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Escritos y noticias de Lidia Falcón O'Neill

Archivo: Julio 2008

24/07/2008 GMT -6

¡Cómo se han puesto!

lidiafalcon @ 12:53

elPeriódico.com
17 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Desde hace 50 años estoy defendiendo tesis que erosionan por la base el sistema patriarcal --antaño estuve sola, hoy son más las feministas que apoyan conmigo tan revolucionarias ideas-- y que parecen gravemente perturbadoras de la calma social. Sin embargo, no había recibido nunca antes tantas y tan agresivas respuestas, acusaciones e incluso insultos, como cuando me he atrevido a apoyar la expresión "miembra" que la ministra de Igualdad tuvo la ingenuidad --o la valentía-- de pronunciar hace unas semanas. Ni siquiera cuando, después de haberme negado durante décadas a hacer mío el eslogan de contra violación, castración, me decidí a aceptar tan drástica solución contra los violadores y pederastas condenados y reincidentes --al ver indefensas a las víctimas ante la impunidad de los agresores--, provoqué tal alud de cartas, comentarios y artículos como los que ha suscitado el que este periódico me publicó con el título de Yo también soy miembra.

Cerril, policía de la feminidad, ignorancia descomunal, engendro, arbitrariedad, ignorancia brutal, plasta, desocupada... son algunos de los calificativos con que me obsequian mis críticos. Uno de ellos, académico de la lengua --y más parece gendarme de ella para que nada se diga sin su permiso--, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, me llama "momia del feminismo", supongo que en referencia a mi edad. Imitando a Cervantes en su respuesta a otro botarate que lo tildó de viejo, solo puedo decir: "Como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí". Pienso que, si para mí ha pasado, no lo ha hecho para otros, porque las diatribas en el tono más violento que he recibido ahora son parecidas, y hasta peores, a las que mi discurso provocaba hace medio siglo.

Muchos de los que se creen tan modernos no han avanzado más que aquellos que en cada conferencia mía, cuando no frisaba los 30 años, me recordaban el femenino papel que cumplen las ovejas y las palomas, divinos ejemplos de lo que debíamos aceptar las mujeres. Y no exagero, que el académico indignado compara el término de feminicidio para el asesinato de mujeres, que yo reivindiqué en el tan nombrado artículo, con el de elefanticidio o canicido. Le da lo mismo hablar de leones, de ratas, de tigres, de jirafas o de cebras que de mujeres, porque para él deben de ser iguales unas que otras, y seguramente a estas últimas las trata como lo haría con aquellas.

A pesar de mi ignorancia brutal y de la muy superior sabiduría de mi crítico, este no se ha enterado de que el término feminicidio para tratar de la masacre de mujeres que se está produciendo en varios países está ya implantado en América Latina, y en la ley de violencia contra la mujer de México así ha sido introducido por los grupos feministas que lo defendieron y fue aceptado por los legisladores, los senadores y los profesores de la universidad, que todos ellos padecen una ignorancia brutal.

Entendieron, tanto ellas como ellos que, al expresar la matanza de mujeres con el vocablo homicidio, se producía la confusión de que pareciera referirse a la muerte de hombres, o quedase en la indefinición la descripción de unos horribles hechos que solo afectan a mujeres. Mis críticos me explican con más irritación que paciencia que la etimología de hombre es del latín humus, que significa tierra, y que, por tanto, al decir "el hombre" en general se está diciendo lo mismo que "el ser humano". De tal modo, el hombre es el genérico de toda la humanidad, lección que ya me dieron en los lejanos tiempos de la enseñanza primaria. Todos sabemos, gracias a nuestra cultura cristiana, que fue Adán el fabricado de tierra y que Eva derivó más tarde de una costilla de aquel, por lo que la fémina del humus debería, según ese mismo razonamiento, denominarse costillar o cárnica, entendiendo que enseguida el barro de Adán se convirtió en los músculos y los huesos que permitieron a Eva existir.

