy eficaces porque les parece que a las mujeres nos están dando demasiadas ventajas. Pero, las leyes son un brindis al sol. Por ejemplo, la Ley de Discapacidad lo que propicia es que las mujeres se queden en casa al cuidado de un gran dependiente. Por ello se les dará 300 ó 600 euros. Un Estado social lo que debe hacer es liberarlas de esta responsabilidad y permitirles tener un trabajo asalariado y propio. Nos dirán que esto es mejor que nada. Pero lo justo es incorporar a las mujeres al mercado laboral. Para ello hay que crear una estructura de ayuda social, con residencias adecuadas, ayuda domiciliaria...

"Si el feminismo no llega Parlamento, las mujeres votarán lo que diga su partido y sus cúpulas masculinas"

"Un Estado social debe liberar a las mujeres del cuidado de los dependientes creando estructuras sociales"

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12/07/2008 GMT -6

Ninguneo del PSOE - Breve comentario sobre las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno

lidiafalcon @ 22:16

elPeriódico.com
10 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno con motivo del 30° aniversario de la creación de la Secretaría de Igualdad del PSOE constituyen un inaceptable agravio comparativo del movimiento feminista. Hace más de 30 años que las españolas se organizaron para enfrentarse al patriarcado en numerosos grupos y lucharon contra la reacción que en España se oponía a todo avance. En aquel momento ni María Teresa Fernández de la Vega ni muchas de las socialistas que citó en su discurso se encontraron en las jornadas, manifestaciones, asambleas ni encierros que tuvimos que organizar para defender nuestros derechos. No ha sido ni el PSOE ni su Secretaría de Igualdad ni el Instituto de la Mujer los que difundieron el feminismo en España. Por el contrario, gracias al movimiento feminista, y al Partido Feminista, es como se ha logrado que ese partido se haya decantado por un tibio feminismo y se hayan creado esas instituciones que tan timoratamente trabajan por las mujeres, y que sin nuestra lucha no hubieran existido. Hora sería que tanto De la Vega como el PSOE nos dieran las gracias, en vez de ningunear con prepotencia nuestra lucha.

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02/07/2008 GMT -6

Yo también soy 'miembra'

lidiafalcon @ 00:20

elPeriódico.com
25 Jun 2008
Por Lidia Falcón

Y hembra y abogada y escritora y presidenta y jefa, porque la naturaleza me hizo así. Y por eso he desaparecido del lenguaje que solo habla de los machos, de los abogados, de los escritores, de los presidentes y de los jefes. Por esa magia del idioma, resulta que en el país solo hay hombres y jueces y presidentes y jefes y electores y ciudadanos, porque todos ellos han abducido a las ciudadanas y a las juezas y a las presidentas, haciéndolas desaparecer del planeta. Según parece, nosotras debemos conformarnos, para mayor honra y gloria, no solo de los ilustres miembros de las academias y de las conferencias, sino sobre todo --sobre todo--, del lenguaje, que, según dicen los entendidos, que siempre son hombres --aunque alguna despistada también les defienda--, se sentiría ofendido y humillado si se usara el género femenino en esas expresiones que solo están adecuadamente utilizadas cuando lo hacen en el género masculino.

Tanta ha sido la indignación que les ha acometido a periodistas, escritores, filólogos, políticos y hombres ilustres de diversas condiciones, cuando la ministra Bibiana Aído llamó miembras a sus compañeras de fatigas, que obligadamente nace la sospecha de que deben haberse sentido heridos por alguna otra ofensa muy profunda que conlleva el término, y cuya naturaleza se me escapa. Ninguno de los ofendidos ha reconocido que el lenguaje es solamente un constructo humano --más bien masculino-- que responde a las necesidades de comunicación de una sociedad, en tiempo y lugar determinados. Que por ello mismo, refleja fielmente las relaciones de clase, de sexo, de cultura, de política, de su momento, y por tanto, ha sido, y sigue desgraciadamente siendo, reflejo de una sociedad patriarcal que todavía no hemos desmontado. En la que, como decía Gramsci, lo viejo se resiste a morir y lo nuevo todavía no se ha impuesto.

Esta ridícula polémica que se ha suscitado a consecuencia de una sola palabra, que recogen y alimentan, diariamente, periodistas y escritores, especialmente aquellos que se han distribuido los sillones de la Real Academia Española (RAE), y que se arrogan el derecho de decidir lo que se puede y no se puede decir, ha servido también para conocer a los ilustres opositores. Pero ni las soeces e insultantes expresiones de Pérez Reverte, que nos indican el nivel estilístico y moral del escritor, ni las burlas de Alfonso Guerra, que hacen honor al personaje, ni las disquisiciones de Javier Marías, que se erige en santón supremo del idioma cuando sus textos necesitan una buena corrección de estilo, nos detendrán. No nos detendrán para ir introduciendo en nuestras lenguas, todas las españolas, la visibilidad de las mujeres.