Todas estas controversias serán miradas como tonterías ¿dentro un siglo?, al igual que hoy comentamos la polémica que se armó cuando el tranvía se instaló en Madrid y los académicos de la lengua, aquellos inmortales de los que nadie se acuerda, se empeñaron en que el término inglés tranway debía ser femenino, y así apareció en su diccionario "la tranvía", mientras el ignorante y cerril pueblo español se empeñó en llamarle "el tranvía", y transcurridos unos años sin que los celtíberos se apearan de su burricie, los académicos cambiaron el género del vehículo y hubieron de resignarse a nombrarlo en masculino. Porque al final el habla es del pueblo y no de los gramáticos, o de los que así se creen, porque, si no fuera así, seguiríamos hablando en latín y no en el román paladino en que se expresaba nuestro Gonzalo de Berceo.

Y ahora que hemos empleado tanto tiempo en dirimir estas gurruminas del lenguaje que solo a los desocupados académicos les importan, me pregunto: ¿no será esta una sutil manera de distraernos de tantos y tan penosos problemas como sufrimos las mujeres? Ninguno de esos señores que tan indignados se han sentido por vocablos como miembra y feminicidio, gastaron nunca una miaja de su tiempo en protestar contra las injusticias que padecen las mujeres en todo el mundo.
Qué casualidad.

12/07/2008 GMT -6

Ninguneo del PSOE - Breve comentario sobre las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno

lidiafalcon @ 22:16

elPeriódico.com
10 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Las declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno con motivo del 30° aniversario de la creación de la Secretaría de Igualdad del PSOE constituyen un inaceptable agravio comparativo del movimiento feminista. Hace más de 30 años que las españolas se organizaron para enfrentarse al patriarcado en numerosos grupos y lucharon contra la reacción que en España se oponía a todo avance. En aquel momento ni María Teresa Fernández de la Vega ni muchas de las socialistas que citó en su discurso se encontraron en las jornadas, manifestaciones, asambleas ni encierros que tuvimos que organizar para defender nuestros derechos. No ha sido ni el PSOE ni su Secretaría de Igualdad ni el Instituto de la Mujer los que difundieron el feminismo en España. Por el contrario, gracias al movimiento feminista, y al Partido Feminista, es como se ha logrado que ese partido se haya decantado por un tibio feminismo y se hayan creado esas instituciones que tan timoratamente trabajan por las mujeres, y que sin nuestra lucha no hubieran existido. Hora sería que tanto De la Vega como el PSOE nos dieran las gracias, en vez de ningunear con prepotencia nuestra lucha.

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02/07/2008 GMT -6

Yo también soy 'miembra'

lidiafalcon @ 00:20

elPeriódico.com
25 Jun 2008
Por Lidia Falcón

Y hembra y abogada y escritora y presidenta y jefa, porque la naturaleza me hizo así. Y por eso he desaparecido del lenguaje que solo habla de los machos, de los abogados, de los escritores, de los presidentes y de los jefes. Por esa magia del idioma, resulta que en el país solo hay hombres y jueces y presidentes y jefes y electores y ciudadanos, porque todos ellos han abducido a las ciudadanas y a las juezas y a las presidentas, haciéndolas desaparecer del planeta. Según parece, nosotras debemos conformarnos, para mayor honra y gloria, no solo de los ilustres miembros de las academias y de las conferencias, sino sobre todo --sobre todo--, del lenguaje, que, según dicen los entendidos, que siempre son hombres --aunque alguna despistada también les defienda--, se sentiría ofendido y humillado si se usara el género femenino en esas expresiones que solo están adecuadamente utilizadas cuando lo hacen en el género masculino.

Tanta ha sido la indignación que les ha acometido a periodistas, escritores, filólogos, políticos y hombres ilustres de diversas condiciones, cuando la ministra Bibiana Aído llamó miembras a sus compañeras de fatigas, que obligadamente nace la sospecha de que deben haberse sentido heridos por alguna otra ofensa muy profunda que conlleva el término, y cuya naturaleza se me escapa. Ninguno de los ofendidos ha reconocido que el lenguaje es solamente un constructo humano --más bien masculino-- que responde a las necesidades de comunicación de una sociedad, en tiempo y lugar determinados. Que por ello mismo, refleja fielmente las relaciones de clase, de sexo, de cultura, de política, de su momento, y por tanto, ha sido, y sigue desgraciadamente siendo, reflejo de una sociedad patriarcal que todavía no hemos desmontado. En la que, como decía Gramsci, lo viejo se resiste a morir y lo nuevo todavía no se ha impuesto.

Esta ridícula polémica que se ha suscitado a consecuencia de una sola palabra, que recogen y alimentan, diariamente, periodistas y escritores, especialmente aquellos que se han distribuido los sillones de la Real Academia Española (RAE), y que se arrogan el derecho de decidir lo que se puede y no se puede decir, ha servido también para conocer a los ilustres opositores. Pero ni las soeces e insultantes expresiones de Pérez Reverte, que nos indican el nivel estilístico y moral del escritor, ni las burlas de Alfonso Guerra, que hacen honor al personaje, ni las disquisiciones de Javier Marías, que se erige en santón supremo del idioma cuando sus textos necesitan una buena corrección de estilo, nos detendrán. No nos detendrán para ir introduciendo en nuestras lenguas, todas las españolas, la visibilidad de las mujeres.

Quizá la ocasión para utilizarla por la ministra no fue la más acertada, teniendo en cuenta todos los condicionamientos que reúne en contra: el sexo, el primero; la edad, la falta de experiencia, su primera intervención en la Cámara, la titularidad de un ministerio que todavía no se sabe para qué servirá y en cuyo nombre, por cierto, se hace invisibles a las mujeres, cuando precisamente ella reivindica el femenino de las palabras y se supone que la principal tarea que debe desarrollar es la defensa de aquellas. Pero las reacciones que ha provocado han sido tan desproporcionadas como injustas. Cualquier escritor sabe que en el curso del último siglo han desaparecido de nuestro lenguaje cientos de palabras y se han incorporado a nuestro diccionario decenas de otras nuevas, provenientes de varios idiomas, mayoritariamente del inglés, y muchos neologismos que responden al uso que el pueblo les da, y al que no suelen importarle mucho los aprobados o los anatemas de los inmortales de la Academia, a la mayoría de los cuales no recuerda nadie al cabo de unos años.

Así, el diccionario de la lengua de la RAE recoge términos como overbooking, free-lance o cameraman, frente a los castizos sobreventa, autónomo o cámara. La Unesco, en 1991, difundió sus recomendaciones sobre un uso no sexista del lenguaje, que empiezan con el siguiente párrafo: "El lenguaje no es una creación arbitraria de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo". Yo añadiría que el lenguaje no es una disposición divina inmutable, como las tablas de la ley, sino que cambia con los tiempos, y que cambiará sin duda cuando las mujeres nos decidamos a utilizar aquellos términos que nos visibilizan y nos definen, con habitualidad y sin miedo a que esos censores arrogantes de la RAE nos anatematicen.

Entonces, no solo miembras, juezas, fiscalas, presidentas y jefas serán de uso común sino también, por ejemplo, feminicidio, cuando se alude al asesinato de mujeres, que por tanto ya no es homicidio, o como sororidad, alternativo a fraternidad. Y, en fin, muchos más que las mujeres y los hombres introducirán con normalidad en su habla cotidiana, obligando a los engreídos personajes de la RAE a incluirlos en su diccionario. Y entonces estos, y otros, no nos pedirán perdón por tantos insultos como tuvimos que aguantar cuando los inventamos.

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01/07/2008 GMT -6

La inseguridad jurídica del Estado

lidiafalcon @ 16:52

elPeriódico.com
4 Mayo 2007
Por Lidia Falcón

Las últimas peripecias sufridas por los más altos tribunales del Estado (Audiencia Nacional, Supremo y Constitucional) han ofrecido a la ciudadanía una representación más bien esperpéntica de nuestra justicia. Que los magistrados de la sala correspondiente de la Audiencia se dispusieran a otorgar la libertad provisional a Iñaki de Juana Chaos y el resto de los magistrados organizaran una asamblea para evitarlo; que el fiscal de la Audiencia solicitara primero 97 años de prisión contra el mismo acusado por haber escrito un artículo amenazante en un periódico, que más tarde modificara la petición rebajándola a 17, que la sala lo condenara a 12 y que el Supremo rebajara la pena a 3 --hay que añadir que, en esta última sentencia, cinco magistrados emitieron votos particulares: dos a favor de la absolución y tres por una condena de siete años---; que el Constitucional recuse a un magistrado y se niegue a hacerlo con otro por la misma causa deja perplejo a todo aquel que confíe en nuestro Estado de derecho.