Quizá la ocasión para utilizarla por la ministra no fue la más acertada, teniendo en cuenta todos los condicionamientos que reúne en contra: el sexo, el primero; la edad, la falta de experiencia, su primera intervención en la Cámara, la titularidad de un ministerio que todavía no se sabe para qué servirá y en cuyo nombre, por cierto, se hace invisibles a las mujeres, cuando precisamente ella reivindica el femenino de las palabras y se supone que la principal tarea que debe desarrollar es la defensa de aquellas. Pero las reacciones que ha provocado han sido tan desproporcionadas como injustas. Cualquier escritor sabe que en el curso del último siglo han desaparecido de nuestro lenguaje cientos de palabras y se han incorporado a nuestro diccionario decenas de otras nuevas, provenientes de varios idiomas, mayoritariamente del inglés, y muchos neologismos que responden al uso que el pueblo les da, y al que no suelen importarle mucho los aprobados o los anatemas de los inmortales de la Academia, a la mayoría de los cuales no recuerda nadie al cabo de unos años.

Así, el diccionario de la lengua de la RAE recoge términos como overbooking, free-lance o cameraman, frente a los castizos sobreventa, autónomo o cámara. La Unesco, en 1991, difundió sus recomendaciones sobre un uso no sexista del lenguaje, que empiezan con el siguiente párrafo: "El lenguaje no es una creación arbitraria de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo". Yo añadiría que el lenguaje no es una disposición divina inmutable, como las tablas de la ley, sino que cambia con los tiempos, y que cambiará sin duda cuando las mujeres nos decidamos a utilizar aquellos términos que nos visibilizan y nos definen, con habitualidad y sin miedo a que esos censores arrogantes de la RAE nos anatematicen.

Entonces, no solo miembras, juezas, fiscalas, presidentas y jefas serán de uso común sino también, por ejemplo, feminicidio, cuando se alude al asesinato de mujeres, que por tanto ya no es homicidio, o como sororidad, alternativo a fraternidad. Y, en fin, muchos más que las mujeres y los hombres introducirán con normalidad en su habla cotidiana, obligando a los engreídos personajes de la RAE a incluirlos en su diccionario. Y entonces estos, y otros, no nos pedirán perdón por tantos insultos como tuvimos que aguantar cuando los inventamos.

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26/06/2008 GMT -6

Contestación a Carmen Alcalde

lidiafalcon @ 18:26

elPeriódico.com
18 Jun 2008
Por Lidia Falcón

Contesto a tu artículo En honor a la verdad (publicado el 15 de junio). Tú solo estás informada por las dulces compañeras que te cuentan las insidias que les interesan porque no estás en ninguno de los foros feministas donde se sabe lo que allí se dice, y al parecer tampoco lees nada de lo que he escrito sobre Vindicación Feminista. Las únicas indecentes son las que te han contado que yo me atribuyo en exclusiva la autoría de Vindicación, porque es tan falso como lo que vas escribiendo en EL PERIÓDICO. He escrito de Vindicación, de ti y de Marisa Híjar en decenas de artículos, conferencias y libros. El artículo que escribí para la revista de la Universidad de Yale ha sido distribuido en EEUU, mi libro de memorias políticas tiene un capítulo dedicado a Vindicación, y estoy terminando el de memorias feministas. Por eso, en el artículo de EL PERIÓDICO no te he desninguneado porque no me hace falta hacerlo para ser quien soy.

Sigo en la lucha feminista dejándome la piel por las mujeres; consideré que después de Vindicación había más vida, y así publiqué Poder y Libertad, en la que no quisiste ayudarme pues ya no podía pagarte. Y tú te has retirado, no sé si porque no te interesan los homenajes o porque es duro seguir en la batalla contra esta sociedad patriarcal a la vez que recibir ataques de compañeras. No solo no te abandoné al cerrar Vindicación, sino que seguí pagando los 16 millones de pesetas de deudas porque las entregadas compañeras y grandes profesionales no me dieron nada; ni siquiera tú, que habías avalado un crédito. Porque unas cobraban, incluidas tú y Amalia Prat, y otros pagaban, incluidos Eliseo Bayo y Marisa Híjar.

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