Numerosos comentaristas muy autorizados han dicho que precisamente la capacidad que tiene la justicia de rectificar sus propias decisiones iniciales, que, por el contrario, no suele encontrarse ni en el poder legislativo ni en el ejecutivo, es una de las grandezas de aquel, que constituye el pilar fundamental de la garantía de la seguridad jurídica que todo ciudadano tiene el derecho de exigir a su Estado.

Pero muy conformista se ha de ser para aceptar plácidamente tal criterio. Los vaivenes que agitan las decisiones de los fiscales y de los magistrados no pueden dejar a nadie tranquilo. Se supone que los doctos jueces que se sientan en los más altos estrados de la magistratura conocen perfectamente las leyes que deben aplicar, así como la jurisprudencia emitida con anterioridad a su decisión, y que además se les ha escogido por su probada objetividad e imparcialidad en el ejercicio de tan comprometida función. Por tanto, que sea tan justo condenar a un acusado a 97 años de prisión como a tres por el mismo delito no lo entiende nadie. Como tampoco es admisible que las querellas internas de los componentes de esos tribunales, en razón de los intereses partidistas que defienden, les lleven a discrepar con tanta disparidad en sus dictámenes jurídicos.

Pero lo cierto, que nunca sale a la luz pública, es que una de las graves carencias de nuestro sistema judicial es la falta de seguridad jurídica que estamos viviendo en los últimos años. En parte debido a las constantes modificaciones legislativas impuestas por un afán normativo desenfrenado de nuestros diputados, en otra a la evidente desinformación de los legisladores sobre la sociedad a la que someten a sus disposiciones, y finalmente a los prejuicios ideológicos de los jueces que deben aplicar las leyes. El resultado es que en España se dictan diariamente miles de resoluciones, por cientos de juzgados, que son contradictorias entre sí. Es imposible pronosticar a un cliente el resultado de un procedimiento a partir de las pruebas y evidencias de que se disponga, porque la resolución judicial dependerá fundamentalmente de la ideología tanto política como moral que defiendan el juez y el fiscal, de la biografía de estos e incluso del buen o mal humor que padezcan en el momento de tomar la decisión. Sobre todo en los casos de divorcio, custodia de menores y violencia contra la mujer.

Algunas de estas resoluciones han salido a la luz pública, ante el escándalo social que provocan. Sentencias que afirman que no existe ensañamiento en el asesinato de la mujer que recibe 70 puñaladas; que niegan el delito de violación porque la víctima no opuso la suficiente resistencia, ya que le pidió un vaso de agua a su violador; calificaciones fiscales de abusos sexuales, en lugar de violación, de niños de 1 a 5 años, incluso cuando fueron sodomizados, porque no existió intimidación o violencia. Mientras en otros casos, esos que no se publican, tanto el fiscal como el juez estiman con más rigor el delito y aplican la ley en un grado mayor.

Casos en los que ni se atienden las declaraciones de los testigos y peritos y se dictan sentencias afirmando simplemente que no son creíbles, y otros en los que iguales pruebas se tienen en cuenta. Procesos civiles en los que el fiscal no comparece, como establece la ley, porque el juzgado se halla sobrecargado de asuntos, y otros en los que el juzgador se niega a practicar ninguna prueba si el fiscal no está presente. Todos los que se hallan familiarizados con la administración de justicia conocen las arbitrariedades y contradicciones que se producen en los diferentes juzgados, e incluso en las resoluciones de las audiencias, cuando comparan unos casos con otros, unas sentencias con otras, unos incidentes con otros.

La falta de unificación de criterios entre los diferentes juzgados, audiencias y jurisdicciones produce en el ciudadano la convicción de que se halla bajo el arbitrio de profesionales impulsados por sus creencias ideológicas y de poca estabilidad emocional. Condiciones que hacen injusta a la justicia.

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